Vie. 06 Marzo 2026 Actualizado 4:01 pm

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Donald Trump, actual presidente de Estados Unidos (Foto: Daniel Torok / Casa Blanca)

Trump y la lógica de la hegemonía depredadora

En un artículo publicado en Foreign Affairs a comienzos de febrero el internacionalista estadounidense Stephen M. Walt propone una fórmula precisa para describir la política exterior de Donald Trump en su segundo mandato: "Hegemonía depredadora". Ese es el concepto que organiza su texto, "El hegemón depredador: cómo Trump ejerce el poder estadounidense", una intervención que proviene de una de las voces más reconocidas del pensamiento estratégico en Estados Unidos.

El perfil académico y la trayectoria de Walt lo ubican en la primera línea del debate sobre relaciones internacionales en Estados Unidos: Harvard lo presenta como uno de sus profesores centrales en asuntos internacionales, y Foreign Affairs lo identifica además como "uno de los principales defensores de la escuela neorrealista de relaciones internacionales". Es decir, se trata de un autor inscrito en la tradición realista, una corriente que pone el acento en el poder, el equilibrio entre grandes potencias y los límites materiales de la acción exterior.

En ese sentido, su texto sirve para mostrar que existen críticas serias y de alto nivel dentro del propio campo estratégico estadounidense, aunque esas críticas no rompan con la matriz hegemonista de fondo.

Cómo Walt ve la política exterior de Trump

El concepto central del artículo de Stephen Walt es el de "hegemonía depredadora", una fórmula con la que intenta capturar la lógica que, a su juicio, organiza la política exterior de Donald Trump en su segundo mandato. Según el autor, la estrategia internacional de la actual administración se orienta a "utilizar la posición privilegiada de Washington para extraer concesiones, tributos y muestras de deferencia tanto de aliados como de adversarios".

Esta forma de ejercer el poder estadounidense responde a una lógica transaccional y de suma cero, en la que cada interacción internacional es un intercambio en la que una parte gana y la otra pierde. En ese esquema, un acuerdo que beneficie más a Estados Unidos es preferible incluso si reduce los beneficios totales para todas las partes. Como resume el autor al describir esa lógica de poder: "Lo mío es mío, y lo tuyo es negociable".

Walt distingue esta dinámica de otras etapas del ejercicio de la hegemonía estadounidense. Durante la Guerra Fría, Washington actuó en muchos casos como un hegemón relativamente benevolente, apoyando la reconstrucción económica de sus aliados y construyendo instituciones multilaterales que permitían gestionar la cooperación internacional. Incluso en la etapa unipolar posterior a la caída de la Unión Soviética, cuando Estados Unidos se embarcó en intervenciones militares costosas y en proyectos de expansión del orden liberal, el objetivo declarado seguía siendo sostener un sistema internacional que también generara beneficios para sus socios.

La lógica que describe Walt para el actual momento es diferente. Bajo la administración Trump, Estados Unidos utiliza su poder económico, militar y financiero para presionar otros países —aliados incluidos— a aceptar términos que favorezcan unilateralmente a Washington. Esa presión puede adoptar distintas formas: sanciones económicas, amenazas arancelarias, condicionamientos en materia de seguridad o exigencias políticas directas.

En ese sentido Walt subraya que lo que distingue a una hegemonía depredadora de otras formas de dominación es su disposición a aplicar esa lógica extractiva de manera generalizada:

"Una potencia hegemónica depredadora tiene la misma probabilidad de explotar a sus socios que de aprovecharse de un rival".

El autor señala que este enfoque se refleja en varios frentes de la política exterior de Trump. Entre ellos menciona el uso sistemático de aranceles para forzar concesiones económicas o políticas, la vinculación entre protección militar y exigencias comerciales, el desprecio por normas e instituciones multilaterales, y la presión directa sobre aliados para que adopten posiciones alineadas con los intereses de Washington.

Para Walt, estas prácticas responden tanto al estilo personal de Trump como a su convicción de que Estados Unidos posee una influencia estructural casi ilimitada en el sistema internacional. Sin embargo, el académico advierte que esa percepción ignora un hecho central del escenario global contemporáneo: el mundo ya no es unipolar y otras potencias cuentan con capacidad suficiente para ofrecer alternativas a la presión estadounidense.

Por esa razón, el argumento central del artículo es que esta estrategia, aunque pueda producir beneficios tácticos en el corto plazo, termina debilitando las propias bases del poder estadounidense.

Una crítica al trumpismo desde el pensamiento estratégico estadounidense

Los argumentos de Walt se inscriben en la tradición realista de las relaciones internacionales, una de las corrientes más influyentes en el pensamiento estratégico estadounidense. Walt es profesor de Asuntos Internacionales en la Harvard Kennedy School, donde ha desarrollado gran parte de su carrera académica, y es ampliamente reconocido como uno de los exponentes contemporáneos más destacados del neorrealismo. 

Desde esa perspectiva, el poder sigue siendo el elemento central de la política mundial, pero su uso debe estar guiado por la prudencia estratégica y por una evaluación realista de las capacidades y límites de cada Estado. A diferencia de enfoques más ideológicos, como la promoción global del liberalismo democrático que marcó parte de la política exterior estadounidense tras el fin de la Guerra Fría, el realismo tiende a privilegiar la estabilidad del equilibrio de poder, la moderación en el uso de la fuerza y la protección de los intereses nacionales a largo plazo.

En ese marco, la crítica de Walt a Donald Trump se basa en que el estilo de política exterior del presidente está erosionando los instrumentos que históricamente han permitido a Washington sostener su influencia global. La estrategia actual resulta particularmente problemática en un contexto internacional marcado por el retorno de la competencia entre grandes potencias. "No es adecuada para un mundo con varias grandes potencias en competencia", advierte Walt al describir la lógica de la hegemonía depredadora.

El problema, según el autor, es que las presiones económicas, el uso coercitivo de los vínculos comerciales y el deterioro de las alianzas tradicionales pueden incentivar a otros países a reducir su dependencia de Estados Unidos. En un sistema internacional cada vez más multipolar, esa dinámica abre espacios para que rivales estratégicos, especialmente China, amplíen su margen de maniobra.

"La multipolaridad ofrece a otros estados mecanismos para reducir su dependencia de Estados Unidos": desde esta perspectiva, el poder estadounidense ha sido históricamente más efectivo cuando se ejercía con cierta moderación, combinando la capacidad coercitiva con redes de cooperación que hacían más atractivo alinearse con Washington que con sus competidores. Esa combinación de poder duro, legitimidad institucional y alianzas estables fue, durante décadas, una de las bases centrales de la influencia global estadounidense.

La estrategia que Walt atribuye a la administración Trump, en cambio, persigue beneficios inmediatos a costa de debilitar esas mismas estructuras de influencia. Al priorizar acuerdos bilaterales coercitivos, presionar económicamente a aliados y despreciar instituciones multilaterales, la política exterior estadounidense corre el riesgo de erosionar las redes de cooperación que durante décadas ampliaron su capacidad de acción internacional.

De allí su advertencia más general sobre las consecuencias estratégicas de este enfoque: "La hegemonía depredadora encierra las semillas de su propia destrucción".

¿Una estrategia a favor de la primacía estadounidense?

En la parte final de su artículo Stephen Walt desplaza la discusión desde la definición de la "hegemonía depredadora" hacia sus efectos acumulativos. Su argumento es que el problema de la política exterior de Trump excede su agresividad o su estilo personal, y ese método termina erosionando los propios instrumentos sobre los que se ha sostenido el poder global de Estados Unidos.

Walt presta especial atención a un aspecto que aparece menos en los análisis convencionales: la exigencia de sumisión simbólica por parte de Washington. En su descripción, la administración Trump no solo presiona con aranceles, sanciones o amenazas de retirada militar sino que además exige de aliados y socios actos públicos de deferencia, elogios y lealtad personal. Esa dimensión ritual del poder alimenta resentimientos y vuelve más costoso políticamente para otros gobiernos seguir alineados con Estados Unidos.

A partir de ahí Walt subraya que el abuso de poder puede producir obediencia táctica, pero no lealtad duradera. Algunos gobiernos pueden ceder en el corto plazo, posponer conflictos o aceptar condiciones impuestas por Washington. Al mismo tiempo, comienzan a buscar márgenes de autonomía, mercados alternativos y nuevos arreglos estratégicos. En esa lógica, la hegemonía depredadora vuelve más frágil la posición de Estados Unidos

Otro aspecto relevante del cierre es la crítica de Walt al bilateralismo coercitivo como método de administración global. Su planteamiento es que una potencia que renuncia a reglas e instituciones multilaterales para negociar país por país termina atrapada en una dinámica ineficiente y difícil de sostener. Supervisar el cumplimiento de decenas de acuerdos asimétricos, imponer castigos selectivos y mantener a todos los actores en estado de subordinación permanente demanda recursos crecientes y, además, incentiva la simulación, el incumplimiento y la búsqueda de alternativas.

En este punto, el artículo introduce con mayor determinación el papel de China. Walt sostiene que la conducta de Washington facilita que Beijing se presente como una opción más estable y predecible para muchos países. China sigue actuando en función de sus propios intereses, pero un Estados Unidos cada vez más arbitrario y extractivo vuelve relativamente más atractiva cualquier alternativa que ofrezca previsibilidad.

Ese desplazamiento es uno de los efectos más importantes de la estrategia trumpista. Se trata no solo de una erosión de la posición estadounidense, sino de una erosión paulatina de las redes de influencia que Washington construyó durante décadas. En ese punto, el autor recurre a una fórmula que sintetiza bien su advertencia: la influencia global de Estados Unidos podría declinar "gradualmente y luego repentinamente".

Ese cierre permite entender con mayor precisión el lugar desde el que Walt formula su crítica. Walt no está denunciando el ejercicio de la primacía estadounidense ni proponiendo abandonar el papel central de Washington en el sistema internacional. Su punto es otro: la forma trumpista de administrar esa primacía —basada en coerción, improvisación, humillación de aliados y ganancias de corto plazo— puede convertir una posición de poder todavía excepcional en una plataforma de desgaste estratégico.

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