Mié. 17 Agosto 2022 Actualizado 1:38 pm

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Vivir sabroso es una constante del vivir como la vida, con todos los riesgos naturales que ello implica (Foto: Reuters)

Vivir sabroso

Solo nosotros los esclavos tenemos el derecho a reír sabroso dejando en el desamparo a los maulas, porque nos han sometido durante milenios al mayor y contumaz tormento que se pueda haber sufrido colectivamente.

Cuando los progresistas, los desarrolladores, las izquierdas, los comunistas, los socialistas, los anarquistas, los profesionales, los reformadores, los religiosos, se refieren a cualquier país (mina) en cualquier continente, sea isla, islote, tierra firme, de inmediato dicen: "Sobre este país se ha ensañado desde la invasión europea o norteamericana todo el horror, el terror, las masacres, los etnocidios, las torturas, los crímenes de guerra, de lesa humanidad, los asesinatos en masa que podamos imaginar contra cualquier país, contra el medio ambiente; los saqueos de los recursos naturales, sean minerales, hídricos, gente; es el país con más miseria, desempleo, falta de educación, delincuencia, niños sin escuela, desnutridos, y las estadísticas lo corroboran hasta la saciedad, a esta pobre gente hay que ayudarla".

Y fundan partidos, gremios, oenegés, organizaciones filantrópicas, las universidades mandan a sus estudiantes a estudiarnos, y todo el mundo dice ayudarnos, querernos, amarnos, cuidarnos, por nosotros se sacrifican, se martirizan, dan sus vidas, y en nombre de toda ideología luchan por el poder jodernos.

Cuando los dueños y sus ilusionados seguidores humanistas y capitalistas se refieren a estos mismos países dicen: "Es que esta gente llegaron tarde al progreso, nunca entendieron el valor histórico de las grandes empresas civilizatorias, su constitución antropológica no les permite el progreso. Tal vez si los hubiera colonizado Inglaterra, Alemania o Bélgica serían otra cosa, esa sangre de negros e indios mezclados debe ser purificada, se necesita otra colonización para mejorar la raza. Les falta educación, motivación, autoestima, son flojos, vagos, viva la pepa, tramposos, taimados, traidores, estafadores, no sirven, buenos para nada, mal vestidos y mal bañados, son ruidosos, nunca hacen silencio. Lo mejor que se puede hacer con esa gente es meterlos en un saco y tirarlos al mar, porque son un mal latente y peligroso, que en cualquier momento puede volverse contra los sacrosantos valores del humanismo, la propiedad privada, la libertad, la igualdad, la democracia, el progreso y la cultura occidental".

Claro está, aquello mientras no haya elecciones, porque entonces somos el pueblo necesitado, abandonado de todo gobierno, somos los buenos para echar andar este país, los de la hora de la patria abandonada, los que sin ellos es imposible que se cumpla ningún ideal, los héroes de ayer hoy y siempre en todas las luchas que el país ha tenido, los que han acompañado en los campos de batalla a todos los próceres de impolutos principios, los de la sangre, sudor y lágrimas derramadas por los campos de la patria postergada, los que aman, sufren y esperan por los buenos hijos de las familias decentes que los rescaten, los que hoy despiertan a la historia para darle el voto al doctor fulano.

Y siguen: el el pueblo es el único héroe dispuesto una vez más a sacrificarse por los sacrosantos derechos de la patria raquítica y hambreada por los malos hijos que en mala hora solo quisieron chupársela, exprimirla y secarla para engordar sus arcas, pero hoy este pueblo noble y sincero se levanta con esa sangre pura de los libertadores negros, indios, mujeres feministas, mestizos, esa otra raza cósmica que necesita el mundo para su regeneración, porque su educación de siglos en la pobreza les motiva a grandes y épicas proezas, su inmensa autoestima les permite superar los difíciles trabajos, su creatividad, su inteligencia, su reciliencia, su habilidad para suprimir los escollos del hambre y la miseria los ha preparado para la gran epopeya que juntos llevaremos adelante si votan por el doctor mengano, el empresario fulano, el general zutano o el pastor perencejo.

La sociología, la historia, la etnología, la antropología no se pelan, cada profesional hace su agosto o como mínimo vive-cobra por mostrar sus estudios sobre nosotros, esa masa amorfa que atiborra las fábricas, las minas, las escuelas, las universidades, las iglesias, los ejércitos, las calles, los campos, los barrios, las urbanizaciones, el comercio, los transportes, las cárceles, los manicomios, con la ilusión de salir de abajo, de ser alguien en la vida, de no ser como mi familia.

Cada uno nos interpreta de acuerdo a sus conveniencias o de quien les paga, cada uno nos ve de acuerdo al cristal de los intereses que le habitan, pero ninguno de ellos somos nosotros, aunque digan lo que digan, aunque lo juren por su madrecita santa; ellos no son nosotros, no sienten como nosotros, no hablan como nosotros, aunque nos hayan obligado a pensar, comer, vestir, soñar como ellos, no somos ellos, ni ellos nosotros, nosotros somos nosotros, no otros.

Estamos obligados a pensar como lo que somos y desde ahí intentar pensar en ser lo que soñemos ser desde el ser nosotros, porque mientras creamos que soñamos y pensamos en tener lo que tienen los dueños, solo seremos como especie sus esclavos perennes.

Vivir sabroso, maravilloso concepto, exacta filosofía necesaria para estos tiempos, en que 7 mil millones de pobres necesitamos una guía para la acción, una guía nacida del nosotros, sin falsas modestias, con ganas, con orgullo de esa vida que somos.

Hasta ahora nos han dicho a los esclavos que como vivimos está bien, que así se puede progresar si nos empeñamos, si nos esforzamos, pero que en todo caso, si no lo logramos en esta vida, el paraíso nos espera en el cielo. Con esta prédica, desde dios hasta el humanismo, hemos permanecido esclavos, aunque durante todo el devenir de esta especie nos hemos alzado, sublevado, armado, guerreado, seguido a hombres, partidos, gremios, religiones, caudillos, demócratas, comunistas, socialistas, radicales, reformistas, liberales, conservadores, pero siempre nos han aplastado, asesinado, masacrado, y vuelta a la esclavitud con la fe renovada en que esta vez sí saldremos de abajo, con el favor de dios o del doctor fulano o mengano o perencejo.

¿Por qué no hemos podido vivir sabroso, los 7 mil millones de esclavos del capitalismo? Por la sencilla razón de que las élites, religiosas, políticas, filosóficas, academias, artistas, profesionales, empresariales, deportivas nos necesitan como sus esclavos; jamás nos han considerado gente, sino esclavos a los que se les somete, o se debe proteger o salvar, pero nunca gente, con pensamiento, con la cual se pueda negociar de tú a tú. Y este pensamiento, sea liberal, socialista, de izquierda, anarquista, comunista, religioso, mágico, siempre será único y nunca hasta ahora ha tenido para con nosotros sino la idea de mercancía, carne de cañón de los ejércitos, sean de la guerra o de la fábrica, que es igual, es decir, la continuidad de la guerra por otros medios, sea en el campo o en la ciudad.

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"Vivir sabroso es vivir sin miedo", dice Francia Márquez (Foto: Corda)

Para vivir sabroso en estas tierras nosotros debemos definir qué significa y cómo lo volvemos filosofía que se pueda experimentar, construir, entre todos nosotros, sin intermediaciones de quienes hasta ahora solo nos han usado para sus beneficios. Sin correcciones, sin tachaduras, sin "por qué hablan así", o "así no se habla, no se come, no se viste, no se ríe, no se llora, no se pinta, no se canta, no se baila, no se trabaja, no se cuenta", y otra cantidad de negaciones infinitas que nos han convertido en mudos, ciegos, paralizados, incapacitados de ubicar los intereses que nos toca decidir, conversar, experimentar, construir, vivir, sabrosamente vivir.

Lo simple siempre será solución aunque sea compleja, y por eso la sencillez con que Francia Márquez, la vicepresidenta electa de Colombia, cuando expresa el significado profundo del vivir sabroso, sabemos que proviene de una reflexión que el cuerpo colectivo ha hecho durante siglos y se ha transmitido de generación en generación entre los esclavos que somos. Porque vivir sabroso, aunque nos lo suavicen, no es matarse trabajando para tener, es trabajar para vivir sabroso, es convivir colectivamente sin dañar a los demás, es tener un techo elemental que nos pueda proteger de las inclemencias de la naturaleza, un techo que no atente contra el medio ambiente.

Vivir sabroso es poder comer, vestir, calzar, reproducirse cuando todos lo hacen; es llorar, reír, jugar, cantar, viajar, navegar, correr, caminar, contar como toda la gente, sin importar su origen, su color, su sexo; vivir sabroso es que nadie se acueste sin comer, pensando en cómo solucionará el problema al día siguiente; vivir sabroso es que nadie se levante a buscar trabajo, porque en el plan comunitario ya la gente es trabajadora; vivir sabroso es que el arte, el conocimiento, sean un placer de la gente y no un hecho misterioso que convierta en privilegiados a unos contra otros.

Vivir sabroso es que la propiedad privada no sea un aval para el sometimiento de los demás; vivir sabroso es que el miedo el hambre y la ignorancia se controlen colectivamente; vivir sabroso es que los niños no tengan derechos hipócritas, sino que los adultos comunitariamente asuman el deber de cuidarlos, educarlos, alimentarlos, vestirlos, calzarlos, transmitirles el conocimiento de la vida en comunidad, y fundamentalmente enseñarles el trabajo como aporte en la vida comunitaria para que, cuando sean adultos, tengan la claridad de poder cuidar a los niños sin necesidad de tener leyes escritas para su protección, porque la comunidad le entregó todos los afectos necesarios para que esos cuerpos hicieran costumbre proteger y convivir con los demás.

Pero vivir sabroso no es posible en el capitalismo para los esclavos que somos, porque vivir sabroso no es un segundo de felicidad, ni un autoengaño de libertad, es una constante del vivir como la vida, con todos los riesgos naturales que ello implica.

Para llevar adelante esta filosofía, que de alguna manera también ha expresado Venezuela con el vivir viviendo o Bolivia con el gobierno del buen vivir, se hace necesario un pensamiento capaz de hacer que la gente deje de correr a ninguna parte y se siembre en los territorios para comenzar a construir desde la tierra el modo de producción que haga posible el vivir sabroso, el vivir viviendo, el gobierno del buen vivir. Es tiempo de destrucción y de pensar, no de reparar e imitar. Esto demanda de muchos encuentros, de mucha confianza del nosotros. Se requiere que estas tres claves generadas por tres pueblos en un mismo continente convulsionado se encuentren en masivas conversas, pero no de movimiento, de gremios, de partidos, aunque los incluye, sino de gente que colectivamente quiera pensarse, inventarse, experimentarse, construirse, desde otra perspectiva acorde con la vida que somos. Una cultura no se construye de la noche a la mañana, pero tampoco se espera.

No es por echonería, pero desde El Cayapo hemos hecho algunos aportes a estas conversas necesarias con libros: La taguara del humanismo o la cultura comunal, El conuco una cultura de raíz, y otras publicaciones como El socialismo de carne y hueso, 1989, lumbre de las mayorías, El fascismo, fase superior del humanismo, Ni dios ni Darwin, Mi amigo es el enemigo más cercano, ¿Qué carajo es una revolución? Todas apuntan hacia la misma dirección: la búsqueda de un pensamiento y un hacer que se sustente en el sentir de todos y no en el tener de uno.

El vivir sabroso, el vivir viviendo y el gobierno del buen vivir deben servirnos como claves a toda la gente del mundo para pensar. Es necesario pensar, y pensar con calma lo que juntos debemos hacer, para salir del laberinto en que nos mantiene la cultura humanista.

Y como dice el poeta Ignacio Tapia en estas décimas de pie forzado: ni el hambre, ni la ignorancia, ni el miedo pueden ser nuestras guías para construir lo soñado, un mundo sin carencias a resolver, porque en definitiva lo soñado es un mundo para vivir sabroso. Porque si el capitalismo creó esos problemas, ¿por qué tenemos nosotros que resolvérselos?

I

Una idea que sepulte

El deseo de ser dueño

Ha de nacer del empeño

Que como clase nos junte,

Que lo esclavo no se enlute

Porque no merece luto

La partida de lo injusto;

Que en cambio nazca un país,

Que de su tierna raíz

NOS INVITE A SER CONUCOS

II

Seremos lo que inaugura;

Una inocencia, un misterio,

Un nuevo color tan tierno

Que no sabrá de pavuras

Ni de viejas ataduras

Ni de tramposos asuntos

Seremos el tiempo justo

Conjugando el verso vida,

Una risa que convida

SENCILLA COMO EL CONUCO

III

Que la conciencia nos plene,

Que nos sepamos los otros

Sin desmedro del nosotros,

Que lo distinto que llegue

Con la risa del que viene

A teñirse sin disgustos

En un colectivo surco

Nos llovizne de alegrías

Para apagar la odiaría;

DIVERSOS COMO EL CONUCO

IV

Desechar la pretensión

De habitar en nuestros sueños

Es algo que proponemos

Como vital condición

Sembrarnos como canción

En calma y sin barajusto;

Ni el apuro ni los sustos

El hambre ni la ignorancia

Ni el miedo que nos entrampa

SIRVEN PARA EL CONUCO

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