Hasta hace un día Teresa fue lo que ha debido ser el país, pero todavía no halla cómo. Teresa es horizonte y sentido. Incomprensión y certeza. Ahora Teresa es semilla y, con ella, el país tiene otra oportunidad pero, probablemente, sigamos sin entender.
Hoy nosotros, este territorio y la gente que lo habita, fluimos en la descomposición humano-capitalista que con su tercera guerra planetaria, buscando perpetuarse como bodrio, agrede a la vida sin que se vislumbren ideas que puedan sustituir la tragedia que nos agobia desde hace más de quinientos años.
Hace veintisiete años Chávez nos anunció la posibilidad de superar la situación colectivamente pero lo asesinaron, a Maduro y a Cilia los secuestraron y continúan de mil formas asediándonos, buscando desesperadamente devolvernos al redil.
Este no pensar como venezolanos, de una élite caspa que nos carcome y se presta como buenos jalamecates a mantener a los dueños extranjeros, que desde siempre nos han robado y sometido; este malquerer de terratenientes, empresarios, políticos, artistas, académicos, profesionales de cualquier signo, que en el siglo XX se dio a conocer como la generación del 28, fueron en su inmensa mayoría seres negados de sí mismos, dedicados durante toda su existencia a remacharnos los grilletes del poder, acompañando en esa deshonrosa tarea a los administradores que, desde siempre, se han ocupado de los asuntos económicos de los dueños extranjeros de la mina, convertidos en admiradores de marquesinas, creyentes de Hollywood, adoradores del sueño americano.
Estos que nunca tuvieron cuerpo ni cerebro para entender que no eran humanos, y que nunca lo serían, por el simple hecho de que los humanos son seres conceptuales que no aceptan a más nadie en sus filas y que si los toleran es porque algún interés crematístico tienen en esos seres que siempre considerarán de segunda. Estos miserables entreguistas y sirvientes se conforman con la baba en el hueso que lame el perro. Estos y sus descendientes están dispuestos a las más viles tareas con tal y complacer a sus amos de siempre.
Después de que las petroleras nos invadieran silenciosamente en los inicios del siglo XX, Venezuela entró en la vorágine del "cuánto hay pa eso", el "ta barato dame dos", el aumentar la imitación de lo extranjero, el querer mejorar la raza, el negarnos a reconocernos desde el nosotros y no desde la mirada invasora, ausentes de todo orgullo territorial, donde solo somos defensores de aquello que asombra al extranjero como el paisaje, al que de paso también cambiaron sus nombres originales, como el Churún Merú o el Waraira Repano, para complacer en distintas épocas a los dueños de la mina. O nos convertimos en abogados de caricaturas como el encorsetado folclore que nos vino encasquetado desde Inglaterra, trajes nacionales, arepas, cachapas, liquiliques, escudos, banderas, himnos, poemas, canciones, pinturas, bailes, estatuas, arquitecturas, impuestos sin rubor alguno por estas élites imitantes y complacientes de lo extranjero invasor.
Pero también en las entrañas de este territorio esquilmado y esclavizado nació gente con otro íntimo ético. En este caso nos toca nombrar para el recuerdo y el agradecimiento a Rosa Inés Chávez, Teresa Cedeño, Teresa Mendoza, Clemencia Sánchez, Antonia Rodríguez, Leopoldina Pérez, Leopoldina Machado, Reyita Tapia, Josefina Hernández, Marta Chacín, Belén Villegas, Micaela Marcano, y muchísimas otras que los lectores verán retratadas en sus memorias, mujeres que en medio de su esclavitud nunca podrán ser acusadas de entregar el país, de venderlo, contaminarlo, envenenarlo, extranjerizarlo. Por el contrario, con su cuerpo y tesón mantuvieron viva la posibilidad ética de otro país, que no fue la mina que administró y ayudó a desvalijar la conocida oligarquía minera, que por desgracia nació en estas tierras, dedicada desde la llegada de los primeros europeos al saqueo, a la expoliación, al robo y al crimen contra todo lo que se llamara vida.
Estas mujeres se han ido con todos sus dolores y risas, sin bienes materiales, anónimas, sin aspavientos, con toda la mayor sencillez; jamás un puesto, o un cargo, o ser miembro del partido o el gremio, nunca relumbrando de ego. Nadie supo de sus existencias, sino los necesitados, porque fueron las más prácticas de todas, las que nunca necesitaron el carnet para ser solidarias, para compartir el "donde come uno comen dos". Las que enseñaron con el gesto, con la mano tendida, con el ejemplo; precisamente por eso nunca tuvieron derrotas o triunfos, solo vida a plenitud entre llantos y risas.
Ellas se fueron dejándonos la enseñanza de que con su trabajo supieron dignamente criar familia; que nunca fueron humilladas porque las ofensas se quedaron en los otros que lo intentaron; siempre, suavemente altivas, sin remilgos; mujeres auténticas que desde el silencio hacendoso protegieron a los suyos y a los otros; a los perseguidos de este mundo los cobijaron y les sirvieron de mensajeras. Fuera bonito si el ejemplo de estas mujeres iluminara este mundo de soberbia, que no se percata de su tragedia.
Si un día el mundo se hace de otra manera, donde la gente acepte a la gente, se hará desde la sencillez de esos corazones que ya descansan, que ya son de nuevo madre tierra acariciándonos como siempre lo hicieron. Nuestro homenaje será siempre intentar, mientras estemos vivos, practicar sus íntimos éticos. Hoy agradecemos haber vivido en el mismo tiempo en que ustedes vivieron y fundamentalmente llevar el orgullo sencillo de haberlas conocido. Hoy desde El Cayapo a Teresa, y a las otras madres y abuelas que ya partieron, les decimos: ustedes nos duelen mucho en el corazón.
Si decimos Teresa / estamos diciendo alegría vivir plenitud / trabajo viaje paisaje / protección consagración legado / porque en cada una de estas palabras / habitará por siempre su cuerpo / y para nosotros seguirá siendo flor de afectos y risas / alegrándonos los días en cada recuerdo.
Los cuentos de Teresa
Cuando yo nací ya venía muriendo. No sabemos si se salva, eso era lo que decían. Ahí mismo fueron y le dijeron a un padre: "No, póngale el agua de una vez, vamos a bautizarla". Agua y bautizo al mismo tiempo, antes de la muerte, y los padrinos míos fueron: Tomás Zambrano y Lina de Zambrano. Los muchachos y todo el mundo esperando la muerte mía, y cuando menos acuerda, una pestañaíta y al ratico ya andaba buscando agarrá la teta. Ese fue el cuento que me echó mamá. Pero sí, así nací yo, a punto de morir, pero me fui mejorando y mejorando y mire, aquí estoy con noventa y cuatro años encima. Yo nací en el año 1928 y el nombre que me pusieron fue Ana Teresa Mendoza Colmenares.
Después se muere mamá, por allá, miren: toda esa vaina para arriba, por allá, por derecho de la mata de cambur, hacia arriba, la montaña arriba, fue donde ella muere, más allá del monte y los aguacates. Ahí murió mamá. Entonces, papá dijo: "A buscar mujeres", después unas se iban; se buscó a mi tía Claudina, su hermana, para que nos asistiera; dígame, había que pilar el maíz para sancocharlo y después se moliera en piedra y hacer las arepas. Y ahí estaba yo, el día que se molía en piedra, se pilaba, se buscaba agua; todo era Teresa, y Teresa era la que tenía que hacerlo.
Marcelina, la que tuvo los cuatrillizos de mi papá en un solo parto, un día me fue a pegar y le dije: "Usted no me va a pegar a mí, usted no es mi mamá, usted a mí no me parió". Ella que me alza para echarme un cuerazo y yo que le quito el rejo y la jalonié. "¿Tú me ibas a matar? Pues no sea grosera, yo no voy a aguantar que usted me vaya a pegar, porque usted no es mamá mía". Yo le juré, sabiendo cómo era mi papá, y que mi papá sí me iba a pegar y todo. Después, se alejaron.
A mí me pasaron muchas vainas y aquí estoy. Un día trabajé en el edificio nacional cuando el doctor me decía: "Señora, pero qué es eso de sembrar". Lo que usted se come en la ciudad: maíz, caraotas, lo que usted se está comiendo, usted no sabe cómo se siembra. Pero usted sí es, yo estoy diciendo la verdad, yo no estoy engañando a nadie. Porque hay que aprender, no envainar a nadie, pero aprender a defenderse uno y defender a sus hijos, porque ellos no tienen culpa de estar en el mundo, y uno ya viene de una experiencia, entonces vamos a aprender y no pegarles, sino decirle las cosas, que muchos no agarran, no como era antes, que a uno lo agarraban era a palo.
Mire, yo todavía tengo una pelota aquí en el cuerpo, de una vez que estábamos pilando allá arriba en la montaña, donde nacieron los morochos, y como no nos apurábamos mi tía Claudina, que dios la haya perdonado, a Juana le dio por las piernas y a mí me dio por aquí, que todavía tengo una pelota del palazo que me echó. Es que por nada le estaban pegando a uno, y es como le digo, vale más aconsejar y no dañar a los hijos; pero si usted los agarra porque no lo hicieron rápido y les echa cuero, ellos lo que van es a llorar. Hay que aprender.
Yo no me casé porque los hombres de antes eran muy caciques, llegaban con otras mujeres a furruquiá y uno "vasié carajo"; no, esa vaina no es conmigo.
Los hombres de antes por cualquier vaina le estaban pegando a la esposa. "Siecará", yo decía, yo no me voy a casar, yo no voy a llevar cuero de un guaro que no es nada mío, que le lleguen con otra mujer a dormí adentro y uno mirando, siecará. Ya le digo, a ellos no les gustaría que uno les buscara otro hombre, manos vuelta, tú haces una cosa. Yo no me iba a dejar, yo era así, por eso no me casé. Uno vive y lo que amarra más son los muchachos, porque uno no quiere que otro venga a echarles vaina.
Yo vivía con el papá de Rumualda y lo tuve que dejar por lo mismo, hasta le zumbé una palangana de agua porque él que me quería pegar y yo que le bañé de agua, él me quería pegar porque no le daba una plata que él mismo me la había dado para que comprara comida, pero como la gente de al lado me daba la comida porque no ve que yo las ayudaba a ellas a hacer arepa y a cocinar la comida, yo me ganaba la comida y yo tenía la platica guardada y me la encontró y entonces me dijo: "Dame la plata —me dijo ese día—, ¿que no me la vas a dar". Él que se está quitando la correa y yo que agarro la ponchera de agua y se la zumbé. "Usted no me va pegar a mí, usted no es papá mío", entonces yo no lo traté más sino que le ponía la comida; al otro día se fue al trabajo, él era viajero, me dejó una plata para que comprara comida y yo nojoda, por un lado se fue y por otro yo me fui para Acarigua, después me fue a buscar pero le dije: "Yo con usted no sigo". Ese fue el motivo de que me dejara, yo me quedé preñá y él llorón, que vámonos que está preñá, y no, sí señor.
Yo viví mucha vaina, mija, ahorita en octubre cumplí noventa y cuatro años y ya voy para noventa y cinco, a ver si llego, todavía no sé.
Yo le voy a decir: nadie quiere hijo de otro, es muy raro que una mujer vaya a quererle los hijos de otra a un hombre, es muy raro. Ay no, esa cabeza está llena de recuerdos, cuando yo me acuesto a pensar, y fíjese que yo me fui a Píritu a trabajar en casa de familia, allá había una niña, y yo me enamoré del papá o él se enamoró porque él fue el que me dijo, porque uno por más que le guste un hombre no le dice, entonces me pregunta: "¿Usted es de a dónde?", "de Barquisimeto, pero estamos ahorita aquí trabajando, ¿por qué?", le digo yo, "porque yo ando buscando una mujer", "y yo no, yo no ando buscando hombre, yo ando es ayeriando", y eso era papelito que me dejaba con la señora de la bodega todos los días, hasta que un día la señora me dijo a regañadientes quién me buscó a este coño, cuando el catire me estaba echando mucha vaina me vine para Acarigua otra vez, eso fue en Píritu.
Mire muchacho, yo pasé por muchas cosas, pero aquí estoy, duré casi dos años en un hospital enferma de un pulmón, cuando me enfermé le entregué la hija a la comadre Zenaida para que me la cuidara. Me quería mucho la comadre, ya se murió. Cuando salí del hospital, como a los ocho días voy a casa de Filomena, entonces, "ay negrita te estoy esperando para que me ayudés a hacer las arepas", ella hacía arepas para vender, y atrás había un hombre así sentado "hola, hola" y empezaron los papelitos, "no, es que yo no ando buscando hombre, yo ando es trabajando, yo tengo una hija y esa no la puedo dejar en ningún lado", "no pues, si usted me llega a aceptar, nos la llevamos", le dije: "No, esa me la tienen ahí desde que yo entré al hospital, allá en la Concordia, y todavía está en la misma casa".
Ya está vieja, tuvo hijos y, de esos hijos, uno nada más la acompaña porque uno se fue por ahí pa abajo, pa donde se va la gente, Estados Unidos, por ahí, y ahí queda es el puro varón y tenía ganas de irse, entonces para qué uno pare, para que los hijos estén de parte en parte, van a dejar a Romualda sola, les dije, cómo es posible, un dolor y se sale muriendo y nadie sabe.
No hijo, mire, la vida es dura, lo que tiene es que saberla llevar, sentarse, porque yo le digo, usted es un hombre de experiencia, ya usted más o menos piensa bien, porque si usted va a dejar aquí donde está comiendo caraotas por ir a comer caldo de agua porái lejos, mejor cómase sus caraotas tranquilo, no se dice que uno no tenga ganas de viajar, pero para eso tenemos cinco sentidos, sí señor hijo, la vida es así, y uno entre más días, más aprende. Mire, al muchacho se le quitó lo de irse, con lo que sabes puedes trabajar donde sea, ahora ahí está en Barquisimeto, en su trabajo, ya está viejo y con hijo, pero al lado de la mamá.
Todo el mundo me decía: "Teresa sí tiene ese juicio fuerte", porque no me dejo echar vaina de nadie. Cuando mi mamá murió llevamos mucha broma, yo era la más grande y estaba recién de ocho y Juana tenía seis, Cruz tenía cinco, Paula Rosa tenía cuatro, ya era la última, creo que de todos los hijos que mi mamá y mi papá tuvieron, la que quedo soy yo, sí señor, pero yo con el diablo en el cuerpo. "Teresa, me decían, qué comías tú"; con arepa sancochá y leche de cabra, por eso soy tan fuerte, sí señor mijo. Porque el hombre cómo no, él busca la comida, pero él se va para el trabajo y no sabe qué pasa en la casa, nosotros pasamos mucho trabajo, papá nos repartió a nosotros en Barquisimeto; a Paula Rosa, que era una muchachita tan bonita, se la dio a una señora que se la llevó a Maracaibo y no sabemos si está viva o está muerta, uno se murió en Acarigua, Juana se murió en Barquisimeto, la que quedo soy yo, de nosotros cuatro.
Yo me fui a vivir con Sergio y todos los años salía preñá, los muchachos chiquitos, hasta que por fin yo le dije: "No, no puedo andar con muchacho terciao y el puro tetero", qué le va dar uno la mujer que está preñá, no puede estar dando teta, entonces el señor Suplicio, el papa de él: "Teresa, eso le hace mal", la mujer que está embarazá no puede estar montada en yegua, en caballo, pero le dije a Sergio: "Yo no voy a poder volver".
El que vive arrimado vive fracasado. ¿Cuál es el muchacho que no vela? Todos, si una gente está comiendo están ellos con los ojos que se le salen, entonces bueno, lo que hacía es que me traía los muchachos y los metía de una vez para el cuarto; porque yo agarraba a mis dos hijos y me los llevaba para dentro, ahí con la barrigota de Miriam. No, mira, eso es lo último, uno arrimado, le dije: "Mire, Sergio, usted me hace casa o si no yo me voy, ya yo estoy cansada", y me dice: "Bueno, se irá sola, pero a mis hijos no me los lleva", y yo: "Ah bueno, vamos a ver". Cuando me dijo así, me fui; le dejé los muchachos, y ahora los muchachos y que no lo dejaban trabajar, puro lloraban y que mamá, y que mamá, y bueno, al fin Sergio hizo la casa y ahí nos mudamos a la casa de abajo.
Después que Sergio murió todo el mundo me aconsejaba que vendiera todo, pero yo qué va, no vendí nada porque pensé que si vendía me quedaba en la calle y después quién va a mantener a todos esos muchachos que son mi responsabilidad; yo me quedé sola con los muchachos, hasta que sacaron el sexto grado.
Un día me mandó a llamar la profesora y me entregó las boletas de las calificaciones de los muchachos, todos salieron muy mal y entonces les dije: "Yo trabajo mucho para darles la comida y los zapatos y la ropa para que vayan a la escuela y ustedes me hacen pasar pena, díganme qué quieren hacer", y ellos me dijeron que no les gustaba el liceo, que querían trabajar, entonces yo busqué las escardillas y unos machetes y unos garabatos y les dije "bueno, de aquí palante estos son sus lápices y la tierra es el cuaderno", y a las mujeres les di la escoba, la batea y la cocina y mire, ahora esa gente aprendieron a hacer sus casas, ya saben arreglar carro, usar la trilla, preparan los almácigos de café, desmatonan, saben recogé, despulpá el café, secarlo, trillarlo, tostarlo y molerlo, arreglan motos, arreglan la vaina esa de la trilla, y las otras máquinas, mire cómo tienen todo eso, todo es proponerse y aprender, esos no andan porai mendigándole un plato de comida a nadie ni arrimaos. Así andan todos, enseñándoles a los hijos, porque ya tienen familia. Las mujeres también aprendieron sus materias y saben sus cosas, que le han servido para vivir y criar gente.
Usted cree que yo soy pendeja. Mire, cuando mi papá murió, que murió aquí, pero él tenía era una parcela allá arriba, a mí los otros hijos llegaron a reclamar la herencia, ¿y qué herencia? Mi papá no tenía nada, unas matas de café y eso tuve yo que venderlas para sacar los gastos porque a mí nadie me dejó lo de los gastos de él, pero si yo he sido pendeja, vendí allá y mire aquí está la cocina, ahí está el corredor, tampoco me comí la plata, tengo mis vainas aquí, buena cocina y buen corredor.
Todo tiene un principio y tiene un fin, pero no hacer pendejeras, no es que usted agarró unos dos mil o tres mil bolívares y se va a volver loco con los amigos suyos, y cuando usted está jodido ¿quién le va a dar? ¿Usted no tiene una familia por quién responder? Ellos tienen que hacer lo que usted diga, ¿que el tiempo cambió? No, no ha cambiado, que uno no puede castigar a un niño, no es que no se le puede castigar, epa hijo vamos a hacer tal cosa porque mire que va a llover o cualquier cosa, uno les pone el "quite de ahí" porque uno tiene más pensamiento y si no pregúntele al compadre que él es viejito también, eso que dicen de la noche a la mañana, no, no es así, hay que joderse para tener el plato de comida.
Para mí, el campo es mejor que la ciudad, yo los viví a los dos, y la ciudad no tiene comida, yo ahorita no paso trabajo cuando voy a la ciudad porque la hija me da comida, y me da ropa, y me da todo; pero está uno trancado, cerrado, y entonces no jalla uno cómo salir, no jalla cómo sentirse, y como estoy acostumbrada en el campo, yo me acomodo para acá, y de aquí me voy para el café o me voy a la trilla y me acuesto en el chinchorro a cogé fresco y a mirar pasar la gente que lo saluda a uno, o en el corredor, ahí me paro en la pared a mirar pa abajo también; pero en la ciudad está es uno ahí es preso. Porque usted no jalla para dónde salir por aquí o por acá o que esto, usted está es preso.
Señor, en cambio aquí en el campo usted que viene con un amigo se pone a conversar con el amigo y todo; si quiere trabajar, trabajó, arrancó monte, jaló o alguna vaina; pero en la ciudad, mire, no me gusta, en la ciudad hay que comprar todo, en el campo no, en la ciudad si usted no tiene la plata, si usted no tiene un sueldo, ¿cómo vive? Si no es que se ponga con una perolita a pedir en la calle y todavía, porque pasan es a darle unos dos bolívares a uno, ¿qué compra uno con dos bolívares? Un café. Sí señor, yo aquí paso tranquila.
Ahí están esos palos de aguacate, mire, esos están cargaditos todos. Y ahora aquí, nadie compró más un aguacatico, todo fue para regalar, sí señor; que antes, bueno, cuando empezaba a haber aguacate por ahí, yo se los vendía a un guaro que vivía por allá abajo, porque él se los llevaba para El Tocuyo, para Guarico, y los vendía, él les sacaba provecho.
Matilde y Ramón se conocieron en unos tamunangues de San Antonio de la Universidad de Carabobo en El Tocuyo, la vio bailando, y después se iban pa la casa a bailar allá, viene Ramón y me dice: "Me gusta Matilde, para casarme con ella", le dije: "No, pero ella está estudiando", él respondió: "Allá va a seguir estudiando". Para ese no hubo traba, un hombre enamorado no hay nada que lo trabe.
Yo le digo una cosa: a mí nunca me ha gustado eso de la política, porque yo siempre he andado pendiente era de los muchachos y el trabajo, pero el día ese en que se llevaron a Chávez, yo dije y por qué le hacen eso a ese señor que no le hace daño a nadie, y me acordé fue de cuando Medina, que también lo tumbaron.
MUJERES
Las mujeres que nos guiaron
cántaros de angustia y besos
llevaron siempre dispuesto
para el cariño sus brazos
y en sol mayor un abrazo
para sembrarnos de afectos
Fueron sencillas mujeres
hechas de brumas y arcilla
bruñidas con las espigas
de cotidianos quehaceres
que en ristras de amaneceres
a la tierra se integraron;
mujeres surcos y arado,
tan dispuestas a fundar
tan frescas, tan manantial
las mujeres que nos guiaron
Mujeres de luna y sol
de en cada suspiro el campo,
que de la risa hasta el llanto
forjaron su condición
desde una misma emoción
para el andar y el tropiezo
alivianaron el peso
de los tiempos azarosos
pariendo entre queja y gozo,
cántaros de angustia y besos
Amamantando la vida
para verla correteando
y al mismo tiempo curando
en silencio las heridas
del alma comprometida
con el simple fundamento
de hilvanar pena y contento
al designio de asumir
que junto al deseo de vivir
llevaron siempre dispuesto
Las manos para el fogón
el trabajo y la caricia,
la dignidad siempre en iza
para blindar el corazón
y el bonito camisón
para festejar los lazos
de los más genuinos trazos
de la danza y el romance,
para sus cuentos, la tarde
para el cariño, sus brazos
La épica cotidiana
de vencer las amarguras
desmantelando imposturas
con el hacer que se hermana
a la tierra escarmenada
junto al horizonte raso
fue abrigada en sus regazos
donde orgullosos se anidan:
desenfundada la vida
y en sol mayor un abrazo
De allí vienen nuestras savias
de labriega vocación,
nítidas como el amor
que no fermenta ni amarga
y que contentas se encargan
de andar juntando a los tercos
que crearán el pensamiento
alentador del jolgorio
de soñar un territorio
para sembrarnos de afectos
Luis Ignacio Tapia