Dom. 23 Enero 2022 Actualizado Jueves, 20. Enero 2022 - 15:46

Ir acostumbrándose

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La Historia es una carretera. Lo creamos sinceramente o no, les pido que, para efectos del siguiente ejercicio, tengamos esa imagen frente a los ojos: la Historia como un camino que nos lleva de un punto A a otro cualquiera, dentro de ese inmenso y vertiginoso alfabeto donde pasa de toda vaina, a favor o en contra. Vamos pues.


En las coordenadas, matiz e intención de ese verbo compuesto que nos sirve de título cabe casi toda la explicación de las misiones fundamentales de la especie humana. Más bien, del cómo ejecutar o ensayar la evolución o las revoluciones, los saltos adelante, los inevitables quiebres de la línea de la Historia.

La Historia es esa maestra que por lo general nos enseña a carajazos, aunque también lo suele hacer de una manera tan lenta y sutil que, al cabo de muchos años de estar metido en sus sesiones o lecciones prácticas, un buen día uno se levanta y dice: “Ah vaina, pero mira lo que me ha enseñado esta tipa en estos veinte años, sin yo darme cuenta siquiera”.


Quienes hablan o adoptan en sus variaciones del lenguaje claves un poco jipis o posmodernas, han puesto a rodar una singular expresión: “desaprender”.

Entre ese simpático e ingenioso concepto, el “aprender haciendo” y el decisivo “acostumbrarse hacer algo distinto”, media un camino que a veces es sencillamente borrascoso y ladilla, y otras veces borrascoso, ladilla e inevitable: ese es el tramo de la carretera en el que les propongo que nos veamos ahora mismo. Yo sé que parece un ejercicio de autoayuda para soportar mejor la cuarentena y la pandemia (tenemos que “irnos acostumbrando” a no hacer lo que hacíamos hace apenas unos pocos meses), pero en realidad el ejercicio tiene otra intención: la detección de unas líneas o rayitas verdes que caen, como la lluvia de códigos o letras que pusieron de moda un par de películas dizque futuristas o distópicas.


Como hablar en términos de colapso siempre infunde un poco de miedo y/o sospechas de que el discurseador quiere asustarnos, entonces hagamos otro acuerdo temporal: no pensemos todavía en ese territorio que llamamos “el futuro”. Fijémonos más bien en las señales que va teniendo la carretera ahí cerquita, adonde alcanza nuestra visión devastada por la presbicia: ese camino que se va poniendo más feo de lo que venía y al que “hay que irse acostumbrando”. Y también, eso sí, con un vistazo al pasado, para no perder la práctica.


No nos vayamos tan atrás. Detengámonos en la primera década de este siglo.

Recuerdo algunas amargas observaciones que hacíamos en nuestros blogs, unos juguetes muy entretenidos que cumplían varias de las funciones que hoy cumplen las redes sociales. Hará unos 15 años andábamos en esto: ladrando y diciendo cosas duras o fatalistas sobre un fenómeno de rápida y violenta gestación: la configuración de una generación del despilfarro, alimentada por un chaparrón de dólares que le cayó encima al país, y que se estaba gestionando de forma tal que el signo de los tiempos llegó a ser una malsana sensación de abundancia. Cuando hay plata usted la gasta como le da la gana y nadie tiene por qué venir a indicarle qué debe hacer con ella. Además, Chávez decidió que ese caudal de divisas no iba a ser reinvertido en una empresa petrolera llena de sifrinos engreídos y tecnócratas, sino repartida entre la gente común, y nadie que haya tenido noticias de la exclusión histórica de nuestro pueblo podía oponerse a esa decisión.

Lo malo: que en esos pocos años que duró la bonanza se fue levantando una generación, o más bien una cohorte de chamos y chamas, que crecieron creyendo en el espejismo de que la Revolución consistía en trabajar en un ministerio, cargar una chapa en el pecho, hacer ostentación de lo que se podía comprar con el sueldazo que le pagaban en ese ministerio, y en votar por Chávez y el partido de Chávez cuando la maquinaria lo ordenara.


Una Revolución, decíamos usando como trampolín en un esperpento que llamamos Misión Boves, y lo seguiremos diciendo hasta que arribemos al último tramo de la Historia (ese donde quedarán de regreso a la tierra nuestros huesos o cenizas) es un acto de violencia contra el orden establecido, y por lo tanto, a quienes se meten en sus raudales se les ha perseguido, señalado, vejado, encarcelado, torturado y asesinado. Si usted participa de un movimiento por el cual Estados Unidos no se preocupa y más bien pareciera que lo aplaude, puede estar seguro de que eso no es una Revolución. Cuando las hegemonías, los conservadores, sifrinos idiotas, muñecos acomodados escuálidos o disfrazados de chavistas te insultan y te amenazan por permanecer al lado de una corriente o acción frente al capital, ya casi puedes decir que estás en un torbellino revolucionario.


¿Fuiste inmensamente feliz porque la generosidad de Chávez tocó a tu puerta y pudiste saciar un poco el hambre histórica que por siglos aplastó a los de tu clase? Pues qué bien, es justo y maravilloso que te haya ocurrido. Pero si tú pensaste que ese estado o sensación de bienestar era la Revolución, o que la Revolución consiste en que todo el mundo tenga casa, carro, obesidad, alcoholes baratos y gasolina más barata, y la posibilidad de viajar al exterior varias veces al año, entonces no entendiste nada. Porque la Revolución no consiste en democratizar el despilfarro y el modo de vida burgués sino en su destrucción. Y en su sustitución por otra forma de vivir y de gestionar la energía (combustibles, alimentos, gas, electricidad, agua).


Estamos en una carretera llamada Historia. En un camino quebrado y quebradizo; allá asoma un letrero que dice “Bienvenidos a 2020”. En esta curva de la carretera nos encontramos con la siguiente situación: como no fuimos capaces POR CONCIENCIA de abandonar masivamente el modo loco de vivir en una ciudad que parecía muy sólida y autosuficiente, abusando de sus capacidades y recursos, creyendo que esos recursos y capacidades eran inagotables, entonces ahora tenemos que hacerlo POR NECESIDAD.


Tenemos que “irnos acostumbrando” al demontaje gradual y sectorial de este tipo de ciudades, que ya no aguantan más. Los ciudadanos que vivimos en ellas ya no podemos seguir viviendo como si los recursos naturales y las posibilidades energéticas fueran eternas. Caracas se surte de agua, electricidad, gas, alimentos y combustibles mediante complejos y costosos procesos que ya no son viables, ya ni el país ni la humanidad aguantan este modo de distribución de la energía.

La gasolina y los compuestos que vinieron en los barcos iraníes se agotarán más temprano o más tarde.

¿Nos vamos acostumbrando a hacer una revolución parcial y sectorial, consistente en cambiarle el espíritu energético a la ciudad industrial capitalista? ¿No vamos acostumbrando a la idea de una ciudad para ciclistas y caminantes, o seguimos aferrados a la manía irresponsable del derroche de gasolina?

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