A escasas semanas de la primera vuelta presidencial en Colombia, el escenario político se configura como un campo de batalla donde convergen viejas rivalidades, nuevas dinámicas alentadas desde las redes digitales y una disputa por la hegemonía ideológica que trasciende las fronteras nacionales.
La relación entre el presidente Gustavo Petro y el expresidente Álvaro Uribe Vélez, históricamente marcada por la confrontación, ha experimentado fluctuaciones que reflejan diferencias programáticas propulsadas por estrategias de posicionamiento electoral. Todo en el marco de una derecha fragmentada entre dos candidaturas —Paloma Valencia y Abelardo de la Espriella— que disputan el mismo electorado, y la candidatura de Iván Cepeda que enfrenta una campaña de desgaste que busca frenar su avance en las encuestas.
Petro versus Uribe: Acusaciones de ida y vuelta
La tensión entre Petro y Uribe Vélez pasó por una tregua pragmática pero ha alcanzado nuevos niveles en los últimos meses, alimentada por declaraciones públicas, entrevistas en plataformas digitales y acusaciones judiciales. En marzo pasado, la entrevista de Petro con el streamer Westcol en la plataforma Kick generó más de 840 000 espectadores simultáneos, lo que pareciera consolidar al mandatario como figura dominante en el ecosistema digital juvenil. Días después, Uribe participó en un live similar con el mismo creador de contenido, pero la audiencia fue significativamente menor —aproximadamente 184 000 espectadores—, esto evidenció diferencias en la capacidad de movilización digital entre ambos líderes.
Los cruces verbales se han intensificado. En abril pasado, Uribe calificó a Petro de "chismoso" tras viaje del exmandatario a Ecuador, en medio de tensiones arancelarias entre ambos gobiernos, y aseguró que la frontera colombo-ecuatoriana está controlada por "el grupo narcoterrorista Farc que impone votar por Cepeda”.
El mandatario colombiano respondió cuestionando la presencia de Uribe en Ecuador en un momento de crisis diplomática. El expresidente se ha apoyado en el presidente ecuatoriano, Daniel Noboa, para ejercer presión contra el gobierno de Petro por las acciones de grupos armados en la frontera colombo-ecuatoriana. Además, enfrenta procesos por soborno a testigos y fraude procesal, con una condena en primera instancia de 12 años de prisión domiciliaria en julio de 2025, posteriormente revocada en segunda instancia en octubre del mismo año, y pendiente de casación ante la Corte Suprema de Justicia.
Aunque su política de Seguridad Democrática desplegó una escalada violenta enmarcada en el Plan Colombia, no ha sido directamente juzgado por las miles de muertes y desapariciones que provocaron los cuerpos de seguridad y grupos paramilitares bajo sus dos mandatos presidenciales. Precisamente, en medio de su intercambio de acusaciones con Petro, la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP) informó que el número de víctimas de ejecuciones extrajudiciales, conocidas como "falsos positivos", aumentó de 6.402 a 7.837 casos en el país.
Tales hechos fueron registrados entre 1990 y 2016 en todo el territorio nacional, este lapso fue ampliado por la JEP para incluir muchos más casos que no hacían parte del universo inicial. Sin embargo, los 6.402 casos —82% de la nueva cifra— ocurrieron entre 2002 y 2008, lapso en el que Uribe fue presidente.
Los cruces entre ambos líderes políticos reavivan una narrativa de polarización que permea la campaña electoral, donde cada acusación busca movilizar bases propias y deslegitimar al adversario. La estrategia digital, con entrevistas en plataformas como Kick, refleja un cambio en la comunicación política colombiana, donde las audiencias jóvenes y el formato streaming se han convertido en arenas clave para la disputa de influencia.
Las acusaciones de ida y vuelta han logrado mantener la campaña en un estado de ebullición permanente, donde el voto a Iván Cepeda se presenta como un referéndum sobre Petro, y el voto a la derecha como un retorno a la “seguridad y el orden” de la era Uribe, pero sin un candidato que unifique esa bandera.
Paloma Valencia versus Abelardo de la Espriella: Disputa por el voto de derecha
La derecha colombiana presenta dos candidaturas con perfiles distintos pero con un electorado superpuesto. Paloma Valencia, senadora del Centro Democrático por 12 años y candidata oficial del uribismo tras ganar la Gran Consulta por Colombia en marzo de 2026 con el 45,70% de los votos, representa la continuidad del proyecto político de Álvaro Uribe. De su mentor hereda la lucha contra el Acuerdo de Paz con las FARC y la JEP.
Es nieta del expresidente Guillermo León Valencia, abogada y filósofa de la Universidad de los Andes, con maestría en Escritura Creativa de la Universidad de Nueva York, Valencia ha construido una trayectoria parlamentaria centrada en la oposición al gobierno Petro, la defensa de la Seguridad Democrática y reformas como la Ley de la Panela y la Escalera de la formalidad. Su discurso se ubica en la centroderecha, con énfasis en la institucionalidad y el diálogo con sectores moderados, aunque mantiene una línea dura contra las reformas sociales del actual gobierno.
Abelardo de la Espriella, por su parte, encarna una derecha disruptiva. El abogado de reconocida trayectoria en defensa de casos polémicos, y reconocido asesor de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC) durante las negociaciones de paz con la administración Uribe en 2005 y 2006, se ha presentado como un outsider millonario, con discurso de mano dura que propugna la reducción del Estado y menos impuestos. Su campaña, financiada con recursos propios y apoyada ampliamente mediante las redes digitales, ha logrado mantenerse en segundo lugar en encuestas como la de AtlasIntel (abril 2026), con 27,9% de intención de voto, por encima de Valencia (23,5%).
Está señalado por un escándalo de 760 millones de pesos destinados presuntamente a sobornar congresistas durante el gobierno de Uribe para beneficiar a la pirámide DMG. Su campaña promete una "Patria Milagro" basada en la eficiencia gerencial y la "autoridad democrática" (fase post uribista de la seguridad democrática), pero su temperamento agresivo y su historial de demandas generan dudas sobre su respeto a la independencia de poderes si llega a la Casa de Nariño .
Las semejanzas entre ambos candidatos radican en su oposición frontal al gobierno Petro, su rechazo a las reformas sociales en curso y su apuesta por un discurso de seguridad. Sin embargo, las diferencias son marcadas, mientras Valencia apuesta por la institucionalidad y el respaldo del Centro Democrático, De la Espriella cuestiona a la "política tradicional" y se presenta como una alternativa antiestablishment.
Esta tensión se ha manifestado en ataques mutuos: en abril pasado, un video con inteligencia artificial que mostraba a Uribe junto a Juan Manuel Santos y otros políticos generó una reacción airada del expresidente, quien calificó a De la Espriella de "destructor". A su vez, De la Espriella ha buscado bajar la tensión, afirmando que no guarda resentimientos y llamando a la unidad de cara a la segunda vuelta.
La disputa por el voto de derecha se ha agudizado con la guerra sucia digital debido a que cuentas afines a De la Espriella han atacado a Valencia como candidata de "los de siempre", mientras el uribismo responde señalando al abogado como aliado encubierto de Petro. Esta fragmentación podría debilitar a una derecha —ya líquida— en una eventual segunda vuelta, aunque las encuestas proyectan que cualquiera de los dos candidatos podría derrotar a Iván Cepeda en un eventual balotaje.
Cepeda versus el miedo: El desafío de vencer la desinformación
Iván Cepeda, candidato del Pacto Histórico y figura central de la izquierda progresista colombiana, lidera las encuestas con alrededor del 38-39% de intención de voto. Su trayectoria como defensor de derechos humanos, senador y facilitador de procesos de paz lo ha posicionado como heredero político del proyecto del presidente Petro. Su programa, "El poder de la verdad", propone profundizar reformas sociales, completar la implementación del Acuerdo de La Habana, avanzar en la paz total con el ELN, y promover una revolución agraria y ambiental.
Sin embargo, su avance ha generado una ofensiva mediática y política desde la derecha. Uribe le ha acusado de "recorrer cárceles buscando testigos falsos" en su contra, mientras se han utilizado narrativas de miedo que asocian su candidatura con inestabilidad económica, inseguridad jurídica y supuestos vínculos con extremismos. En abril de 2026, Cepeda aclaró públicamente su evolución ideológica: "Nací en política en el Partido Comunista, pero quien piense que esas etiquetas significan hoy lo mismo que en los años sesenta o setenta, vive fuera de época", intentando desactivar el fantasma del comunismo que la oposición utiliza para movilizar el voto adverso.
Su principal fortaleza es que representa la "Revolución Ética" y su discurso es menos confrontacional que el de Petro, pero mantiene una hoja de ruta clara de continuidad de los programas sociales. Su base es sólida en los sectores populares y entre el progresismo urbano.
En semanas recientes, se han registrado ataques con explosivos que han dejado víctimas mortales, heridos y afectaciones a la movilidad en el territorio colombiano. Ante ello, el candidato ha expresado preocupación porque estos hechos se presentan en regiones del sur del país donde existe un amplio respaldo al proyecto político que encabeza. Agregó que “buscan generar un clima de miedo que favorezca intereses de sectores de extrema derecha empeñados en desestabilizar el país y entorpecer el desarrollo democrático del proceso electoral”.
Las fortalezas de Cepeda radican en su coherencia discursiva, su conexión con movimientos sociales y víctimas del conflicto, y su capacidad para articular una propuesta de continuidad transformadora. Sus debilidades incluyen la polarización que genera en sectores moderados, la dependencia de la popularidad de Petro —cuyo gobierno enfrenta desafíos económicos y sociales—, y la dificultad para ampliar su base más allá del núcleo del petrismo. A pesar de ello, su ventaja en primera vuelta y su competitividad en escenarios de segunda vuelta lo mantienen como favorito, aunque la ofensiva de la derecha busca revertir esta tendencia mediante la desinformación y la apelación al miedo.
Las elecciones de este año en Colombia reflejan una reconfiguración de un espectro político en el que la derecha ha redoblado la apuesta por el caos y el miedo, argumentando que el "petrismo" es blando con el crimen organizado. Cepeda, conocido por su lucha contra el paramilitarismo y su defensa de las víctimas, es presentado por sus contradictores como un peligro para la democracia, lo que intenta revivir el estigma de la "guerra sucia" contra la izquierda. Entretanto, la comunicación digital se erige como eje central de la disputa.
Este proceso electoral tiene implicaciones regionales debido a que un triunfo de Cepeda propiciaría cierto equilibrio ante la arremetida hegemónica por parte de Estados Unidos sobre el hemisferio y, en cierto modo, profundizaría la integración suramericana, mientras una victoria de la derecha podría serle funcional a este intento de dominio y generaría tensiones con gobiernos vecinos no alineados.
En cualquier escenario, Colombia sigue siendo un termómetro político para América Latina, donde las batallas internas por la memoria, la justicia y el modelo de desarrollo trascienden fronteras. Se trata de pasos que definen la lucha postergada por ser un polo geopolítico en medio de un rearreglo global.