Mar. 02 Junio 2026 Actualizado 12:36 pm

vp superlano

Voluntad Popular ha sido eje de la antipolítica venezolana y operador de los planes de la élite transnacional (Foto: Archivo)
Rememorando a Voluntad Popular como paradigma negativo

Un prototipo de la antipolítica, el golpismo y la violencia calculada

Es necesario volver a discusiones elementales sobre la política en Venezuela, en un contexto donde ciertamente se están abriendo espacios para el debate, el diálogo y una cada vez mayor inclusión de actores heterogéneos con acervo en la sociedad. Entre ellos, los partidos políticos son engranajes necesarios de la realidad nacional, regional y local que pueden (y en algunos casos deben) volver a pensarse, configurarse y hasta en algunos casos reformarse teniendo en cuenta el presente panorama.

En ese sentido, primero rememoremos la actuación de algunos partidos que han tenido una actuación destacada en el escenario venezolano; algunos han sido infames, otros marcadamente destructivos.

La mayoría de los partidos políticos opositores, sobre todo desde 2013 en adelante, son dispositivos sui generis en su configuración política, precisamente porque han desmontado toda articulación tradicional de su proceder a favor de otras dimensiones no-políticas para intentar alcanzar sus objetivos.

Paradigmático en este punto ha sido Voluntad Popular (VP), un dispositivo de guerra híbrida diseñado para desmontar instituciones, fracturar el Estado y sustituir la disputa democrática por la lógica del derrocamiento.

En el tablero político venezolano, VP nunca ha operado como una organización partidista convencional. Lejos de la competencia electoral, la construcción programática o el diálogo social, se ha consolidado como un paradigma de la antipolítica destituyente, un engranaje golpista de corte transnacional y un operador sistemático de la violencia focalizada.

Su existencia no responde a la dinámica de la disputa democrática, sino a la arquitectura de la guerra híbrida: desmontar, saturar de caos y facilitar la intervención extranjera.

Hay tres ejes que definen a VP como un modelo operativo de ruptura institucional, financiamiento foráneo y confrontación armada. Veamos.

La antipolítica como doctrina destituyente

VP no nació para competir en elecciones ni para representar intereses sectoriales dentro del marco constitucional. Su línea doctrinal es explícitamente antipolítica: históricamente se dedicó a rechazar las mesas de diálogo, fracturar coaliciones internas como la Mesa de la Unidad Democrática (MUD) y apostar por la ruptura de canales institucionales como vía para imponer su agenda.

El partido funcionó como una estructura vertical y reactiva, subordinada a las directrices de Leopoldo López y su círculo inmediato. Su metodología incorporó las tácticas de Gene Sharp sobre "lucha no violenta": así negando la lógica partidista como herramienta de participación ciudadana; más bien afirmándose como manual de desestabilización adaptado a los contextos de las llamadas "revoluciones de color".

Para legitimar esta estrategia, VP tejió alianzas con ONGs, operadores mediáticos y figuras de "causas progresistas", creando un ecosistema de propaganda que enmascara su verdadero objetivo: la demolición del Estado venezolano mediante el desgaste institucional y la saturación simbólica del espacio público.

El ADN golpista: formación, financiamiento y cerco internacional

El talante golpista de VP ha sido estructural y es importado; sin duda, nunca fue circunstancial. Sus principales dirigentes, como Leopoldo López, son productos de la Universidad de Harvard y el Centro Belfer, think tank estratégico del establishment estadounidense que ha formado a operadores del orden unipolar y a gestores de intervención en países periféricos. Esta formación académica se traduce en una visión geopolítica alineada con la élite financiera y corporativa de ciertos sectores estadounidenses.

El financiamiento externo está ampliamente documentado: desde la National Endowment for Democracy (NED), organismo ligado al Departamento de Estado estadounidense, hasta corporaciones de Wall Street y redes oligárquicas históricamente vinculadas al saqueo del erario venezolano durante la era puntofijista.

Por eso, VP siempre se comportó como un dispositivo que, para no competir por el voto, se dedicó a pujar por la injerencia abierta.

Su historial confirma esta vocación: participación activa de López en el contexto del golpe de abril de 2002; diseño y ejecución del plan "La Salida" en 2014 como intento de derrocamiento; y coordinación internacional con figuras como Luis Almagro en la OEA para activar sanciones, aplicar la Carta Democrática Interamericana y profundizar el cerco diplomático.

El objetivo nunca fue gobernar, sino facilitar un cambio de régimen por vías no electorales.

Guarimbas, crimen organizado y guerra asimétrica

La violencia no es un "daño colateral" en la estrategia de VP; es su lenguaje operativo. El saldo de 43 muertos y más de 870 heridos en 2014 fue el resultado directo de una convocatoria diseñada para saturar al Estado, paralizar servicios y generar crisis de gobernabilidad.

Lejos de deponer esta táctica, VP la profesionalizó.

En 2016, alcaldías gobernadas por el partido en Táchira, Barinas, Trujillo, Zulia y Guárico se convirtieron en epicentros de saqueos focalizados a redes de abastecimiento público. Dirigentes y alcaldes de VP facilitaron logística, información privilegiada y, en casos documentados, pago directo a grupos irregulares para generar disturbios bajo la excusa de la escasez.

El objetivo era claro: afectar la distribución de alimentos regulados, sabotear la distribución general de alimentos y desgastar la capacidad operativa del Estado.

La evidencia de planificación violenta es contundente: la captura de Yon Goicoechea con explosivos, el pendrive incautado a Daniel Ceballos con planes de desestabilización y los vínculos operativos con bandas criminales como El Tren de Aragua y grupos paramilitarizados fronterizos.

VP tenía por costumbre operar como un nodo de violencia híbrida: la combinación de tácticas de guerra asimétrica, saturación mediática y criminalización de la infraestructura estatal para generar la “masa crítica” que justificase un golpe o una intervención externa.

Un modelo para desmantelar

Voluntad Popular jamás intentó erigirse como un partido político en el sentido clásico de la representación y la competencia democrática. Como dispositivo de guerra híbrida, su razón de ser se ha sustentado en la antipolítica destituyente, el golpismo financiado y la violencia instrumentalizada. No hay mejor mejor definición de estas características que la figura representativa de Juan Guaidó, con componentes adicionales de corrupción.

Su proyecto apostaba, no a la construcción de un programa de gobierno, sino al desmantelamiento de las instituciones venezolanas; sin disputar sistemáticamente en las urnas, sino en las calles, en los despachos internacionales y en la opinión pública global.

Entender a VP como el paradigma de esta triada —antipolítica, golpismo y violencia— significa comprender la naturaleza del conflicto político venezolano en la última década. La construcción de una lógica del caos, desde fuera del país, puso a este "partido" en la vanguardia de las facciones asociadas a la confrontación violenta en desmedro del diálogo y la dinámica democrática.

Su naturaleza, de hecho, es alérgica a la legitimidad del juego político, como otros tantos partidos de las oposiciones más extremistas. Está claro que, en ese sentido, VP es un modelo ideal para desmantelar toda pretensión de la construcción política. Y por ello mismo, un modelo que no debiera repertirse en la historia política por construirse en Venezuela.

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