Vie. 15 Mayo 2026 Actualizado 4:17 pm

israel tráfico de órganos

(Foto: The Cradle)

El escándalo del robo de órganos en Israel expone una cultura de profanación

El espectáculo de virtud de Tel Aviv en torno a la donación de riñón no puede borrar de la memoria los cadáveres palestinos, las advertencias forenses y los escándalos de tráfico de personas que aún exigen una rendición de cuentas.

El 25 de enero, el presidente israelí Isaac Herzog se presentó ante una multitud que celebraba lo que, según Tel Aviv, era un récord mundial en donaciones de riñón. El evento, promovido tras una campaña de presión ante Guinness World Records, tenía como objetivo transmitir generosidad, disciplina y un propósito moral.

Sin embargo, Guinness solo reconoció como récord la concentración en sí, y no las donaciones de riñón que Tel Aviv había convertido en un espectáculo de relaciones públicas.

Los cuerpos tras las cifras

En Gaza, donde Israel ha estado devolviendo los cadáveres de palestinos en bolsas, a veces en estado de descomposición, mutilados o con signos de intervención quirúrgica, la celebración tuvo un eco diferente. Para las autoridades sanitarias palestinas, la cuestión no era cómo Israel había conseguido tantos donantes, sino si todos esos cadáveres habían dado su consentimiento.

Quien puso en entredicho la "fachada propagandística" de Israel no fue otro que el Dr. Munir al-Bursh, director general del Ministerio de Sanidad palestino en Gaza. Afirmó que las "cifras récord" de Israel planteaban serias dudas sobre el origen de los riñones y otros órganos que ahora se están celebrando. Señaló la cruda contradicción de un Estado ocupante que ha retenido los cuerpos de palestinos durante años en los "cementerios de los números" y en cámaras frigoríficas, al tiempo que se presenta ante el mundo como un modelo humanitario en la donación de órganos.

Bursh citó casos documentados de cadáveres devueltos a las familias a los que les faltaban órganos, especialmente riñones, sin informes médicos, expedientes de autopsia ni ningún mecanismo legal para exigir responsabilidades. Exigió una investigación internacional independiente para determinar si el supuesto logro de Israel se había basado en el robo de órganos palestinos.

Poco más de una semana después, Israel devolvió los restos dispersos de unos 54 palestinos al Hospital Al-Shifa, en la ciudad de Gaza. Los equipos forenses se pusieron rápidamente manos a la obra para intentar identificar los cadáveres y dar un cierre a sus familias, pero señalaron que muchos de los cuerpos presentaban claros signos de tortura y de extirpación quirúrgica de órganos.

No era la primera vez que se lanzaba una advertencia de este tipo desde la Operación "Inundación de Al-Aqsa". A los diez días del inicio del genocidio perpetrado por Israel en Gaza, ya habían surgido denuncias de sustracción de órganos. A finales de noviembre de 2023, Euro-Med Human Rights Monitor pidió que se investigara la sustracción de órganos palestinos, después de que "profesionales médicos encontraran pruebas de sustracción de órganos, entre ellos cócleas y córneas desaparecidas, así como otros órganos vitales como hígados, riñones y corazones".

Israel y sus defensores se apresuraron a frenar la difusión de estas acusaciones alegando que se trataba de una "calumnia de sangre" y de antisemitismo. Dado que las pruebas procedían de palestinos, los llamamientos a una investigación internacional han caído en gran medida en saco roto.

Un escándalo que Israel nunca pudo enterrar

Esto es precisamente lo que ocurrió a principios de la década de 1990, cuando los profesionales sanitarios palestinos y las familias de los fallecidos acusaron a Israel de realizar extracciones ilegales de órganos durante la Primera Intifada. De hecho, ya en 1992, el entonces ministro de Sanidad israelí, Ehud Olmert, llegó incluso a organizar una campaña pública de donación de órganos. Al igual que hoy, con el fin de proyectar una imagen de humanitarismo.

En 1999, la antropóloga estadounidense Nancy Scheper-Hughes comenzó a sacar a la luz lo que durante mucho tiempo se había ignorado. Como cofundadora de Organs Watch, una organización creada para vigilar el tráfico de órganos y su coste humano, llevó posteriormente el tema ante una subcomisión del Congreso de los Estados Unidos en 2001.

El gran avance se produjo con la publicación de su entrevista a Yehuda Hiss, jefe de patología del Instituto Forense de Abu Kabir, el único centro israelí autorizado para realizar autopsias en casos de muerte no natural.

Hiss admitió que Abu Kabir había extraído órganos de cadáveres palestinos sin su consentimiento.

La versión oficial israelí, elaborada a partir de una investigación interna, afirmaba que el robo de órganos no se dirigía específicamente contra los palestinos, sino que los soldados israelíes también eran víctimas. Sin embargo, el Canal 2 de Israel emitió un documental sobre el tema en el que se entrevistaba a patólogos de Abu Kabir, uno de los cuales declaró explícitamente que "nunca extrajimos piel de los cadáveres de los soldados israelíes, sino de los demás".

Scheper-Hughes afirmó en 2009 que gran parte del tráfico ilícito de riñones a nivel mundial puede atribuirse a los israelíes. "Israel es el principal responsable", dijo, y añadió que "tiene tentáculos que se extienden por todo el mundo". Según ella, los ciudadanos israelíes, a quienes a menudo compensaba el Ministerio de Sanidad y que formaban parte de un proyecto respaldado por el Ministerio de Defensa, eran los responsables del turismo de trasplantes a gran escala.

Los israelíes se aprovechaban de poblaciones vulnerables desde Brasil hasta Filipinas. Un reportaje de la BBC de 2001 describía incluso una situación en la que "cientos de israelíes han creado una cadena de producción que comienza en las aldeas de Moldavia, donde hoy en día hay hombres que andan por ahí con un solo riñón".

En un artículo que resultó polémico para su época, el periódico sueco Aftonbladet publicó en 2009 unas acusaciones según las cuales el ejército israelí había atacado y asesinado a palestinos para extraerles los órganos.

Aunque a Israel y a sus partidarios les gusta restar importancia a todo este escándalo alegando que se trató de una serie de casos aislados, Hiss y sus colegas patólogos de Abu Kabir, que admitieron públicamente el robo de órganos, ni siquiera fueron sancionados por su conducta. A Hiss no se le impuso una pena de prisión prolongada; de hecho, se le permitió seguir trabajando en Abu Kabir.

En otras palabras, nunca hubo rendición de cuentas, sino simplemente una investigación interna israelí, seguida de las promesas del ejército y el Gobierno israelíes de que ya no extraen órganos a palestinos.

Las cifras detrás del récord de Tel Aviv

La organización israelí protagonista de la actual candidatura al récord mundial es Matnat Chaim, fundada en febrero de 2009, poco después de que Tel Aviv aprobara una ley que prohibía el tráfico de órganos. Jerusalén, donde tiene su sede la organización, se ha convertido así en la ciudad líder de Israel en donaciones altruistas de riñón. Tel Aviv afirma que Matnat Chaim ha superado los 2.000 trasplantes, lo que le ha valido el récord celebrado en enero.

Los datos disponibles plantean preguntas evidentes.

Entre 2009 y 2021, Matnat Chaim afirmó haber realizado 1.000 trasplantes. En 2022, según las propias cifras de la organización sin ánimo de lucro, facilitó 202 trasplantes, frente a los 215 del año anterior. Eso significa que el total disponible públicamente antes de las acusaciones de noviembre de 2023 ascendía a 1.277. Para llegar a los 2.000, la organización habría tenido que sumar 723 trasplantes en poco más de tres años.

Según el Centro Nacional de Trasplantes de Israel, el número total de trasplantes de donantes vivos en 2023, 2024 y 2025 ascendió a 923. En 2022, el último año para el que se dispone de datos públicos sobre las contribuciones específicas de Matnat Chaim, la organización representó el 63 % de los trasplantes de donantes vivos. Si esa tasa se mantuviera, su cuota durante esos tres años sería de unos 581 trasplantes, por debajo de la marca de los 2.000.

Esto, por sí solo, no incrimina a Matnat Chaim. Pero sí explica por qué Bursh puso en duda la afirmación tal cual, sobre todo teniendo en cuenta el largo historial de sustracción de órganos por parte de Israel y los testimonios que están saliendo a la luz desde los hospitales de Gaza.

Otro dato interesante, que avala el escepticismo en torno a las cifras extremadamente elevadas de las que presume Israel, es que solo el 14% de su población ha firmado la tarjeta de donante de Adi (Ehud) Ben Dror. Esto sitúa a Israel entre los países desarrollados con menores índices. En la mayoría de los países occidentales, la media es del 30% de la población que se inscribe para donar sus órganos.

La donación de órganos ha sido durante mucho tiempo un tema polémico entre los israelíes. Por ejemplo, el Gran Rabino de la Palestina ocupada por los británicos declaró en 1931 que la idea de que esta práctica profana a los muertos es "exclusiva de los judíos… los gentiles no tenían motivos para ser especialmente cuidadosos a la hora de evitarla si existía un propósito natural para hacerlo, como razones médicas".

En 1996, el influyente rabino Yitzhak Ginsburgh, de la secta Jabad Lubavitch, afirmó que si un judío necesita un hígado, "¿se le puede extraer el hígado a un no judío inocente que pase por allí para salvarlo? Probablemente, la Torá lo permitiría. La vida judía tiene un valor infinito. Hay algo infinitamente más sagrado y único en la vida judía que en la vida no judía".

La postura oficial actual de las principales autoridades religiosas de Israel es que la donación de órganos está permitida para los judíos, pero ese consenso es relativamente reciente. Solo en la última década se ha producido un notable aumento del número de donantes judíos. Para muchos judíos practicantes, la cuestión sigue siendo objeto de controversia.

Ese contexto social, sumado a la población relativamente reducida de Israel, hace que resulte aún más sospechoso que, por ejemplo, el Banco Nacional de Piel de Israel (INSB) haya sido calificado como uno de los más grandes, si no el mayor, del mundo. El INSB opera conjuntamente bajo la tutela tanto del Ministerio de Sanidad israelí como del ejército.

La profanación como política

Israel lleva mucho tiempo utilizando los cadáveres de los palestinos como instrumentos de control. En 2017, Tel Aviv admitió haber perdido el rastro de los cuerpos de los presos políticos palestinos que fallecieron bajo custodia. La explicación apuntaba a la práctica israelí de enterrar a los palestinos en fosas comunes en lo que se conoce como el "cementerio de los números", un método cruel diseñado para ocultar a las familias el paradero de sus seres queridos. Los palestinos también han expresado su temor a que a algunos de los cadáveres desaparecidos les hayan sustraído los órganos.

Más allá de Palestina, se ha relacionado en repetidas ocasiones a israelíes con casos de tráfico de órganos en todo el mundo.

La única persona que ha sido condenada en Estados Unidos por tráfico de órganos fue un israelí llamado Levy Izhak Rosenbaum. La jueza federal de distrito Anne Thompson, de Nueva Jersey, lo describió como un "especulador" del mercado negro que "se lucraba con el sufrimiento humano". Solo cumplió dos años y medio de prisión y evitó la deportación.

En 2010, cinco ciudadanos israelíes, entre ellos un general del ejército retirado, fueron acusados de dirigir una red de tráfico de órganos. Su plan abusivo fue calificado de "forma de esclavitud moderna", ya que explotaba a personas vulnerables de países en desarrollo para obtener sus órganos. El caso puso de manifiesto una incómoda contradicción del sistema judicial israelí: una conducta que ahora se perseguía judicialmente había sido, apenas dos años antes, tolerada de hecho por las estructuras estatales.

En 2015, las autoridades turcas detuvieron a un presunto traficante de órganos israelí, en el marco de una investigación sobre una red dedicada a explotar a refugiados sirios. Recientemente, en 2024, la policía turca detuvo a cuatro ciudadanos israelíes durante una operación contra otra red que también se aprovechaba de los refugiados sirios y otras poblaciones desfavorecidas en Turquía.

En 2018, la policía de Chipre detuvo al ciudadano israelí Moshe Harel, acusándolo de dirigir una red internacional de tráfico de órganos, en un escándalo que se remonta a 2008, cuando un hombre turco sufrió un desmayo en el aeropuerto de Pristina, visiblemente dolorido tras haber sido sometido a una extirpación de riñón. Harel ya había sido detenido por las autoridades israelíes en 2012, pero fue puesto en libertad.

El Gobierno israelí considera ahora ilegales los casos mencionados. Sin embargo, hubo un tiempo en el que no solo se toleraba que los israelíes viajaran al extranjero en busca de órganos, sino que, de hecho, se les animaba a hacerlo. Esa historia ayuda a explicar por qué siguen apareciendo ciudadanos israelíes en escándalos de tráfico de órganos en todos los continentes. El propio Ministerio de Sanidad israelí contribuyó a fomentar una cultura en la que los cuerpos de los pobres, los desplazados y los habitantes de los territorios ocupados podían convertirse en material médico.

¿Por qué no se ha abierto una investigación?

A pesar de estos hechos documentados, las instituciones occidentales siguen prestando apoyo al ejército israelí. En octubre del año pasado, se reveló que la Universidad del Sur de California (USC por sus siglas en inglés) había vendido 32 cadáveres humanos al ejército estadounidense, que fueron utilizados por el ejército israelí para la formación quirúrgica. El Consejo de Relaciones Americano-Islámicas (CAIR en inglés) calificó esta revelación de "preocupante". Los cuerpos de estadounidenses fallecidos se habían vendido a una red que abastecía a un ejército que llevaba a cabo un genocidio en Gaza.

Un mes después, surgieron nuevas denuncias por parte de profesionales médicos de la Franja de Gaza sobre el robo de órganos. Esto ocurrió en el contexto de la entrega de un grupo de cadáveres al Hospital Nasser de Jan Yunis, donde un médico señaló que "los cadáveres llegaron rellenos de algodón, con huecos que sugerían que se les habían extraído los órganos. Lo que vimos es indescriptible".

Dada la gran cantidad de pruebas y acusaciones que apuntan a que Israel ha estado implicado en la extracción sistemática de órganos durante su genocidio, cabe preguntarse por qué aún no se ha iniciado ninguna investigación internacional independiente.

Al igual que a principios de la década de 1990, las pruebas palestinas vuelven a quedar ocultas bajo la protección política occidental, el temor a las represalias del lobby israelí y la presunción generalizada de que las instituciones israelíes pueden investigarse a sí mismas.


Este artículo fue publicado originalmente en inglés  en The Cradle el 13 de mayo de 2026 y fue traducido para Misión Verdad por Spoiler.

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