En su artículo "El nuevo complejo capitalista: Pax Silica y el Estado fascista embrionario", el sociólogo William I. Robinson propone una lectura de la coyuntura global que se aleja de interpretaciones fragmentadas. En lugar de abordar los conflictos recientes (desde Ucrania y Asia Occidental hasta las tensiones comerciales y el endurecimiento de políticas migratorias) como eventos aislados, el autor los sitúa dentro de una misma dinámica estructural vinculada a la evolución del capitalismo global.
El análisis parte de que la actual "tormenta global" responde a un proceso sistémico impulsado por un nuevo bloque de poder. Robinson lo define como un complejo hegemónico del capital transnacional, en el que convergen grandes corporaciones tecnológicas, capital financiero y el aparato militar-industrial. En ese marco, la expansión de la inteligencia artificial, la militarización de la economía y el ascenso de formas autoritarias de gobierno aparecen como expresiones interrelacionadas de una misma reconfiguración.
El aparente desorden global está impulsado por "un catalizador sistémico común: las violentas estrategias expansionistas de un nuevo complejo hegemónico de capital transnacional en respuesta a la crisis decisiva del capitalismo global", dice Robinson. A partir de esta premisa, desarrolla su argumento para explicar el surgimiento de lo que denomina Pax Silica: un nuevo orden basado en el control de la infraestructura digital, los recursos estratégicos y los mecanismos de coerción estatal.
El complejo hegemónico del capital transnacional
El eje del análisis se organiza en torno a la configuración de un nuevo bloque de poder que articula las grandes corporaciones tecnológicas, el capital financiero transnacional y el complejo militar-industrial-represivo. Este entramado actúa de manera integrada, concentrando capacidades económicas, tecnológicas y coercitivas a escala global.
En el plano económico, el peso de las grandes tecnológicas resulta determinante. Según los datos que recoge Robinson, las 20 principales empresas tecnológicas del mundo alcanzaron en 2025 una capitalización de mercado superior a los 20 billones de dólares, lo que equivale aproximadamente a una quinta parte del valor total del mercado bursátil global. Esta concentración de valor refleja el dominio de estas corporaciones sobre la economía digital y su capacidad para absorber capital excedente a escala mundial.
A su vez, estas empresas están profundamente entrelazadas con el capital financiero global. En 2022, existían 33 firmas de gestión de inversiones multi-billonarias que controlaban más de 83 billones de dólares en activos, una cifra que supera ampliamente la mayor parte del producto interno bruto mundial. Este nivel de concentración financiera opera en estrecha relación con el ecosistema tecnológico, donde los grandes fondos poseen participaciones significativas en las principales plataformas digitales.
El tercer componente de este bloque lo constituye el complejo militar-industrial-represivo, que se integra progresivamente con los otros dos. Robinson señala que Silicon Valley y sus patrocinadores financieros han orientado crecientemente sus capacidades hacia tecnologías de guerra, vigilancia y control social, completando así un eje de poder.
En este contexto, el autor introduce el concepto de Pax Silica, utilizado por el propio Departamento de Estado de Estados Unidos para describir el nuevo orden emergente. Este se basa en el desarrollo de cadenas globales de inteligencia artificial, que implican una demanda creciente de energía, minerales críticos, infraestructura tecnológica y nuevas capacidades industriales. Un alto funcionario estadounidense citado en el texto lo explica así: "Si el siglo XX se basó en el petróleo y el acero, el siglo XXI se basa en la computación y los minerales que la alimentan".
Sobreacumulación, deuda y expansión forzada
El origen de este nuevo bloque de poder está en la crisis estructural del capitalismo global que se ha profundizado en las últimas décadas. Se trata de una contradicción persistente entre la acumulación de capital y su capacidad de generar rentabilidad sostenida.
Uno de los indicadores centrales de esta crisis es la caída prolongada de la tasa de ganancia. Diversos estudios citados por el autor muestran que los retornos sobre activos y capital invertido son hoy significativamente menores que en décadas anteriores. Sin embargo, esta disminución convive con un fenómeno aparentemente contradictorio: el aumento sostenido de las ganancias totales. En Estados Unidos, las ganancias corporativas alcanzaron un máximo histórico de 3,4 billones de dólares en 2025, mientras que a nivel global las mayores empresas proyectaron beneficios cercanos a los 5 billones de dólares ese mismo año.
Esta coexistencia (más ganancias en términos absolutos, pero menor rentabilidad estructural) es un síntoma clave de agotamiento del modelo. Como señala Robinson, es una señal de "colapso del capitalismo" en su forma actual, donde la expansión de la masa de capital no logra traducirse en niveles equivalentes de valorización.
A este escenario se suma el crecimiento acelerado de la deuda y la financiarización. La deuda global alcanzó los 337 billones de dólares a finales de 2025, casi tres veces el PIB mundial. Paralelamente, la llamada banca en la sombra —un sector altamente especulativo— creció hasta los 257 billones de dólares, consolidando un sistema financiero cada vez más desvinculado de la economía productiva.
El desequilibrio entre economía real y capital ficticio se hace aún más evidente en la composición de los activos globales. De un total estimado en 1,7 billones de dólares en 2024, solo 620 billones corresponden a activos materiales, mientras que el resto constituye capital financiero especulativo. Esta brecha refuerza la idea de un sistema sostenido por dinámicas de valorización cada vez más desvinculadas de la economía productiva.
La sobreacumulación de capital genera una presión constante hacia la expansión. La necesidad de encontrar nuevas salidas para el capital excedente impulsa la búsqueda de recursos, territorios y mercados, intensificando la competencia geopolítica. Un ejemplo de esta dinámica es el superávit comercial de China, que alcanzó los 1,2 billones de dólares en 2025, reflejando una capacidad productiva que supera ampliamente la demanda existente.
Desde esta perspectiva, la expansión agresiva —ya sea a través de la digitalización, el extractivismo o la militarización— responde a una lógica estructural. El sistema no se expande porque puede, sino porque necesita hacerlo para sostener sus niveles de acumulación en un contexto de rentabilidad decreciente.
Pax Silica como modelo de control y expansión
En la fase final de su argumento, Robinson vincula la crisis estructural del capitalismo con la emergencia de formas autoritarias de gobierno y la intensificación de la guerra para la acumulación. Allí, el llamado "trumpismo global" aparece como una articulación política de este proceso, con una red de liderazgos (incluyendo a Nayib Bukele, Benjamin Netanyahu, Javier Milei o Viktor Orbán) que expresa una convergencia ideológica en torno a modelos de control más agresivos y centralizados.
Este giro autoritario es funcional a las necesidades del capital transnacional. El Estado, en esta lógica, se transforma en un instrumento activo para garantizar condiciones de acumulación, especialmente en contextos de crisis. Robinson lo sintetiza al señalar que el fascismo contemporáneo implica una fusión entre capital transnacional, poder estatal represivo y movilización política reaccionaria.
Los datos que recoge el texto refuerzan esta tendencia. El gasto militar global alcanzó los 2,72 billones de dólares en 2024, el mayor incremento desde el final de la Guerra Fría. En paralelo, la inversión en startups vinculadas a tecnologías militares creció más de un 200% en 2025, reflejando la integración entre innovación tecnológica y aparato bélico. A nivel interno, políticas como la expansión del presupuesto del ICE (que pasó de 10 mil millones a 85 mil millones de dólares) muestran que estos mecanismos de control también se despliegan sobre la propia población.
En este contexto, la tecnología adquiere un papel central en la infraestructura de poder. El ejemplo de Starlink ilustra esta transformación:
En febrero de 2025, por ejemplo, cuando el gobierno de Ucrania se negó a ceder ante las exigencias estadounidenses de acceso a los minerales críticos para la inteligencia artificial de ese país, los negociadores estadounidenses amenazaron con cortar el acceso de Kiev a Starlink, paralizando de hecho sus comunicaciones militares en el campo de batalla.
De forma similar, empresas como Palantir encarnan la fusión entre datos, inteligencia artificial y operaciones militares. Su crecimiento (el valor de sus acciones creció un 800% entre 2019 y 2026) está directamente vinculado a contratos gubernamentales y al desarrollo de tecnologías de vigilancia, identificación de objetivos y gestión de operaciones.
El caso de Gaza expone esta lógica en su forma más acabada. La destrucción masiva se convierte en una fase dentro de un ciclo económico que incluye la posterior reconstrucción. Iniciativas como la llamada "Junta de Paz" apuntan a transformar territorios devastados en nuevos espacios de inversión, bajo modelos que combinan control militar, desarrollo tecnológico y capital financiero. Robinson plantea que se trata de una dinámica en la que la acumulación se sostiene a través de ciclos de destrucción y reconstrucción.
La guerra, la tecnología y la represión no operan de manera separada, forman parte de un mismo circuito económico. En la lógica de la Pax Silica, el control de infraestructuras digitales, recursos estratégicos y poblaciones se convierte en condición para la expansión del capital.
Sin embargo, esta misma dinámica encierra una contradicción fundamental. El sistema depende de una crisis permanente para sostener sus niveles de acumulación, pero esa crisis genera, al mismo tiempo, las condiciones de inestabilidad que ponen en riesgo su propia reproducción. Es en ese equilibrio inestable donde se configura el horizonte que describe Robinson: un orden global que solo puede avanzar a través de la intensificación del conflicto.