Los esclavos, que hoy creemos que tenemos derechos iguales a los humanos, no podemos entender por qué todos los días nos compran en las bolsas de valores del humano-capitalismo.
El uso del vocablo pueblo por parte de los poderosos dueños es demagógico, el pueblo puede ser bueno o infernal si respeta o atenta contra los intereses establecidos.
¿Quiénes somos y qué queremos ser?
Está bien, ya pasó la invasión de Europa (1492) que destruyó a punta de lanza, arcabuz y religión a las culturas originarias, cortándolas de raíz. Ya pasó el aldabonazo independentista de los patriotas con Bolívar a la cabeza. Ya pasó la invasión silenciosa de las petroleras (1900) que nos impuso la cultura ordinaria del derroche petrolero "ta barato dame dos", santo y seña de una clase media idiotizada, que siempre pretende que nos devolvamos al pasado porque "con los adecos se vivía mejor", terminando de destruir los pocos lazos afectivos que mantenía los campesinos con la tierra. Ya pasó la catajarria de gobiernos vendidos al mejor postor corporativo extranjero. Ya pasó 1989, el 4F, el gobierno de Chávez con sus leyes habilitantes, el 11 y 13 de abril, el paro petrolero, plaza Altamira, la operación Daktari, las guarimbas, el asesinato de Chávez en interés de las corporaciones. Ya pasó el intento de asesinato de Maduro, los intentos de tumbar al gobierno con sus Guaidó, Leopoldo López y María Corina, la operación Gedeón, la conspiración internacional que generó la batalla de los puentes, todos apoyados por las corporaciones y gobiernos europeos y gringos. Ya pasó el 28 de julio de 2025, ya pasó el secuestro de Cilia y Nicolás. Todo en un santiamén de quinientos años.
Aún hoy seguimos en desarraigo, sin poder entender la luminosa frase de Chávez: "A nosotros nos robaron el futuro". Podemos permanecer deteriorándonos hasta que el humano-capitalismo siga vivo o podemos pensar y analizar la situación, aunque nos desgarre las entrañas. Nosotros diremos algo para entrarle a la conversa. No importa cuánta molestia produzca, pero que no se diga en el futuro que no fuimos avisados.
A lo largo de la historia del poder, lo que se menciona o conceptúa como pueblo es una entidad que tiene varios significados: los pueblos originarios, los regionales, el pueblo universal, el traidor, el valiente, el cobarde, el criollo, el pueblo pobre, llano, miserable, indígena, obrero, campesino, mano de obra, esclavo, la muchedumbre, las mayorías, las masas, en donde no se distinguen gremios; la patria, la nación, el país de himno, escudo, frontera, bandera, con idioma, cultura, determinada por la naturaleza, clima, geografía; o modo de producción impuesto y administrado por los dueños-individuos, quienes nos prefieren como esa entidad amorfa e individualizada, sin propósito propio, en que nos convirtieron para su usufructo.
En el arte, ya sea con la poesía, el relato, la música, la pintura y el teatro, encontramos: Pedro Páramo y El llano en llamas, Las lanzas coloradas, Casas muertas, Oro negro, El mundo es ancho y ajeno, Las uvas de la ira, Iquique, Guernica, La masacre del Vichada; por nombrar unas pocas de las miles de tragedias que se suceden a diario en el mundo, y que ya nadie quiere relatar, y todo referido a gente desvividas en masacres, etnocidios, genocidios, desplazamientos, migraciones forzadas, impulsadas por los dueños. En todos los casos ha sucedido después de la aparición de la guerra y la instauración del poder, en donde todas esas modalidades de pueblo están sometidas a la dictadura del humano-capitalismo. Y no estamos diciendo que fue el capitalismo quien inventó el crimen, el saqueo, el robo, sino que es la conjunción perfecta de la acumulación de poder en el planeta, resultado de la guerra.
La verdad es que después que se instaura la guerra como medio para obtener botín y acumular poder, dejaron de existir en el mundo los pueblos autodeterminados. Con la llegada del humanismo la especie definitivamente la convirtieron los poderosos en un papagayo sin rabo. Desde entonces, a la deriva que determine el humano-capitalismo, más allá de lo estipulado como esclavo, ya sea del pater familias, del señor feudal religioso o el papa, todo ha sido sometido, toda persona ha sido convertida en mercancía en todo el mundo, toda naturaleza viva o muerta es buscada por el revólver del humano-capitalismo para cobrar su recompensa en el libre mercado de la oferta y la demanda.
El concepto pueblo que se nos vendió es autoritariamente burgués, un concepto de paquetico, que trae bandera, himno, escudos, modos, usos y costumbres nacionales que se expresan en cada fecha patria, pero que la brutal realidad se encarga de batuquearnos cada vez que una corporación nos roba.
Hay que crear
Después del 4 de febrero de 1992 en adelante, el país ya no es, el país se quedó en el pasado; ese país donde nacimos, donde nos criamos, donde pensamos, donde nos reproducimos, donde estudiamos, pertenece al pasado. El vuelvan caras nos convertirá en sal y agua.
Porque ese país es una idea que inventaron los poderosos para decir que nosotros teníamos un país, al igual que lo creen todos los esclavos en el mundo, pero después del 3 de enero comprendimos que, efectivamente, solo somos una mina.
Toca de ahora en adelante plantearnos la idea de cómo abandonar el concepto de mina para construir realmente un país. La única manera que podemos construir un país es siendo originales, creando, olvidándonos de copiar, cuestionando desde la música hasta la comida. Esto comporta dejar de ser los otros que no somos, ni seremos nunca, pero comporta también dejar de ser el que somos, para en contradicción proponernos inventar lo distinto, heredando al futuro por pensar y forjar un sustanciado expediente del pasado que no se debe repetir.
O pensamos o pensamos
Es la gran conclusión, no hay otra, no podemos quedarnos pegados en la lloradera, en la denuncia de que los empresarios son malos, de que los políticos no sirven, de que el gobierno no hace nada, de que el imperialismo nos acoquina, como si todo el mundo estuviera quieto.
Ejemplo, el 4F de 1992: un grupo de jóvenes militares sin andar criticando, con sus hechos, nos anunciaron que debíamos cambiar, que era posible salir de la tragedia y 34 años después estamos ante las consecuencias, exigiéndoles que nos solucionen el problema, acusándolos de traidores y corruptos. La pregunta es: ¿Qué logramos con tanta crítica, dónde está el ejército, el partido, el movimiento social, las relaciones internacionales de quienes criticamos a mansalva a estos líderes? Pero más aún, ¿dónde su programa de lucha, su propuesta distinta a la del gobierno y al humano-capitalismo, que no sea más salarios, más casas, más trabajo, más carro, más diversión, mejor vivir? Cada dirigente gremial viviendo a costa de sus agremiados, solicitando ajustes salariales de película solo para alimentar esperanza, utopías e ilusiones en los esclavos que aspiramos a vivir como los dueños. Tanto los líderes como los esclavos sabemos por experiencia que no es posible que todos disfrutemos las mieles del capitalismo, pero no queremos pensar otra opción.
Hemos tenido tiempo de reflexionar; desde hace 27 años hemos podido crear otra opción, pero preferimos ser lobos solitarios, entrándonos a dentelladas con los demás lobos solitarios, tratando de demostrar que somos mejores que los demás.
Cuando acusamos de corrupción y traición, como si fuéramos sesudos y valientes criticadores dispuestos a entregar la vida por los sagrados ideales que nos habitan como panfletos, porque si diéramos una razón válida, coherente, del porqué el gobierno hubiese resistido rodilla en tierra ese día, pero no, lo que estamos exigiendo irresponsablemente es que el gobierno nos conduzca a la tragedia en nombre de "yo estoy dispuesto a entregar mi vida", que es el simple panfleto dando opinión, porque si estudiáramos la realidad nos percataríamos que la cucaracha no se sienta, porque enfrentar a un enemigo cebado en el crimen y el saqueo, dueño de riquezas y recursos que nos superan por mucho, se necesita algo más que "no importa, para eso tenemos el pecho de millones de valientes que se deben sacrificar por nuestros desafueros".
En peores condiciones estuvo Lenin con el Tratado de Brest-Litovsk, o estuvo Stalin con el tratado de Ribbentrop-Molotov, y sin embargo ganaron tiempo. Nuestro gobierno está ganando tiempo. Ah no, pero el que ambiciona nos pide a nosotros que vayamos al frente a echar plomo, dispuestos a que nos sacrifiquen a todos para darle gusto al atrevido irresponsable en nombre de ser hijos de Bolívar y Chávez, hijos de la patria, de la rodilla en tierra, de la muerte o nada. Los osados nos comparan con otros pueblos y sus líderes, pero por supuesto que no comparan condiciones, tiempo, espacio, características del enemigo y las propias.
Ejemplos que demuestran que si no se piensa otra manera de vivir siempre terminaremos en las manos del enemigo; que no basta el sacrificio, la valentía, la inteligencia, el arrojo de los pueblos y los líderes en la guerra, que no basta derrotar al enemigo en la guerra y ganar todas las batallas.
Unión Soviética, China, Vietnam, Cuba, el este europeo, Nicaragua, por nombrar los sucesos más conocidos, donde los pueblos y sus líderes derrocharon coraje, inteligencia y sobre todo sangre, desde hace ya más de un siglo en el caso de la Unión Soviética. Hablamos de más de 100 millones de vidas invertidas con voluntad y desprendimiento en el sueño del comunismo, pero veamos a la luz de los hechos y no de los panfletos los resultados: todos estamos de nuevo en el marco del humano-capitalismo y que se sepa hasta ahora la reflexión de qué pasó (que no sea la crítica mordaz de los acomodados contra los pueblos y sus líderes) no existe, nadie se ha sentado a pensar, porque después de tanta valentía e inteligencia invertida los pueblos y sus líderes volvemos a la tragedia del humano-capitalismo.
La experiencia entonces nos dice que no basta con frentear, que es pensar también cómo evitar los coñazos y cómo construir el futuro para no devolvernos; cómo pensar para incorporar a millones a muchas conversas que superen el "dame, pónganme donde hay, merezco, tengo derechos", y todas esas tonterías que solo alimentan el viejo esquema de la demagogia, que mantiene a la política en el seno del pantano.
Sí, necesitamos con urgencia muchas conversas para aclararnos qué es lo que le vamos a proponer al futuro después del humano-capitalismo. ¿Cómo y para qué trabajar? Porque si nos vamos a la guerra para volver a contratar con Dupont, Cargill, Monsanto, con la Lockheed Martin, con la Boeing, entonces ¿para qué el sacrificio que haremos, qué estupidez es esa que no queremos pensar? ¿Por qué todos queremos ser humanos, por qué todos queremos ser dueños, por qué todos queremos estar sentados en Miraflores, por qué todos queremos ser amigos de Trump, o todos queremos ser pedófilos, ser de la clase Epstein? Y por eso pegamos chillidos, porque no estamos donde ellos están. Es interesante analizarlo, para ver si los gritos son de angustia, de ansiedad; entonces vamos a calmarnos y poner el cerebro a funcionar y no los esfínteres, porque los gritos producen más daño que alivio.
Con Chávez muere una manera de ser país
Pero también en sus tiempos turbulentos, que aún continúan, se produce la posibilidad de ser lo distinto que soñó. Lo que hoy estamos pensando y escribiendo es producto de su aparición protagónica, de sus hechos palpables, historiables. Es categórico, lapidario: con Chávez descubrimos quiénes somos realmente, y nos coloca en bandos claramente delimitados en medio de una profunda contradicción, a saber: los que desean que sigamos siendo una mina, cuando mucho administrada por elites nacionales, pero en última instancia no importa que la administre el dueño desde afuera, siempre y cuando permita que una elite local medre en medio de las migajas; en otro están los luchadores que piensan de buena fe que los pobres debemos ser salvados de los malvados capitalistas; en otro estamos la mayoría esclavizada que desea que le resuelvan todos los problemas mágicamente, porque ya estamos acostumbrados a la demagogia del "dame aunque sea poco"; pero ninguno de nosotros tiene la disposición de analizarse como lo que es y abandonar su condición, ya sea de esclavo, de administrador de mina al servicio de las corporaciones o de salvadores de pobres, para pensarse como una comunidad fuera de la demagogia discursiva.
La mayor demostración de que no somos un pueblo es cuando escuchamos a personas diciendo que gracias a Trump Venezuela se va poner bonita. No tenemos un país, porque un país lo constituye la gente, y si la gente no entiende que el territorio donde habita es pisoteado por invasores, entonces no pertenece a un pueblo: es solo un arreo que saliva por tener un carro o un plato de comida más lleno, de portar una ropa que agrada más porque es costosa y de marca. Cuando no logramos entender, no podemos concebir un país, concebir un pueblo que se pertenece y pertenece a un territorio dado, más allá de independencia o soberanía copiada de otros lares.
No somos independientes ni soberanos
Porque desde hace más de 500 años no somos un país, pero tampoco somos un pueblo. Eso de que comemos arepa o escuchamos música larense, llanera, oriental, zuliana, andina o central, no nos hace pueblo, ni nos hace país; es un corte y pega al igual que el vallenato, el rock, el reguetón, la bachata, el bolero o la música clásica europea, la ranchera, la salsa o cualquier otra modalidad que nos imponga la industria del dolor.
Hasta ahora somos una recua (¡ay sus!, más recua serán ustedes) de esclavos sometidos por dueños extranjeros y administradores locales, minando en un territorio, en una supuesta patria juntada con saliva de loro, un país de invento donde no sabemos a qué adherirnos; no sabemos si realmente tenemos música, de quién viene la música, de dónde la música, si la creamos o no, si la podemos inventar o no, eso no está en el cuerpo nuestro; porque solo nos enseñaron a conseguir el gran diamante para hacernos ricos y abandonar la mina de mierda esta. Todo lo que hacemos es para tener, no para ser; y necesitamos es ser.
Para qué necesitamos tanto. Obviamente que no es un rancho donde tenemos que vivir, no es cargando agua, no es misereando el plato de comida, claro que no es así que hay que vivir, y mucho menos conformarnos porque ya vivimos. Sino que hay que diseñar un país donde comer no sea una complicación, no podemos estar pensando todo el día qué vamos a comer mañana o cómo conseguimos la comida, la ropa, el calzado, la casa; no podemos vivir en pedregales, en humedales, en los copitos de las montañas, en las orillas de ríos porque siempre viviremos en riesgo, porque no tenemos agua, porque hay mucho sol, porque hay mucho polvo, sin entender por qué nos enfermamos; hay que enraizarse, el proyecto es vivir, intentar sustituir el esclavo que somos y heredar gente con conocimiento de existencia.
Nosotros tenemos que partir del esclavo que somos, no de qué creemos que somos o que nos dicen que somos. Tenemos que partir de la realidad brutal en la que vivimos: somos realmente esclavos, no de una persona sino del sistema humano-capitalista. Hay gente que dice "yo soy libre, yo busco trabajo en donde me dé la gana, yo trabajo donde yo quiero, en lo que yo quiero": no, no es verdad, no existe la patraña de "yo soy mi propio jefe"; los esclavos trabajamos donde el sistema quiere, donde el capital nos necesita.
No somos independientes porque un sistema que controla las finanzas, el comercio, la producción, la comida, el vestido, el calzado, la construcción de la casa, controla absolutamente todo y nosotros estamos insertos en ese sistema, vivamos en el país que vivamos, eso no importa ya sea aquí o en Pekín. Si partimos de esa verdad, de saber que lo somos, entonces podemos pensar cómo no serlo, porque no deberíamos ser esclavos, y dedicarnos a trabajar en función de proyectos para vivir distinto.
No somos libres
La libertad no es agradable para los esclavos, aunque así lo creamos. El ejercicio de la libertad comporta unos riesgos que no los pagan quienes la practican.
Para que una persona sea libre necesita tener muchos esclavos, comprándolos y vendiéndolos en las bolsas de valores del mundo. Para que exista la igualdad se necesita que exista la injusticia. Para que exista la fraternidad se necesita el enemigo.
La libertad la disfruta una pequeña minoría en el planeta, porque la libertad es contundentemente real. No la que tenemos alienadamente en el cerebro como relato ideológico. La libertad es hacer lo que me da la gana, cuando me da la gana, en donde me da la gana y contra quien me dé la gana sin que pague las consecuencias. Por ejemplo, puedo desviar o contaminar un río, envenenar a millones con productos tóxicos, caso de las corporaciones petroleras, la agroindustria, la industria de la guerra y los grandes laboratorios farmacéuticos, por nombrar algunos, quienes ejercen la libertad contra la vida, con toda impunidad.
La libertad no la podemos ejercer los esclavos porque no tenemos bombas atómicas ni grandes ejércitos para quitarle al otro lo que tiene.
La ley que todos respetan sin estar escrita para el ejercicio de la libertad plena es: si tienes un gran ejército puedes ejercer la libertad más que otros, al igual que con mayor control de bancos e instrumentos financieros y corporaciones; dependiendo de la cantidad de esclavos que tengamos es el tamaño de la libertad que ejercemos; si tenemos mil esclavos, seremos más libres que un dueño que tiene 100; si tenemos 100 millones de esclavos entonces somos más libres que uno que tiene un millón, y así sucesivamente.
La libertad es directamente proporcional a la cantidad de ejércitos y esclavos que tengamos, lo demás son los ideologizados que dicen: si a mí me da la gana de comer perro caliente, ¿quién me lo prohíbe si soy libre? Los enajenados creemos que la libertad anda en el aire y el que quiera la puede coger, sin entender la aplastante realidad que la libertad no es más que el derecho del poderoso para cometer los crímenes que desee en función de sus intereses o enfermedades mentales.
Pero la contundente frase de Carlos Marx lo resume completico: "No os dejéis engañar por la palabra abstracta de libertad. ¿Libertad de quién? No es la libertad de cada individuo con relación a otro individuo. Es la libertad del capital para machacar al trabajador" (1848).
Necesitamos empezar desde nosotros mismos
Por eso hay que afincarse, hay que sembrarse para pensar desde esa perspectiva. Sabemos que nosotros no lo vamos a resolver para nosotros, pero sí podemos pensar para resolvérselo al futuro, imaginar el futuro, construir un país es concebir el futuro. "A nosotros nos robaron el futuro": nadie que roba devuelve lo robado. A nosotros nos dejaron en esta miseria en que vivimos y nos venden imágenes como que somos ricos porque tenemos bastante petróleo, gas, oro, coltán; no, no es verdad que somos ricos; hay recursos, que es una cosa, pero los esclavos no tenemos nada; el territorio lo controlan los dueños desde afuera y nosotros trabajamos en ese territorio como esclavos. Aquí, en este territorio mina que se llama Venezuela, aquí hay petróleo, coltán, oro, agua, tierra fértil, pero nosotros no somos los dueños como no los han vendido, no somos dueños ni del oro, ni del petróleo, ni del coltán, ni del agua ni de nada: los dueños son las grandes corporaciones y la mayoría de los políticos se prestan para el saqueo.
Ningún empresario en estas minas es nacionalista, no quieren al país, nos odian a todos, porque lo único que quieren es hacer dinero, extraer lo poco que les dejan las corporaciones trasnacionales. Para muestra un botón: apenas se enteraron que a Maduro y Cilia los habían secuestrado y de inmediato aumentaron todos los precios y el dólar se disparó a máximos. Los empresarios que se dicen o creemos que son nacionalistas hoy, son los mismos que todos los días intentan negociar a Venezuela con gente y todo.
Entonces, nosotros tenemos que imaginar desde el esclavo que somos y entrar en la contradicción de ser esclavos, la cual nunca abandonaremos, porque al robarnos el futuro nos dejaron anclados en esta condición miserable. Pero sí podemos pensar, para eso se tiene el cerebro, porque siempre nos dijeron que pensar no era para nosotros, que pensar era de tipos que estudiaban, que se graduaban en las universidades, los filósofos; una lavandera o un zapatero no podían pensar, un campesino no podía pensar, "como si nosotros no pensáramos", dijo Chávez. Esa es la creencia general, que nosotros no pensamos. Tal vez allí radique nuestra ventaja.