Dom. 05 Diciembre 2021 Actualizado ayer a las 3:05 pm

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Reconstruir territorio y estructura social es la misión (Foto: Cristian Hernández / AFP)

Después del Koki

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La tarea importante y colosal en la Cota 905 y alrededores no es el exterminio de unos criminales (cosa necesaria y ya en marcha) sino la construcción de un cuerpo/estructura social que impida que se levanten nuevos kokis en el futuro. ¿PODREMOS hacerlo?

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Destaqué en el párrafo anterior la primera persona del plural porque ya está bueno mi pana, ya hace rato sonó la hora de que el chavismo en pleno entienda que hacer la Revolución no es tarea de gobiernos sino de militantes convencidos, y de gente con necesidad de vivir en una sociedad distinta. El Gobierno está aplicado a una tarea importante que es la destrucción de lo sórdido y lo putrefacto; a nosotros como pueblo nos toca construir lo que viene, que deberá ser distinto a lo que hay. Si después de destruidas las bandas nos limitamos a celebrar la acción policial y a jalarle bolas a la ministra que ordenó el entrompe, en la Cota y los demás territorios volverán a surgir estructuras iguales o peores que las actuales.

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El Gobierno exterminará las bandas, es su misión de esta hora. La nuestra (el pueblo organizado y conciente) es construir en esos territorios una comunidad distinta, donde los chamos tengan otras opciones y no se dejen captar por seudohéroes, llámense pranes, dirigentes escuálidos, o algo peor: dirigentes chavistas que se enriquecen y encumbran utilizando la memoria del Comandante como trampolín.

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NO he dicho: "La gente de la Cota y La Vega tiene que vivir de otra forma". No, mamagüevo: somos nosotros, que bastante güevonada decimos y escribimos en estas páginas y redes para que nos aplaudan, los responsables de concretar en la piel del país esas ideas que se nos dan tan bonitas en la charla.

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La franja que interconecta las alturas de la Cota 905, La Vega y Caricuao son de una amplitud y una belleza conmovedoras, a pesar de la depredación física y social de siglos. Tierra apta para la agricultura, para meterle músculo y piel práctica al esqueleto del socialismo.

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Circulan en redes, de teléfono en teléfono, videos y fotografías de cadáveres, carajos despedazados por la metralla y por su propia dinámica autodestructiva. Hay una en particular, quizá la más fea e impresionante, la del cuerpo del que, se dice, son los restos del Vampi, con los sesos sirviéndole de almohada y la moto por allá atrás: quita los cadáveres, quita la moto y quita a los pacos, y pon a trabajar la capacidad de soñar y de diseñar. Maldita sea: en ese entorno maravilloso que se ve alrededor debería estarse produciendo toda la papa, la cebolla y el cebollín que unos pobres señores esclavizados nos traen desde los páramos merideños, a 800 kilómetros de distancia, por nuestra ridícula, mamagüeva, sucia, sifrina, escuálida y capitalista forma de entender lo citadino y la producción de alimentos.

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¿No estábamos hablando en enero de las Ciudades Comunales? ¿En qué momento torcimos el rumbo energético de la Revolución y volvimos a creer que lo más importante es el ritual burgués y comemierda de la elección de nuevos funcionarios? Peor: ¿en qué momento nos dejamos convencer de que una Ciudad Comunal es una ciudad capitalista mejorada y perfeccionada, y no el ejercicio histórico de levantar una construcción distinta?

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Matar a unos imbéciles con armas no será la victoria. La victoria o derrota será lo que hagamos o dejemos de hacer después, no para remendar el tejido social de la Cota, La Vega y alrededores, sino para confeccionar y poner a andar a otro distinto.

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