Dom. 05 Diciembre 2021 Actualizado ayer a las 3:05 pm

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Migrantes indocumentados suben a un tren conocido como "La Bestia" en la ciudad de Las Patronas, estado de Veracruz, México, el 9 de agosto de 2018, para viajar a través de México y llegar a EEUU (Foto: Ronaldo Schemidt / AFP)

Los obligados a migrar

¿Hasta cuándo seremos cardumen, manada, horda, sin pensamiento ni destino propio?

Desde la antigüedad, la gente ha sido expulsada de la tierra. La inmigración masiva ocurre por interés de los dueños. La gente no se mueve de la tierra a menos que la saquen o se le arruine por fenómenos naturales, o uso excesivo sin descanso, pero si la tierra no tiene dueño la gente muy bien pudiera mudarse de un sitio a otro permitiendo el descanso de la tierra o superar los fenómenos naturales y de esta manera permanecer colectivamente en los sitios. Pero lamentablemente este no es el pensamiento que habita y guía a las élites de la especie.

Las élites poderosas, a todo lo largo de su hacer, siempre han movilizado a los esclavos de un punto a otro; de esta manera se ha obtenido botín, se han construido ejércitos, se han fundado ciudades, se han destruido, arrasado, reconstruido, se han invadido continentes, se han librado miles de guerras, se ha copado a todo el planeta; no hay mineral o cualquier otro recurso del signo o valor que sea, que no se haya extraído o explotado con la mano de obra esclava, movilizada de continente a continente, de pueblo a pueblo, de ciudad a ciudad, o internamente, de acuerdo al comportamiento de la mina en el territorio.

Y todo ello termina con el amaso de grandes fortunas que se vuelven a invertir para aumentarlas, en una vorágine destructiva e ineficiente para la especie en su conjunto, altamente exitosa para estas élites, que en nombre de los dioses, de dios o de su propio albedrío, han decidido que así es cómo se debe vivir, y de ello han convencido a los esclavos que por millones hoy atravesamos continentes en la búsqueda de ese mundo feliz. Esa quimera es aupada por redes y otros aparatos ideológicos que refuerzan la demencia en las grandes mayorías.

La diferencia con la antigüedad es que antes los dueños arriesgaban sus fortunas en la consecución de esclavos, en la movilización de los esclavos, de una guerra a otra, de un botín a otro, de una mina a otra, de un lado a otro. En las formas anteriores de obtener botín, es decir, las guerras directas de invasión y saqueo, los dueños invertían sus recursos, los arriesgaban.

Como ejemplo, los barcos negreros que en la época de consolidación de los grandes capitales, hablamos de los años mil quinientos, los dueños aperaban los barcos, pagaban tripulación a muy bajo costo (por supuesto, tampoco era que los llevaban en camarotes cinco estrellas), y establecían comercios de drogas, armas, con cazadores de esclavos que asolaban las tierras de África, y esta modalidad se mantuvo hasta finales del siglo XIX no sólo en África, sino en todos los continentes.

Aun en los tiempos modernos se facilitaba el traslado de esclavos (inmigrantes), por ejemplo, de Europa a Estados Unidos, América Latina, sobre todo después de la segunda guerra intercapitalista (1939-1945) financiada por las grandes corporaciones, donde se asesinó a millones de obreros y se destruyó otra inmensa cantidad de mercancías y activos para poder rehabilitar de nuevo al sistema que se ahogaba en su excedente productivo.

También hemos visto cómo en los años de mil ochocientos fueron trasladados asiáticos en condiciones de esclavitud que sirvieron y fueron usados en la construcción de las vías del tren, que a su vez como arma sirvió para destruir a cientos de culturas que habitaban en los Estados Unidos, todo ello en nombre del progreso, el arma fundamental que usaron las élites poderosas. No sólo fue la Remington, sino y fundamentalmente los trenes y los inmigrantes.

Lo mismo ocurrió en el saqueo que las transnacionales británicas practicaron en la India, que fueron movilizados por trenes millones de inmigrantes que sirvieron como soldados para someter y asesinar a cientos de culturas indias. Esta práctica se mantuvo hasta bien avanzado el siglo XX. El capitalismo estuvo movilizando mano de obra esclava de un continente a otro, de un país a otro, de una mina a otra: de eso puede dar fe la literatura y el arte que retrataron las masacres de obreros en Chile (la de Iquique expresada en la Cantata de Santa María de Iquique); Colombia con la masacre de las bananeras, reflejada en Cien años de soledad; Estados Unidos con las masacres de los recolectores de uvas y otras frutas mostrada en Las uvas de la ira; todos ellos inmigrantes movilizados por las grandes transnacionales. Estas son pequeñas muestras de lo que le ha ocurrido a esta especie bajo la dictadura del capitalismo.

Bastaba que se consiguiera oro, petróleo, caucho, sarrapia, caña, litio, coltán, café, cacao, algodón, amapola, coca, marihuana, o cualquier otro recurso, para que los dueños movilizaran grandes contingentes de esclavos a esas minas o territorios, donde además eran desplazados, esclavizados o asesinados los originarios de esos territorios, tal y como ocurre hoy en Colombia, Brasil y otros territorios del planeta.

Estuvieran donde estuvieran, sin importar la preparación intelectual de los esclavos, lo importante era su fuerza bruta. El planeta está lleno de ciudades-minas, ciudades-ruinas, pueblos-fantasmas, en donde antes se vio el relumbrón de la riqueza, cuando viajaba hacia los bancos de las casas matrices de las grandes corporaciones, dejando, como el cometa, sólo el recuerdo.

Pero este trajinar demencial del capitalismo, saqueando y copando territorios, ha traído como consecuencia un aumento abismal de mano de obra en deterioro. Hablamos de aproximadamente 7 mil millones de personas que no puede, en su totalidad, utilizar el capitalismo y que se acumula densamente en las ciudades-minas de todo el planeta, pero también se acumula como clase media en los territorios arruinados donde habita la riqueza del capitalismo.

Hablamos, en el último caso, de Europa, Estados Unidos, Japón y otras muy pocas ciudades dispersas en el planeta. En ambos asuntos hablamos de mercancía viva que consume riquezas sin que las pueda reproducir; de allí los planes del capitalismo en función de eliminar físicamente a una parte importante de esta población en deterioro.

El problema de los inmigrantes, en realidad, es el mismo musiú con diferente cachimbo, es decir el mismo capitalismo trasladando mercancía de un lado a otro, con la diferencia de que antes el capitalismo pagaba los costos de traslado de la mercancía-mano de obra, e incluso se veía obligado por las circunstancias a pagar mercancía defectuosa, con la diferencia asombrosa de que ahora los mismos esclavos sufragamos los costos del traslado y todo los agregados: ropa, calzado, transporte, comida, alojamiento y entrenamiento, porque mucha mano de obra es especializada, que se ha pagado sus propios estudios, que al final terminan siendo subpagados.

Por otro lado, se mueven distintos brazos del aparato productivo, la industria de las armas, del transporte, calzado, vestido, alimento, y otras sin que el esclavo perciba ningún beneficio en ese proceso de rapiña, en donde el capitalismo obtiene beneficio con el deterioro de esa mano de obra.

También, ese proceso permite al capitalista escoger a precios muy bajos una mano de obra fuerte y especializada, pero aún más, aquella mano de obra que antiguamente se desechaba hoy se utiliza con grandes ganancias, porque esos desechos son usados por las industrias ilegales que igualmente mueven al capitalismo, sean drogas, prostitución, contrabando, armamento.

Pero aun obtienen más beneficios, porque al movilizar grandes contingentes de un mismo territorio con sus recursos lo obtienen a precios muy bajos. El capitalismo está desalojando gente de territorios donde hay recursos o se tiene planes de constitución de fábricas para extracción de recursos como agua, minerales o bosques. Están sacando a todo ese gentío de países africanos, asiáticos, americanos, oceánicos, incluso europeos: el reacomodo del capitalismo así lo requiere.

La causa de la eliminación de los Estados-nación son dos fundamentales:

  1. Por aquellos territorios donde hay recursos naturales, en función de su apropiación directa, sin tener que pasar por los engorrosos papeleos y coimas o comisiones en los que se tienen que ver envueltos los dueños muchas veces.
  2. Por aquellos donde se acumula riqueza pero no tienen recursos naturales, en función de eliminar una alta clase media y un alto precio de la mano de obra, para de esta manera establecer una tabla rasa de salarios, reduciendo al mínimo los costos por fuerza de trabajo, objetivo final del capitalista. Máxima ganancia, mínima inversión.

En este desplace juegan un papel fundamental los aparatos ideológicos, de información y propagandísticos, que desde hace muchos años han vendido la imagen de una Europa bella, humana, limpia, donde las leyes se cumplen, los derechos humanos se respetan, el arte es una maravilla, cuna de la civilización, el arte, la arquitectura, la historia y la música universal, en total Europa es el summum de la felicidad, en donde todos somos hermanos, negros, asiáticos y yanomamis, somos un crisol que gira eternamente en la felicidad, donde se promueve la libertad, la democracia, el progreso, la civilización, donde abunda el trabajo, el estudio y la riqueza (cierto, muy cierto); claro está, no para todos.

Lo mismo se nos dice de Estados Unidos, donde se lucha contra el racismo, el terrorismo, el machismo, los anti-géneros y todos los antivalores que, por supuesto, habitan en África, Asia, América. En las miles de películas gringas, las invasiones son para capturar narcos o dictadores, o donde siempre hay sacrificados gringos resolviéndole problemas a inmigrantes que, después de mucho sufrimiento, terminan felices en y agradecidos con Estados Unidos.

Asimismo, hay una gran campaña contra los Estados-nación de todos estos territorios, donde todos los Estados son corruptos, ignorantes, manejados por sátrapas, colonizados, narcotraficantes, en el cual todas sus instituciones son inútiles, en donde se administran mal los recursos y, para colmo, los intelectuales y profesionales, políticos, en su gran o inmensa mayoría, están educados para odiar a estos territorios y todos aspiran a vivir en Europa o Estados Unidos.

De manera que el mandado está hecho. En esta tragedia de los inmigrantes, todos juegan muy bien su papel: las corporaciones, la ONU, la OEA, y sus derivados, los gobiernos, las transnacionales, los medios ideológicos, de información, propaganda, llámense redes, digitales, radios, TV, prensa, académicos, iglesias, preescolares, liceos, universidades, académicos, artísticos, onegés; cada uno en su papel merece un Oscar mientras la tragedia se cumple inexorablemente. Todos cobran y se dan el vuelto, todos lloran lágrimas de cocodrilo, a todos les habita la hipocresía y el cinismo, pero todos desvergonzada y puntualmente pasan a cobrar por las taquillas del capitalismo.

Al final ninguno de ellos o ellas está interesado en resolver el problema porque perderían sus empleos y sus ganancias, para cada uno de ellos nosotros somos el gran negocio, en donde poco invierten y todos ganan.

La pregunta es para nosotros los alimentadores de fábricas, gobiernos, cárceles, cementerios, manicomios, ejércitos, policías, partidos, mafias y todo lo que hace funcionar al capitalismo, sí, la pregunta es para esta especie empobrecida explotada, saqueada, asesinada hasta la saciedad: ¿Hasta cuándo seremos cardumen, manada, horda, sin pensamiento ni destino propio?

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