Jue. 05 Marzo 2026 Actualizado 5:30 pm

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Una mujer ondea una bandera venezolana el Día de la Resistencia Indígena, en Caracas, el 12 de octubre de 2025 (Foto: Jesús Vargas / Getty Images)
Un ensayo de la mano con Hannah Arendt

La reconciliación y el perdón como facultades políticas

La reconciliación es la condición de posibilidad de la política misma.

Venezuela ha vivido conflictos y tensiones desde el proceso mismo de independencia y, posteriormente, a través de guerras civiles, levantamientos y disputas territoriales que revelaron tempranamente la fragilidad de los pactos internos de la clase política.

Durante gran parte del siglo XX, el auge de la industria petrolera transformó radicalmente la economía y la política nacional.

El descubrimiento y la explotación masiva del crudo convirtieron al país en productor y exportador del recurso, instaurando una dependencia estructural que modeló tanto su inserción internacional como sus dinámicas internas.

Las huelgas petroleras, los conflictos laborales y las disputas por el control de la renta fueron expresiones reiteradas de esa centralidad.

Sin embargo, aunque el petróleo ha sido un eje determinante en la configuración de nuestras tensiones, el problema que aquí se examina no es, en primera línea, la economía de la renta ni la pugna por sus beneficios.

Es algo más hondo: lograr estabilizar las reglas compartidas de convivencia política.

el no reconocimiento como daño

En las primeras décadas del siglo XXI, esa larga trayectoria de tensiones se manifestó con particular intensidad.

El país atravesó una secuencia de golpes y contragolpes institucionales, y un paro patronal de alcance nacional que paralizó la principal industria económica del Estado, trasladando la disputa política desde el ámbito institucional hacia el terreno de la presión directa.

Y, debe decirse, el paro petrolero de 2002-2003 constituyó un intento de forzar un cambio político mediante la paralización de la industria energética, generando severas consecuencias económicas y sociales que profundizaron la polarización que se venía arrastrando desde tiempos inmemoriales.

No por nada, este episodio fue el primer sacudón de esta era al principal eje económico del país, previo a un golpe de Estado; así, en ese contexto emergieron prácticas de confrontación que desbordaron los márgenes tradicionales de la competencia democrática.

Las protestas conocidas posteriormente como "guarimbas", iniciadas en febrero de 2004, introdujeron modalidades de presión basadas en barricadas urbanas, incendios de vías públicas y enfrentamientos que dejaron muertos, heridos y centenares de detenidos, trasladando el conflicto político a espacios residenciales y fragmentando territorialmente la convivencia ciudadana.

Estas acciones fueron impulsadas por sectores radicalizados que rechazaban las vías institucionales en curso, en particular el mecanismo del referéndum revocatorio presidencial, una herramienta democrática poco frecuente en el derecho comparado, que pocos países permiten a nivel de la jefatura del Estado, pero que para ellos resultaba insuficiente para dirimir la disputa política.

La retórica que acompañó estos episodios forzó un proceso de no reconocimiento al adversario político, es decir, el contendiente dejó de ser un rival dentro del mismo sistema para convertirse en una amenaza absoluta.

Incluso, dentro de la propia oposición, surgieron fisuras respecto a la eficacia de esas estrategias, lo que evidenciaba que la escalada de confrontación no producía objetivos políticos claros ni consensos duraderos.

Cuando esto ocurre, advertiría la filósofa Hannah Arendt, la política comienza a desaparecer, porque la pluralidad deja de ser reconocida como condición de la vida pública.

Es precisamente en escenarios como este donde surge la urgencia de replantear el sentido de la reconciliación política.

No se trata de reconstruir agravios ni de jerarquizar culpas históricas, sino de reconocer que una parte del conflicto venezolano se desplazó, durante determinados momentos, hacia prácticas situadas en los límites, o fuera, de los mecanismos democráticos.

Cuando se instala como narrativa la negación de la existencia legítima de una facción política, cuando se difunde la idea de que el adversario no debe competir sino desaparecer del sistema, se cruza una línea delicada, pues se abandona el terreno del disenso regulado y se ingresa en la marginalidad democrática.

Y, cuando el conflicto erosiona el espacio común, la pregunta deja de ser quién vence y pasa a ser cómo reconstruir las condiciones mínimas para que la acción política vuelva a ser posible entre adversarios que, más allá de sus diferencias, están llamados a habitar el mismo país.

Comienzos y responsabilidad política

Sin caer en el espectro hippie, conviene volver al punto de partida: comprender qué es la política. En este terreno, el pensamiento de Hannah Arendt ofrece una guía particularmente pertinente.

En ¿Qué es la política?, formula una idea decisiva, debido a que la política nace del hombre entendido en el "entre-los-hombres", en una realidad relacional. Así que la política surge allí donde existe pluralidad y donde esa pluralidad logra organizarse dentro de un terreno común.

Desde esta perspectiva, la política consiste en hacer habitable el conflicto, ya que el adversario no es un enemigo que deba desaparecer, sino una presencia necesaria dentro del mismo espacio compartido.

En este sentido, explica Arendt en La condición humana que las facciones políticas actúan en ese espacio común, pero no pueden controlar plenamente las consecuencias de lo que desencadenan. Una palabra pronunciada en un momento de tensión, una decisión tomada bajo presión o una confrontación que escala más allá de lo previsto, entra inevitablemente en la historia y deja efectos que ya no pueden retirarse.

La acción política, por su propia naturaleza, es irreversible e imprevisible.

De allí que las comunidades políticas vivan siempre bajo el peso de sus propias decisiones. Los conflictos no desaparecen cuando termina el episodio que los originó. Se sedimentan en la memoria colectiva, se transforman en desconfianza y terminan condicionando incluso el lenguaje con el que los actores se dirigen unos a otros.

Con el tiempo, esa acumulación puede estrechar el horizonte hasta convertir la política en una mera administración de agravios heredados.

Arendt advierte que una comunidad atrapada en esa lógica pierde su capacidad de comenzar. Cada actor reacciona al movimiento del otro, cada decisión se explica por el episodio anterior y la historia deja de ser un espacio de creación para convertirse en una cadena de respuestas previsibles. Allí la política se degrada y queda sustituida por un juego de suma cero donde nadie puede retroceder sin sentirse derrotado.

Sin embargo, la propia condición humana contiene una salida a ese dilema.

La acción política, aunque irreversible, posee una facultad capaz de interrumpir esa cadena con la posibilidad de comenzar de nuevo.

Arendt vincula esta idea con la natalidad, la capacidad humana de iniciar algo inesperado en el mundo y abrir un curso distinto para la historia.

Pero ese nuevo comienzo no puede producirse sin un elemento previo: la responsabilidad política.

La clase política solo puede liberarse del peso paralizante del pasado cuando reconoce las consecuencias de sus propios actos. Y esta responsabilidad no pertenece exclusivamente a la institucionalidad ni al gobierno, como muchas veces se instala en la psiquis colectiva. Forma parte del ecosistema completo de la vida política.

Cuando un actor político promueve acciones que desbordan el marco institucional, ya sea a través de intentos de ruptura del orden constitucional, episodios de violencia política o estrategias de desestabilización que afectan la gobernabilidad, esas acciones también entran en la historia y producen consecuencias que deben ser asumidas.

La política real exige ese vínculo entre acción y responsabilidad.

Solo cuando los actores políticos asumen la responsabilidad por las consecuencias de sus actos y aceptan nuevamente las reglas del espacio común, puede abrirse la posibilidad de comenzar de nuevo.

Ese es, en esencia, el tránsito entre la antipolítica y la política.

Abandonar la lógica del enfrentamiento permanente, desprenderse de la acumulación conflictiva y restituir el terreno donde las diferencias puedan existir sin traducirse en destrucción mutua.

Ese es el reto que enfrenta Venezuela en la actualidad, particularmente en un contexto marcado por episodios recientes que decantó en los bombazos del 3 de enero.

Porque, como sugiere Arendt, la política solo vuelve a existir cuando los adversarios aceptan que, a pesar de sus diferencias, seguirán compartiendo el mismo mundo. Y que ese mundo común solo puede preservarse cuando todos, sin excepción, asumen la responsabilidad por las consecuencias de sus actos.

Reconciliación y el perdón como facultad política

Es precisamente en este punto donde Arendt introduce el perdón como facultad política.

El perdón aparece como una necesidad estructural de la vida pública porque permite liberar a la clase política de las consecuencias irreversibles de sus acciones, siempre que estas sean reconocidas y asumidas.

En términos prácticos, constituye el mecanismo capaz de destrabar el juego que, de persistir la confrontación eliminatoria sin corrección, puede terminar derivando en formas abiertas de violencia, en la propia degradación de la política.

De esta manera, la filósofa también intuye que el perdón debe estar acompañado de la promesa porque estabiliza el porvenir. Porque prometer significa comprometerse con reglas compartidas, ofrecer garantías de conducta dentro de un marco institucional común.

Allí donde los actores políticos pueden confiar en que ciertas normas serán respetadas, la pluralidad deja de ser amenaza y se convierte en condición de convivencia.

Solo cuando perdón y promesa operan juntos, la política recupera su capacidad de comenzar, su natalidad.

En este escenario, la reconciliación adquiere su verdadera forma política, debido a que se trata de un acto deliberado mediante el cual una sociedad decide restablecer el espacio donde sus diferencias puedan volver a coexistir.

La propia etimología de la palabra lo sugiere, ya que reconciliar proviene del latín re-conciliare que es volver al concilium, a la asamblea, al lugar donde los hombres deliberan sobre aquello que comparten.

Reconciliar significa restituir la posibilidad de que quienes se han enfrentado vuelvan a encontrarse dentro de un mismo marco político regido por reglas compartidas.

En Venezuela, después del 3 de enero, esa tarea adquiere una urgencia evidente. La reconciliación es una necesidad política para preservar el espacio común.

Comprendida de este modo, la reconciliación se convierte en un acto de responsabilidad histórica. Permite que una sociedad comience a preguntarse cómo continuar actuando juntos después del conflicto.

Vista desde la perspectiva arendtiana, la reconciliación adquiere así un sentido estratégico para cualquier nación atravesada por tensiones internas o presiones externas. Se trata de restituir el terreno donde la pluralidad pueda expresarse sin desembocar en la negación del otro.

De hecho, la Ley de Amnistía para la Convivencia Democrática puede interpretarse precisamente en esa dirección, como una decisión orientada a restaurar el poder en su sentido más genuino, es decir, la capacidad de actuar juntos.

La amnistía tiene como propósito impedir que la confrontación se convierta en una estructura permanente del sistema político.

Por ejemplo, al introducir las nociones de rectificación y no reincidencia, la ley establece un principio indispensable para cualquier nuevo comienzo, que es el reconocimiento de la responsabilidad política por las acciones pasadas. Sobre esa base se articulan las dos facultades que Arendt identifica como fundamentales para la acción política: el perdón, que permite cerrar la cadena de confrontaciones, y la promesa, que compromete el comportamiento futuro dentro de reglas comunes.

Ahora bien, la trayectoria de Venezuela confirma, en definitiva, la premisa inicial. Cuando la confrontación política abandona el reconocimiento del adversario y se desplaza hacia la lógica de la eliminación, la política comienza a desaparecer y el conflicto se vuelve estructural.

El recorrido histórico descrito y la reflexión arendtiana convergen en un mismo punto donde solo mediante el reconocimiento de responsabilidades, el perdón político y el compromiso con reglas compartidas es posible restituir el espacio donde la pluralidad pueda existir.

Por eso la reconciliación adquiere una dimensión estratégica para preservar nuestra propia existencia y, por ende, es la condición de posibilidad de la política misma.

— Somos un grupo de investigadores independientes dedicados a analizar el proceso de guerra contra Venezuela y sus implicaciones globales. Desde el principio nuestro contenido ha sido de libre uso. Dependemos de donaciones y colaboraciones para sostener este proyecto, si deseas contribuir con Misión Verdad puedes hacerlo aquí<