Dom. 05 Diciembre 2021 Actualizado ayer a las 3:05 pm

De la intoxicación capitalista

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La humanidad, dicen los informes de Greenpeace, acaba de pulverizar un singular récord: mayo de 2020 ha sido el mes en que mayores concentraciones de CO2 se han registrado en la atmósfera. La barrera de las 400 partes por millón (ppm) de este gas venenoso no se alcanzaba en este planeta desde hace unos 2 mil 500 millones de años, cuando ocurrió una especie de sublevación biogénica de altísimo y demoledor impacto.

Hace 3 millones de años en el mundo gobernaban los organismos anaeróbicos, esos bichos que no necesitan oxígeno para vivir. En su proceso de fotosíntesis no expulsaban dioxígeno, una sustancia que era tóxica para todos ellos. En ese entonces, la concentración de CO2 en la atmósfera era de alrededor de 400 partes por millón (ppm). De pronto, comenzaron a proliferar y a subvertirlo todo las cianobacterias, organismos que sí desprendían oxígeno molecular al obtener y liberar energía. La enorme biodiversidad de aquel joven planeta era anaeróbica, y el oxígeno, como ya se ha dicho, era veneno para la mayoría de las especies vivientes.

Y ocurrió lo que tenía que ocurrir: la multiplicación de cianobacterias ocasionó la muerte progresiva por oxigenación u oxidación de casi todas las especies, y un cambio climático violentísimo que por poco no se llevó por los cachos a las propias cianobacterias, causantes de todos esos desajustes. A ese período de la historia de la vida en el planeta se le ha llamado la Revolución del Oxígeno, el Holocausto de Oxígeno, La Gran Oxidación, Catástrofe de Oxígeno.

Dos millones 500 mil años transcurren, y he aquí que unas partículas muy inteligentes, que no pueden vivir sin oxígeno, están arrojando a la atmósfera grandes cantidades de dióxido de carbono (CO2), un elemento residual que es tóxico para esas partículas inteligentísimas y para las demás especies brutas del planeta.

Después de varias décadas de anuncios, protestas, proyecciones y advertencias sobre el cambio climático (no solo sobre el calentamiento global, sino sobre toda la locura que ha vuelto chicha el clima) hace unos días llegó la noticia que todas las bacterias y organismos anaeróbicos estaban esperando: el ser humano está logrando la hazaña de revertir el predominio funcional de las entidades generadoras de oxígeno. Por primera vez desde que la especie humana ha llevado un registro de estos fenómenos, los árboles de la tierra no han logrado procesar todo el CO2 presente en la atmósfera. Y no hay que ser muy sagaz ni un gran conocedor de la materia para saber que esta situación anuncia problemas serios.

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Puestos a revisar y analizar las múltiple trampas del lenguaje, de entrada ya habrá que empezar a tachar con marcador: no ha sido “la especie humana” sino el capitalismo, en poco más de 200 años de Revolución Industrial, el modelo que nos está conduciendo por esta senda de autodestrucción. Como los beneficiarios y aprovechadores de esa revolución son también los encargados de contar la historia, el arsenal palabrero de ecologistas de izquierda y derecha, niñas suecas que saben arrugar la cara ante las cámaras y auditorios, y vendedores de fórmulas jipis, ha consolidado en la atmósfera, cual tóxico CO2, la idea o propuesta: “La humanidad está destruyendo al planeta”. ¿Eres humano? Siéntete culpable, incluso personalmente. Pero no es la humanidad, estúpido: es esta enfermedad colectiva llamada capitalismo.

La buena noticia es que el planeta no se destruirá, y la mala es que sí está en vías de convertirse en un lugar no apto para la vida humana y otras especies más. Nosotros y muchos millones de seres solo podemos vivir en presencia de oxígeno, pero hay otros (la casi totalidad de los árboles, por ejemplo) que dependen del CO2. Así que, si logramos la proeza de autoextinguirnos, habrá especies que sobrevivirán, como sobrevivieron hace 3 millones de años las cianobacterias después del cataclismo que provocaron, y la corteza terrestre se las arreglará para absorber el plástico, los gases y demás residuos ocasionados por nuestra faceta suicida, la que nos amarra al capitalismo como a un vicio insuperable.

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Los insólitos procesos de obtención de energía para el funcionamiento de grandes ciudades han derivado en el fenómeno central, que es el recalentamiento del planeta. Y no siempre el reclamo y la acción en contra de esa devastadora evidencia pueden considerarse revolucionarios, antisistema y ni tan siquiera progres: existe el ecofascismo y esa es otra perturbación política que será bueno analizar en otras entregas.

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Un Chávez y un chavismo alertas formularon en 2012 un Plan de la Patria que plasmaba por escrito un papel de trabajo (el quinto objetivo), punta de lanza para abordar el problema. Aquello de “Contribuir con la preservación de la vida en el planeta y la salvación de la especie humana” fue un titular de tal rotundidad que abrió las compuertas a otros componentes de esa lanza arrojada a los vientos enrarecidos de la tierra. Por ejemplo, el ecosocialismo: cómo empezar a jugarle limpio a la naturaleza desde una actitud colectiva y políticamente alerta. Con más vigor que esa propuesta se propagó la conocida contradicción con el tercer objetivo de ese mismo plan, que propone una aceleración de los procesos extractivistas de explotación minera.

Hay una revolución en Venezuela y es preciso financiarla: ese punto de partida plantea, incluso retóricamente, una de la contradicciones y paradojas fundamentales del “para dónde” y el “cómo” estamos construyendo lo que se supone que deberíamos construir.

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Dolorosa e inevitablemente, hay que embraguetarse y admitir que la misión de abandonar el sistema o modo capitalista de gestión de la energía (la depredación sin límite de recursos que sí tienen un límite) y diseñar, mientras se pone en marcha, otro modelo de humanidad, es algo que no puede ejecutar un solo país, porque es una misión planetaria, de toda la especie. No es tan fácil como decretar un día que a partir de mañana detendremos todas las industrias y toda forma de explotación de la naturaleza (minería, agricultura intensiva), y que a partir de ahora enfrentaremos al enemigo con las armas marchitas de la sociedad preindustrial. No se juega así; por eso nos aplasta y desespera la sensación de que nos estamos quedando atollados en el modelo que se supone que queremos destruir.

Nuestra misión como pueblo, como sociedad y como especie es que ya no sea necesario mantener encendidas las máquinas del Arco Minero del Orinoco. Pero la sobrevivencia actual del proyecto llamado Revolución Bolivariana necesita del Arco Minero para resistir mientras construye la otra alternativa.

Nuestra otra misión es abandonar el modelo de “agricultura” intensiva, el monocultivo que depende de los agrotóxicos y que asesina a la agricultura de verdad, la que activa a todo el pueblo en la producción de alimentos, pero esa transición no puede ser inmediata: mientras esa entidad llamada “el pueblo” se reencuentra con su vocación conuquera hay que pensar en el almuerzo de mañana y de la semana que viene, y la tarea de alimentar a 30 millones de personas solo es posible, por ahora, a punta de grandes plantaciones, de importación de rubros agroindustriales y de procesos tóxicos y esclavizantes.

Ejemplo ligeramente más gráfico: así como alguna gente propone la supresión inmediata de toda actividad minera y la eliminación de todo el constructo llamado agronegocio, hay otra (o la misma) que plantea la eliminación de la institución del ejército. El argumento: “Si Costa Rica puede, ¿por qué nosotros no podemos?”. La respuesta se cae de bestia pero hay que verbalizarla: porque Costa Rica SÍ tiene un ejército, y es el ejército estadounidense. Venezuela no está en condiciones de decidir pasado mañana, mientras el monstruo del Norte y los queridos hermanos vecinos planifican una invasión y un ataque en nuestra contra, que hoy vamos a eliminar la estructura militar y a proclamar que somos pacifistas y budistas y contrarios a las armas, esas cosas tan feas que hacen ruido y matan gente.

Se supone que la humanidad debería ir avanzando en varias de esas entelequias o metas (eliminación de la “agricultura” que envenena, eliminación de toda industria contaminante y desactivación de la industria de la guerra) pero eso no es algo que Venezuela esté en la obligación de abolir de un plumazo. Mucho menos en un momento y con un componente social como el nuestro, una de cuyas facciones se declara chavista y anticapitalista pero llora de la emoción cada vez que en el horizonte despunta un barco con gasolina para seguir quemando y despilfarrando. Dándole duro y fetichizando el recalentamiento por explosión de combustibles fósiles.

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Toca preparar a las generaciones que vienen para ir acostumbrándose a otra forma de moverse y mover al país. Un atavismo en construcción, que suena a hecatombe y a fatalismo es en realidad un signo que debería remoralizarnos: si alguien quiere saber qué les espera a ciudades como París, Nueva York, Madrid o Berlín, debería asomarse a San Cristóbal, Valera y Maracaibo. Los habitantes de esas ciudades saben más que 90% de los habitantes del hemisferio occidental cómo se vive dentro de una ciudad colapsada.

Gracias (o por culpa de) ese aprendizaje corporal, les llevamos ventaja a los habitantes de otros países en esa faceta de nuestra preparación hacia el futuro: en Madrid la gente cree que el prodigio de abrir la llave del grifo y que salga agua ocurrirá para siempre. Muy orgullosa y confiada está Madrid del enorme glaciar o bloque helado de la Sierra Nevada. Pero esa masa de hielo que surte a los madrileños va a desaparecer. Y a la gente que lo está advirtiendo se le mira en España y en casi todas partes con más lástima que atención.

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Si Venezuela como país y “vanguardia revolucionaria”, según dicen y según queremos seguir creyendo que lo es, no puede dar saltos dramáticos en este momento porque terminaría con todos los huesos partidos, ¿entonces a quiénes o para cuándo va a ocurrir ese salto decisivo? Todo indica que ya el salto está ocurriendo: San Cristóbal, Maracaibo y otros escenarios de la guerra lo anuncian y lo confirman. Ciudades cuyo funcionamiento ya no es ni puede ser como hace unos años; la gente haciendo por necesidad cosas que ninguna propuesta o manual había planteado: magia para cocinar sin gas, procedimientos mágicos para obtener agua, para vivir sin electricidad y sin combustible. Proliferan los videos en que destacan lavadoras y licuadoras movidas a pedal, pero predomina todavía quien mira estos fenómenos con vergüenza o entre carcajadas, en lugar de otorgarle a estos recursos su valor de potencia creadora.

Nos toca a los ciudadanos, sobre todo a los militantes, preparar focal, local, familiar y comunitariamente a las generaciones que vienen para cuando estas situaciones se profundicen. ¿Se producirá algún prodigio que nos lleve de regreso a la bonanza y el despilfarro energético? No importa: nuestra misión es, y lo fue cuando nadábamos en billetes, vivir con austeridad y criterio de guerra. En eso consiste el quinto objetivo de la patria, que debería ser el primero: no en vivir “sabroso” según la tabla de valores capitalista, sino en vivir en armonía con el entorno.

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Sé que estas líneas pasarán por debajo de la mesa, como los gritos de otro desquiciado más, porque puede más la esperanza de que todo vuelva a ser bueno y chévere, que tengamos un alto salario para volver al despilfarro de la vida y los recursos. Entonces por ahí quedarán flotando estas líneas, listas para ser leídas cuando ya la intoxicación sea irreversible y estas cosas en realidad ya no importen.

— Somos un grupo de investigadores independientes dedicados a analizar el proceso de guerra contra Venezuela y sus implicaciones globales. Desde el principio nuestro contenido ha sido de libre uso. Dependemos de donaciones y colaboraciones para sostener este proyecto, si deseas contribuir con Misión Verdad puedes hacerlo aquí<