Vie. 09 Octubre 2026 Actualizado 3:46 pm

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Hace poco Google actualizó sus mapas satelitales de Gaza, exponiendo su devastación total (Foto: Reuters)

Genocidio de Gaza: una revelación del mal

El 7 de octubre de 2023, Hamás y otras organizaciones de la resistencia palestina lanzaron un ataque fuera de la Franja de Gaza y hacia Israel bajo el nombre código "Diluvio de Al Aqsa". Políticos y medios mainstream occidentales rápidamente lo etiquetaron como un acto masivo de terrorismo e inundaron el mundo con cuentos de atrocidades espantosas presuntamente perpetradas por los palestinos, tales como sádicamente asesinar mujeres y niños, y perpetrar violaciones masivas.

Ahora sabemos que estos cuentos de atrocidades fueron mentiras calculadas para generar indignación local e internacional contra la resistencia palestina y los palestinos en general. Eran parte de la misma narrativa venenosa israelí que los rotuló como "Amalek" –haciendo referencia a un genocidio perversamente "ejemplar" del Antiguo Testamento– y negaron que fuesen seres humanos. Eran parte de, en otras palabras, el inicio de un genocidio.

Estas mentira de propaganda de las atrocidades se fabricaron y diseminaron por, por ejemplo, los activistas de Zaka y periodistas corporativos occidentales, como el New York Times, altos funcionarios públicos como Pramila Patten de la ONU, y activistas como por ejemplo la cuadro de Meta Sheryl Sandberg actuando como propagandista sionista, que decidió apoyarse en desinformación israelí.

En realidad, no existieron las violaciones masivas; no hubo sádicos asesinatos de bebes decapitados o en hornos microondas; ni una mujer embarazada fue encontrada muerta, con un tiro en la frente y su bebé apuñalado todavía unido al cordón umbilical. "Sencillamente no pasó", como descubrió una investigación detallada del diario israelí Haaretz.

Lo que sí ocurrió el 7 de octubre de 2023 no fue un desenfreno salvaje sino una audaz operación militar de la resistencia. También fue un escape masivo de la Franja bajo un prolongado asedio tan brutal que el sociólogo israelí Baruch Kimmerling lo llamó "el campo de concentración más grande del mundo que haya existido" ya casi un cuarto de siglo atrás.

El núcleo de esta ofensiva apuntó a la División Gaza, que, de acuerdo con oficiales de alto nivel, fue "rebasado". En el proceso, combatientes de la resistencia mataron y capturaron a personal militar israelí. Mientras que la propaganda ha hecho lo mejor por ofuscar este preciso hecho, estas acciones no fueron ni “terrorismo” ni toma de rehenes sino actos legítimos de la resistencia armada bajo la legislación internacional.

Los combatientes palestinos también atacaron un festival de música, así como varios asentamientos. Ahí, según un resumen de Amnistía Internacional de comienzos de 2024, sí cometieron crímenes, incluyendo matar deliberadamente civiles y la toma de rehenes, es decir, civiles, no soldados, cuya captura de estos últimos los convierte en prisioneros de guerra y no rehenes. Un crimen, en cualquier caso, es un crimen incluso si se hace tan solo realista el reconocer la multitud de circunstancias atenuantes dentro de la injusticia inmensa, la desposesión y la violencia depravada y humillante frecuente que los palestinos han sufrido de los israelíes por décadas.

Honestamente también requiere timar en consideración tres hechos claves: primero, el líder de los pro-israelíes Emiratos Árabes Unidos, reveló que alerto a Benjamin Netanyahu personalmente de los planes de Hamás. Igualmente, el líder de Qatar alega que Hamás estaba dispuesto a liberar inmediatamente a todos los rehenes tras los ataques (lo que los hubiese dejado solamente con prisioneros militares). Pero los mandos israelíes ignoraron la alerta y rechazaron la oferta de liberar a todos los no beligerantes.

Casi como si quisieran que el ataque ocurriera como pretexto para iniciar una campaña masiva de limpieza ética mediante genocidio, y los rehenes civiles quedasen en Gaza, como otro pretexto para continuar esa misma campaña.

Segundo, por mucho tiempo ha estado claro que las autoridades en Tel Aviv activaron una versión expandida de la “Directiva Aníbal”: usualmente preparado para matar a sus propios soldados en lugar de permitir que sean capturados, el 7 de octubre las fuerzas israelíes también mataron a sus propios civiles y, lo más probable, en números voluminosos pero desconocidos, desplegando tanques así como metralla de helicóptero para –en palabras de un oficial israelí– lanzar un "Aníbal masivo" contra su propia gente. De las casi mil 200 bajas del 7 de octubre, cientos probablemente hayan sido producto de violencia de israelíes contra israelíes: otros fueron soldados y, como tales, objetivos legítimos.

Y, finalmente, un punto sencillo que con demasiada frecuencia queda sumergido bajo propaganda israelí y pro-israelí: una fuerza militar legítima no pierde su legitimidad general –o la de sus objetivos– incluso cuando algunos de sus miembros perpetren crímenes. Si ese fuera el caso, la mayoría de los ejércitos de este mundo tendrían que haberse disuelto porque ninguno de ellos tiene una historia completamente libre de crímenes. La resistencia armada palestina es fundamentalmente legítima bajo la legislación internacional –y, obvio, moralmente también– y así permanece. De hecho, en el futuro, los defensores palestinos de Gaza inferiores en números, en armas y abandonados serán recordados como héroes, como debe ser.

Las cosas son, de hecho, diferentes, si vemos las acciones del ejército israelí desde el 7 de octubre. A diferencia de lo que cualquier combatiente palestino individual pudiera haber hecho, en el caso de las, eufemísticamente mal denominadas, fuerzas de defensa israelís –un "ejército ciudadano y una muestra representativa de su sociedad"– estamos viendo a un caso muy claro de una organización numerosa, y grande, voluntaria y entusiastamente dedicada a cometer cada crimen de guerra y contra la humanidad reflejada en todos los libros, incluyendo limpieza étnica y genocidio.

Porque esta es una descripción precisa de lo que Israel ha estado haciéndole a los palestinos de Gaza –y no solamente ahí– desde el 7 de octubre de 2023. En este punto, es también el consenso entre observadores honestos, incluyendo a la comunidad global de expertos en genocidio. Este, en efecto, ha sido el genocidio más público de toda la historia de la humanidad, a pesar de los intentos israelíes de sellar Gaza y asesinar masivamente a sus periodistas bajo pretextos falsos.

Los perpetradores israelís –de bajo y alto nivel– orgullosamente han publicitado sus propios crímenes. La sociedad israelí en su conjunto, como virtualmente de forma continua lo han demostrado consistentemente las encuestas, apoyan el genocidio. En un mundo de medios y redes sociales en tiempo real, la realidad de Gaza no pudo ser ocultada. Tan solo, recientemente, Google por fin ha ajustado sus mapas para reflejarlo.

La naturaleza y alcance de los crímenes de Israel es obvia y extremadamente bien documentada, y esto es una cosa muy importante. La humanidad tiene una deuda de gratitud enorme con aquellos, palestinos y otros, que han asumido la lacerante tarea de compilar y analizar la evidencia, tales como, para nombrar unos pocos, la relatora especial de la ONU Francesca Albanese y el incansable equipo de Electronic Intifada.

Lo que requiere, al menos, tanta atención es lo que el genocidio de Gaza dice de nuestro mundo en su totalidad: a saber, que el genocidio no es solamente posible –lo era antes– sino que puede darse en el transcurso de años y frente a todo el público global, con el apoyo activo de la mayoría de los establishments de virtualmente la totalidad de occidente y la aquiescencia pasiva de las élites de la mayoría de los otros países.

En un mundo más o menos cuerdo, cumplir las obligaciones bajo la –breve y concisa– Convención contra el Genocidio de la ONU de 1948 –merece recordarse– los perpetradores del genocidio israelí hace tiempo que hubiesen sido frenados mediante una combinación de una intervención diplomática, económica y, por supuesto, militar. Eso hubiese sido el mínimo que obviamente demandaría tanto la legislación internacional como la ética básica.

Pero, en su lugar, vivimos en un mundo en el que –aparte de la propia resistencia palestina– tan solo un puñado de estados y organizaciones políticas han hecho algo para interferir con la campaña de asesinatos en masa de Israel: Irán, Hezbolá en Líbano, y Ansaralá –"los hutis"– en Yemen.

Piensen sobre lo escrito más arriba como quieran, les gusten o no sus políticas, es un hecho que nadie más ha, incluso, remotamente intentado poner en práctica la Convención contra el Genocidio. Si eso es irritante, no culpen a Ansaralá, por ejemplo, sino a los muchos que se negaron a actuar.

Pero el no actuar ha sido tan solo una parte de esta historia de horror de la vida real. En occidente, muchos gobiernos y establecimientos del mainstream, incluyendo los medios y la academia, proactivamente han apoyado a Israel mientras genocidea. Esta es una vergonzosa historia de colaboración y complicidad todavía escribiéndose. Efectivamente, en los peores casos, como el de las elites de Estados Unidos, el Reino Unido y Alemania, la complicidad parece más bien una expresión débil: quedan mejor descritos como co-perpetradores del genocidio.

La inferencia obvia de este estado del mundo es que el derecho internacional no importa. No hay un ataque más devastador contra la propia idea de leyes internacionales y un orden basado en reglas que la impunidad de Israel y sus cómplices. Benjamin Netanyahu, con una orden de arresto de la Corte Penal Internacional con su nombre, fue capaz de negar descaradamente esto y los crímenes de su país en la reciente Asamblea General de Naciones Unidas e incluso repetir la referencia a Amalek, como lo señaló Craig Mokhiber. Mientras tanto, fuera de las instalaciones, sus críticos estaban siendo arrestados.

Annalena Baerbock, quien en sus tiempos de ser una de las ministras de exteriores más avergonzantes de Alemania, también justificó, escudó y apoyó a Israel, ha terminado su sinecura bastarda como presidenta de la Asamblea General para ejecutar una maniobra lateral para otro cargo absurdamente inmerecido en la Universidad de Columbia. Los ejemplos pudieran multiplicarse eternamente: las elites occidentales, incluyendo a los presidentes estadounidenses Joe Biden y Donald Trump, se han comprometido a sí mismos de forma devastadora con su complicidad con Israel. Y aún así, siguen pujantes.

Así que no solamente ha sido desacreditado el derecho internacional literalmente como nunca antes, sino que las instancias internacionales también lo han hecho, y en particular aquellos en aquella parte del mundo que todavía tienen la arrogancia de adjudicarse el liderazgo global como si fuera algún tipo de derecho de nacimiento, el occidente.

Ahora agreguen el hecho de que Israel no ha estado cometiendo "solamente" el genocidio en Gaza sino que también ha escalado con terrorismo y limpieza étnica en Cisjordania, invadió Siria y Líbano, atacó a Yemen, participo y provocó asaltos brutales contra Irán que además han llevado a pique la economía mundial y, en general, han seguido su usual modus operandi de asesinato, subversión, tortura, violación y agresión incesante. Y aún así: ninguna consecuencia discernible más allá de medidas ridículamente inapropiadas y puramente simbólicas en el mejor de los casos y, por supuesto, un enorme apoyo continuo.

Mientras tanto, aquellos en occidente que se atreven a ser humanos y demostrar su solidaridad con los palestinos y otras víctimas de Israel y sus cómplices y co-perpetradores, están siendo perseguidos, golpeados por la policía, arrestados y proscritos.

Lo que el genocidio de Gaza ha demostrado respecto al mundo en su conjunto es simple: aquellos que nos gobierno irán mucho más lejos y de forma mucho más abierta y vergonzosa que la mayoría de nosotros, incluso los pesimistas, solíamos ser capaces de imaginar. Aún más importante, se saldrán con la suya, y dejarán que otros se salgan con la suya. Gaza no es una excepción. Es un heraldo de un mundo de horrores. La resistencia no es una opción: es la única.


Este artículo fue publicado originalmente en inglés en The Ninth Wave el 8 de octubre de 2026, la traducción para Misión Verdad fue realizada por Diego Sequera.

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