Vie. 22 Mayo 2026 Actualizado 4:46 pm

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Algunos análisis afirman que Trump utiliza la tradicional "amenaza comunista en el Caribe" como recurso de movilización emocional para su base electoral luego de fracasar contra Irán (Foto: Getty Images)
Entre amenazas, Washington niega su responsabilidad en la crisis

¿Dónde está la línea roja en el asedio a Cuba?

En semanas recientes la administración de Donald Trump ha llevado su hostilidad contra Cuba a un punto crítico sin precedentes. Mientras el secretario de Estado, Marco Rubio, minimiza retóricamente los efectos del bloqueo energético —calificándolo de "exageración del régimen"—, los hechos sobre el terreno muestran un país sumido en apagones diarios, paralización del transporte y una creciente suma de complicaciones sociales.

La estrategia estadounidense combina tres ejes sincronizados: presión militar creciente —sobrevuelos de drones, despliegue naval y declaraciones beligerantes—, ofensiva judicial sin precedentes —cargos penales contra el general Raúl Castro— y un discurso público que niega la intencionalidad del daño humanitario.

Negación de lo evidente para justificar un asalto

Trump ha elevado el tono de sus amenazas a un "nivel peligroso y sin precedentes", según denunció el mandatario cubano Miguel Díaz-Canel. El magnate ha manifestado abiertamente la posibilidad de "tomar el control de Cuba casi de inmediato", vinculando esta acción hipotética al fin de las operaciones militares en Irán. El canciller cubano Bruno Rodríguez advirtió, por su parte, que una agresión militar estadounidense provocaría "una verdadera catástrofe humanitaria, un baño de sangre".

Sin embargo, la postura de Marco Rubio resulta particularmente contradictoria. Mientras desde La Habana se presentan datos concretos sobre el colapso eléctrico —déficits de más de 2 mil megavatios y apagones que dejan sin servicio a más de 60% de la población durante la noche—, Rubio insiste en calificar la crisis como un "relato de víctima" fabricado por el gobierno cubano.

Mediante un video de unos cinco minutos, el alto funcionario, hijo de inmigrantes cubanos, exculpó a Washington de la grave crisis eléctrica que atraviesa la isla. Expuso que el gobierno cubano es "la razón" por la cual unos 8 millones de ciudadanos están "obligados a sobrevivir 22 horas al día sin electricidad".

"Como ustedes bien saben, llevan años sufriendo los apagones. La verdadera razón por la que no tienen electricidad, combustible ni alimentos es porque quienes controlan su país han saqueado miles de millones de dólares, pero nada ha sido utilizado para ayudar al pueblo".

El canciller Bruno Rodríguez lo criticó duramente: "Rubio sabe que el bloqueo energético es real, pero miente por cálculo político", y agregó que el cubanoamericano "es el vocero de intereses corruptos y revanchistas, concentrados en el sur de la Florida y que no representan los sentimientos de la mayoría del pueblo estadounidense, ni de los cubanos que allí viven". El presidente Díaz-Canel, por su parte, acusó a Washington de "mentir para justificar una agresión" y sentenció: "El general de ejército Raúl Castro es Cuba, y Cuba se respeta".

Aunque fuentes indican que Washington "no prevé una acción militar inminente", la sospecha se intensifica con medidas como la imputación a Raúl Castro, por parte del Departamento de Justicia, a causa del derribo de aviones en 1996.

Datos del ASEDIO

Las sanciones no son un concepto abstracto. Desde el 3 de enero pasado, tras el secuestro del presidente Nicolás Maduro, Estados Unidos bloqueó todos los envíos de crudo venezolano a Cuba —que representaban 65% del combustible consumido en la isla— y extendió medidas secundarias extraterritoriales para castigar a cualquier naviero o país que intentara suplir ese vacío.

La Casa Blanca recurrió a la Ley de Poderes Económicos de Emergencia Internacional para designar Cuba como una "amenaza inusual y extraordinaria" en la Orden Ejecutiva 14 404. Esta introdujo sanciones primarias y secundarias de gran alcance contra cualquier persona que realice negocios en los sectores locales de energía, defensa y materiales relacionados, metales y minería, servicios financieros o seguridad.

El 13 de mayo Díaz-Canel anunció el agotamiento total del petróleo ruso donado en marzo, que había sido el único cargamento recibido en cuatro meses. Al respecto, el ministro cubano de Energía y Minas, Vicente de la O Levy, declaró que "no tenemos absolutamente nada de diésel", y los apagones en La Habana alcanzan entre 20 y 22 horas diarias. La situación del Sistema Electroenergético Nacional (SEN) es "particularmente tensa", con déficits que superan los 2 mil megavatios en horas pico, dejando a más de 60% de la isla sin electricidad durante la noche.

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Los efectos del asedio intenso a Cuba se reflejan en su crecimiento económico y la disponibilidad de combustibles, por ende, sobre las condiciones de vida de su población (Foto: Geopolitical Futures)

Esta crisis tiene un rostro humanitario documentado por Naciones Unidas: afecta a 5 millones de cubanos con enfermedades crónicas y compromete servicios esenciales como hospitales y sistemas de abastecimiento de agua. La economía se ha contraído 15% entre 2020 y 2025, y la migración ha aumentado como consecuencia del desabastecimiento y el colapso de los servicios básicos.

La Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal) prevé que el PIB real de la isla se contraiga 6,5% en 2026, tras una caída de 3,8% en 2025. Con la excepción de 2020, año cuando estalló la pandemia de covid-19, se trata de la peor contracción desde el periodo 1990-1993.

Pese a este escenario de asfixia, el gobierno cubano rechaza tajantemente la etiqueta de "Estado fallido" promovida desde el exterior. Cuba avanza en alternativas renovables mediante parques solares que aportaron 3 348 MWh, y busca alcanzar 15% de energía limpia este mismo año. Sin embargo, expertos señalan que la obsolescencia de la infraestructura termoeléctrica y la dependencia histórica de importaciones agravan el problema.

Entre amenazas, diálogos, acusaciones y reacciones

La escalada retórica se acompaña de movimientos militares tangibles que generan incertidumbre estratégica. Durante esta misma semana el Comando Sur confirmó la llegada del Grupo de Ataque del portaaviones USS Nimitz al Caribe, integrado por nueve escuadrones aéreos y buques de apoyo. Aunque Trump negó posteriormente que el despliegue tuviera como objetivo "intimidar al gobierno cubano", analistas de seguridad regional lo interpretan como una señal de disuasión en un contexto de tensiones hemisféricas. Paralelamente, se han incrementado los vuelos de inteligencia militar sobre la costa cubana, una práctica que La Habana denuncia como violación de su espacio aéreo soberano.

Por otra parte, existen también canales de diálogo discretos que sugieren una estrategia dual. El director de la CIA, John Ratcliffe, se reunió con funcionarios cubanos en semanas recientes. Estos contactos, aunque no han producido acuerdos públicos, indican que ambas partes mantienen líneas de comunicación para gestionar crisis y evitar escaladas no deseadas.

Posteriormente Washington ofreció 100 millones de dólares en ayuda condicionada a "reformas significativas al sistema comunista". La Habana manifestó estar dispuesta a escuchar y analizar técnicamente dicha propuesta, pero recalcó que la ayuda real consiste en desescalar y poner fin al bloqueo energético. Un ultimátum estadounidense para liberar a más de 700 "presos políticos" venció sin acuerdos ya que Cuba advirtió que este tema "no está en la mesa de negociación".

La acusación a Castro aparece como un artefacto en los acercamientos, y las reacciones desde La Habana así lo hacen ver. Díaz-Canel declaró que "Estados Unidos miente y manipula los sucesos alrededor del derribo de las avionetas de la organización narco-terrorista Hermanos al Rescate en 1996", una acción del ejército cubano al frente del cual estaba Castro como ministro de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR). Agregó que en aquella ocasión "no se actuó de manera imprudente ni se violó el derecho internacional, como sí vienen haciendo fuerzas militares estadounidenses, con sus fríamente calculadas y abiertamente publicitadas ejecuciones extrajudiciales sobre embarcaciones civiles en el Caribe y el Pacífico".

En el plano interno estadounidense, la polarización se refleja en el debate legislativo: el congresista demócrata Greg Casar advirtió hace pocos días que "no podemos permitir que Donald Trump inicie una guerra contra Cuba... está dejando hospitales sin electricidad y condenando al hambre a personas inocentes". El Senado aprobó el pasado martes 19 de mayo una resolución para restringir los poderes del presidente Donald Trump e impedirle reiniciar su agresión militar contra Irán. La iniciativa fue respaldada con 50 votos a favor y 47 en contra. Esto refleja divisiones sobre los límites del poder ejecutivo en materia de política exterior.

Las reacciones internacionales añaden otra capa de complejidad. China y Rusia han rechazado públicamente las nuevas presiones estadounidenses contra Cuba. En un comunicado del 21 de mayo, el Ministerio de Relaciones Exteriores chino afirmó: "No toleraremos injerencias en los asuntos internos de Estados soberanos". Por su parte, Moscú calificó el bloqueo energético como "una cínica encarnación de la Doctrina Monroe resucitada".

Estas posturas pudieran limitar el margen de maniobra de Washington en foros multilaterales, lo que no detiene efectivamente las arremetidas estadounidenses, como es evidente.

Preguntas en medio del humo

Diversos analistas geopolíticos coinciden en que la súbita escalada contra Cuba responde a la necesidad de la Casa Blanca de desviar la atención nacional e internacional sobre el creciente atolladero militar en Irán. Mientras la guerra contra Teherán se complica con pérdidas significativas y un desgaste logístico que empieza a generar críticas internas en el Pentágono, Trump utiliza la tradicional "amenaza comunista en el Caribe" como un eficaz recurso de movilización emocional para su base electoral.

La crisis energética inducida en Cuba y las sobreactuadas advertencias de intervención funcionarían así como una cortina de humo mediática que buscaría ocultar los fracasos tácticos en Asia occidental y la ausencia de una estrategia de salida clara en ese frente. Se plantea una "redención" a través de una supuesta victoria rápida y de bajo costo en Cuba, aunque la realidad sobre el terreno en ambos escenarios diste mucho de sus declaraciones triunfalistas.

La pregunta central persiste: ¿Puede la presión máxima lograr cambios políticos sin precipitar una crisis humanitaria con efectos regionales? La experiencia histórica sugiere que las sanciones unilaterales rara vez producen transiciones democráticas, pero sí exacerban el sufrimiento de poblaciones vulnerables. En un hemisferio marcado por migraciones masivas y vulnerabilidad climática, dicha crisis podría generar flujos migratorios adicionales hacia Estados Unidos, contradiciendo los objetivos declarados de estabilidad regional.

Otra pregunta es si la presión externa logrará más que la cohesión interna que ha caracterizado a la revolución cubana durante seis décadas. La resistencia histórica cubana, el apoyo de aliados como Rusia y China y la falta de consenso interno en Estados Unidos sobre una intervención militar reducen la viabilidad de un cambio forzado. Por ahora, el pueblo cubano soporta una crisis inducida por una política que finge ignorar sus propias consecuencias.

El margen para una salida pacífica se estrecha cada día y las respuestas a estos dilemas definirán el futuro de Cuba y confirmarán los esperados efectos negativos de la estrategia estadounidense en el hemisferio.

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