El pasado 25 de agosto, el secretario del Tesoro de Estados Unidos, Scott Bessent, anunció ante la prensa internacional una campaña de presión económica sin precedentes contra la República Islámica de Irán, bautizada como operación "Marginado Económico".
El funcionario no ocultó la magnitud del pretendido embate al declarar que "en todo el mundo, nuestro objetivo es cortar cada vía de subsistencia económica que sostiene a este régimen tiránico hasta que Teherán se quede solo", y comparó la ofensiva con el "Día D económico", en una analogía que evocaba el desembarco aliado en Normandía durante la Segunda Guerra Mundial.
¿Medidas radicales o escenario repetido?
La arquitectura de esta agresión financiera apunta, según el propio Bessent, a "cinco de las vías de subsistencia más vitales de Irán": activos digitales, tecnología, oro, aviación y transporte marítimo. El Departamento del Tesoro impuso sanciones a 60 entidades, buques e individuos distribuidos en Emiratos Árabes Unidos, Hong Kong, China, Singapur y Suiza, acusándolos de formar parte del "ecosistema que convierte el petróleo iraní en dinero y represión".
La Oficina de Control de Activos Extranjeros (OFAC) había sancionado ya en abril a 35 personas y entidades vinculadas a la red bancaria antisanciones de Irán, denominada "Rahbar", que Washington señala como "salvavidas financiero" de las Fuerzas Armadas iraníes. La novedad de esta ofensiva radica en la extensión de las sanciones secundarias, es decir, cualquier país o empresa que mantenga vínculos comerciales con Teherán quedará expuesto a penalizaciones estadounidenses.
Bessent fue explícito al advertir que "nadie está por encima del alcance de las sanciones de Estados Unidos" y que los países deben "elegir entre Estados Unidos e Irán". Curiosamente, cuando se le preguntó por qué Washington amenazaba a los socios comerciales de Irán en lugar de sancionarlos directamente, respondió con una frase reveladora: "¿Por qué querría hacer estallar el sistema financiero global?". Esa respuesta, lejos de proyectar fuerza, dejó entrever los límites del poder coercitivo estadounidense en un mundo financieramente interconectado.
Desde Teherán se había desestimado un día antes la ofensiva; el ministro de Relaciones Exteriores, Abbas Araghchi, declaró a la televisión estatal que "la operación económica que Trump alega es un escenario repetitivo y la misma vieja táctica de intimidación de las políticas estadounidenses" y agregó que Irán ya había visto medidas similares muchas veces y sabía cómo responder a ellas.
Mohsen Rezaei, secretario del Consejo Supremo de Seguridad Nacional y excomandante de la Guardia Revolucionaria Islámica (CGRI), declaró que "cualquiera que lo haga será considerado un país enemigo" y advirtió que la participación en la campaña económica estadounidense podría ser considerada un "acto de guerra". Además, advirtió que impedirían la salida de "ni una sola gota de petróleo" a través del estrecho de Ormuz si la presión continuaba.
La CGRI, por su parte, emitió un comunicado donde el general de brigada Hossein Mohebbi calificó el anuncio de Bessent como "un reconocimiento del fracaso de la campaña militar" y señaló que "la guerra económica no es nada nuevo... Estados Unidos ha impuesto sanciones a los sectores económicos de Irán durante 47 años".
China, principal comprador de crudo iraní —con más del 80% de las exportaciones petroleras de Teherán—, rechazó de plano la ofensiva. El portavoz del Ministerio de Relaciones Exteriores, Lin Jian, advirtió que Beijing "hará lo necesario para proteger sus derechos e intereses legítimos" y calificó las sanciones unilaterales de "ilegales bajo el derecho internacional".
Desde antes del anuncio, la tensión ya se traducía en hechos concretos. La semana anterior, Emiratos Árabes Unidos anunciaba la suspensión de transacciones financieras con Irán mientras el secretario de Defensa, Pete Hegseth, afirmaba que Teherán "no tendrá otra opción" que negociar su programa nuclear.
El callejón sin salida de la guerra
La operación "Marginado Económico" surge tras casi seis meses de guerra directa iniciada en febrero pasado, cuando Estados Unidos e Israel lanzaron ataques contra Irán sin provocación directa previa. Aunque los bombardeos acabaron con la vida del líder supremo Ali Khamenei y otros altos funcionarios, no lograron derrocar el sistema de gobierno ni doblegar la resistencia iraní. Teherán respondió con misiles y drones en toda la región, bloqueó en gran medida el estrecho de Ormuz y disparó los precios del petróleo y el gas a niveles que han castigado las economías occidentales.
Los indicios de un estancamiento militar estadounidense son cada vez más difíciles de ocultar. El propio Rezaei afirmó que la "tercera guerra de Trump contra Irán terminó en fracaso", señalando que estimaciones iraníes indican la muerte de unos 500 soldados estadounidenses y un número elevado de heridos durante los recientes enfrentamientos. Según Rezaei, las fuerzas iraníes obligaron al comando militar estadounidense a trasladar sus centros de operaciones desde Qatar hasta Jordania y luego a territorio israelí, lo que frustró el plan de un ataque terrestre.
La prensa estadounidense ha documentado el deterioro operativo con detalles inquietantes. The New York Times reportó el 14 de agosto que los problemas logísticos del portaaviones USS Abraham Lincoln comenzaron "desde el primer día de la guerra", cuando misiles y drones iraníes destruyeron la base naval estadounidense en Bahréin, un hub logístico clave en la región. La Marina se vio obligada a replegar sus operaciones hacia Diego García, a 2.200 millas de distancia, lo que alargó dramáticamente sus cadenas de suministro.
La situación es tal que el USS Lincoln, tras casi nueve meses de despliegue, será reemplazado por el USS George Washington, trasladado desde el Indo-Pacífico, lo que deja a la Séptima Flota sin portaaviones en el frente asiático —una decisión que AP News tituló el 15 de agosto como "Estados Unidos retira su último portaaviones de Asia mientras Trump centra su atención en Irán y el hemisferio occidental”.
The Washington Post muestra que el desgaste material es alarmante al confirmar, el pasado 13 de agosto, que el ejército estadounidense ha perdido al menos 45 drones MQ-9 Reaper durante la guerra con Irán, equivalente al 25% de toda su flota. No todos fueron derribados, pero un número indeterminado se estrelló tras fallas en los enlaces de comunicación, posiblemente por guerra electrónica de origen iraní o ruso, afirma el reportaje. Además, el mismo medio reportó el pasado 15 de agosto que los aliados del Golfo Pérsico están "reconsiderando la utilidad de albergar grandes instalaciones militares estadounidenses" en su territorio, con un funcionario árabe declarando anónimamente: "Trump inició esta guerra y nosotros estamos pagando el precio".
En este contexto, la "Operación Marginado Económico" apunta a una maniobra de desesperación en la que, ante la imposibilidad de una victoria militar decisiva, Washington apuesta por el asfixiamiento económico. Como señaló Sina Toossi, investigador del Center for International Policy, a Al Jazeera: "El bloqueo claramente ha dañado a Irán, especialmente a sus exportaciones de petróleo, pero no ha producido el resultado político que Washington desea. Irán no se ha rendido. Ormuz sigue gravemente alterado y los costos para Estados Unidos y la economía global se están acumulando".
El laberinto (o pantano) económico estadounidense
La decisión de intensificar las sanciones contra Irán coincide con una de las crisis fiscales más graves de la historia estadounidense. El pasado 21 de agosto, la deuda pública de Estados Unidos superó los 40 billones de dólares, el doble de lo registrado apenas unos años atrás. Según datos de la Oficina de Presupuesto del Congreso (CBO), la deuda nacional ascendería al 175% del PIB para 2056, alcanzando los 168 billones de dólares, con déficits que rozarían el 9,1% del PIB. Estas proyecciones, realizadas antes del estallido de la guerra contra Irán, representan un escenario "ideal" que no contempla los costos bélicos actuales ni el repunte inflacionario derivado de la crisis energética.
.El costo del servicio de la deuda se ha convertido en un drenaje sistémico debido a que los pagos de intereses superan ya los 1,3 billones de dólares anuales, y la curva de rendimientos de los bonos del Tesoro a 30 años escaló hasta el 5,24% en Nueva York la semana del 21 de agosto, pese a que Bessent anunció la duplicación de las operaciones de recompra de títulos a largo plazo —de 2.000 a 4.000 millones de dólares— en un intento por contener la volatilidad. Analistas e inversores globales calificaron la medida como un "parche temporal" que no tendrá impacto duradero sin un plan de consolidación fiscal real.
El dólar estadounidense, lejos de fortalecerse, profundizó su tendencia a la baja frente a una cesta de divisas internacionales, mientras la presión vendedora se contagió a los mercados soberanos mundiales, provocando incrementos correlativos en los rendimientos de la deuda británica a largo plazo. Bessent, en una entrevista televisiva, admitió que "la liquidez en los plazos más largos sigue siendo deficiente" y prometió iniciativas para reducir el déficit basadas en aranceles comerciales y medidas contra el fraude impulsadas por el vicepresidente JD Vance. Sin embargo, el mercado no le creyó.
El intervencionismo de la administración Trump sobre los mercados no se limita a la deuda. La burbuja de la inteligencia artificial —en la que el presidente de OpenAI, Bret Taylor, admitió públicamente que "mucha gente va a perder mucho dinero"— muestra signos de agotamiento. Solo entre Microsoft, Alphabet (Google), Amazon, Meta y Oracle, el gasto de capital en infraestructura de IA para 2026 ronda los 700.000 millones de dólares, financiado en gran parte con deuda, mientras que el precio por token ha caído más del 90% desde 2023 por la competencia de modelos chinos como DeepSeek, que cobra 0,87 dólares por millón de tokens frente a los 50 dólares de modelos estadounidenses. Alphabet reportó en julio su primer flujo de caja libre negativo como empresa cotizada: -5.900 millones de dólares en el segundo trimestre.
A esto se suma la disputa por recursos críticos en la que, por ejemplo, el cobre y el azufre alcanzan precios récord, los márgenes del diésel superaron los 100 dólares por barril por primera vez en la historia estadounidense, y las exportaciones marítimas de crudo de Irán, Rusia, Arabia Saudita y Estados Unidos se desplomaron a mínimos históricos en agosto, con un déficit de suministro estimado de 5 millones de barriles diarios.
Las cadenas de suministro globales, ya fragmentadas por años de guerras comerciales y conflictos bélicos, enfrentan ahora una escasez estructural que la Reserva Federal no puede resolver con más liquidez.
Tres preguntas desde el pantano
The Wall Street Journal ha señalado que, a pesar de la presión anunciada, Estados Unidos evita atacar directamente la mayor vía de salvación de Irán, que es su relación con China, lo que limita de antemano la eficacia del cerco. Por esta razón, entre otras, se formulan interrogantes críticas sobre el rumbo de la política exterior y económica de Washington:
- ¿Se está en presencia de un nuevo episodio del fenómeno TACO (Trump Always Chickens Out o Trump siempre se acobarda)? Este término, acuñado por Robert Armstrong del Financial Times, describe el ciclo recurrente en el que la administración amenaza con medidas extremas, provoca una turbulencia inmediata en los mercados y, finalmente, retrocede o suaviza las medidas para evitar un colapso bursátil. La retórica del "Día D económico" de Bessent podría seguir este mismo guion en el que una amenaza máxima, diseñada para la negociación, se desinflará ante la primera señal de pánico en Wall Street o la resistencia coordinada de Beijing.
- ¿Se está preparando la economía estadounidense para una recesión inminente? La combinación de una deuda de 40 billones de dólares, rendimientos de bonos en alza, inflación persistente por conflictos geopolíticos y una burbuja tecnológica sobrevalorada crea un cóctel de alto riesgo. Si la Reserva Federal se ve obligada a mantener tasas altas para defender el dólar mientras la economía real se contrae, el escenario de una recesión profunda deja de ser una posibilidad marginal para convertirse en una probabilidad estadística.
- ¿Se está ante el fin de la hegemonía occidental? La incapacidad de Estados Unidos para imponer su voluntad militarmente en Irán, sumada al rechazo frontal de China a las sanciones secundarias y la consolidación de redes comerciales en el Sur Global, sugiere que el unipolarismo está en su fase terminal. Sobre el retroceso de las sanciones occidentales, algunos análisis han señalado que operaciones como la anunciada contra Irán no son demostraciones de fortaleza, sino el espasmo de un sistema que, al no poder competir en igualdad de condiciones, recurre a la coerción financiera.
La historia demuestra que la instrumentación del sistema económico como arma acelera la creación de alternativas, y esta tendencia autodestructiva podría ser, en última instancia, el catalizador del declive hegemónico de Occidente.