Mié. 28 Febrero 2024 Actualizado 5:13 pm

Ancha Angostura

Reproducimos este artículo del gran ensayista aragüeño Augusto Mijares, publicado por primera vez en el diario El Nacional el 22 de mayo de 1964 y compilado en el tomo Coordenadas para nuestra historia, volumen que recomendamos para adentrarse en los principales temas, en sus sombras, de la historia y la historiografía de Venezuela, tratados con la lucidez propia de un escritor que es faro intelectual para todo aquel quien tenga por oficio la investigación y la reflexión sobre la nación venezolana y su formación, además del ensayo en torno al orgullo nacional y su posible destino.

En efecto, en el siguiente texto Mijares desarrolla sucinta y claramente la importancia política que tuvo para el proceso independentista el dominio patriota de la región guayanesa y el significado contemporáneo que puede atravesarnos como ciudadanos venezolanos.

Invitamos a su lectura para situar el actual conflicto sobre la controversia territorial con la República Cooperativa de Guyana dentro de unas coordenadas que nos sitúen en tanto que el Territorio Esequibo es una región rica en historia nacional y, por tanto, para traer a colación que no es terreno baldío vaciado de significado e impronta del desarrollo histórico de Venezuela, sino la afirmación de que nuestra Guayana convoca "hacia el abierto delta del porvenir".


Ancha angostura. Tan ancha que en ella pudo apoyarse Bolívar para saltar sobre los Andes, hasta Boyacá; tan ancha que no le queda grande el nombre del Libertador. Pero debe apresurarse a confesar que el hallazgo de la feliz expresión —antítesis y síntesis, a un mismo tiempo— no es mío.

Es de Héctor Guillermo Villalobos, en un soneto que debe esculpirse en una de las cabeceras del puente sobre el Orinoco, como homenaje a Guayana y a la empresa emancipadora que desde esa angostura se derramó en triunfos sobre la América. Y también —¿por qué no?— para glorificar al poeta guayanés, que con ella remata tantos bellos cantos dedicados a su tierra nativa.

Comienza su soneto Villalobos revelándonos que el nombre del fundador —Joaquín Sabás Moreno de Mendoza— es un "ínclito endecasílabo radiante"; como si hasta con esa casualidad —agregamos nosotros— a esa tierra poética y de poetas, el destino le hubiera hecho una promesa.

"Y fue Angostura, ancha cuna como la de Venezuela", concluye. Sí: torturada fe, que necesita, como las aguas del Orinoco, recogerse en una angostura para hacerse más profunda.

De todo el territorio nacional recibe su caudal el gran río. Trae, desde su nacimiento, las aguas del sur; por el Uribante y el Macure le llegan las de occidente; el Portuguesa y el Guárico le llevan las del centro; el Pao y otros numerosos afluentes recogen para él las de oriente.

Hacia oriente también tuerce el propio Orinoco, antes de desembarcar en el mar, como en previsor esguince por la proximidad del solapado invasor. Y antes de que se aleje demasiado, lo alcanza y se vierte en él el Caroní, resonante llamado de nuestras fronteras surorientales. Y si eso es así, ¿cómo no han de oírse en sus márgenes las voces de toda Venezuela?

Las oyó Bolívar, y como eco de ellas, lanzó la solución más audaz y generosa de nuestro problema racial: "La sangre de nuestros ciudadanos es diferente: mezclémosla para unirla", propuso en su discurso de Angostura.

Era la voz de la concordia y de la esperanza. La de la fe le dicta improvidente:

Un gobierno republicano ha sido, es, y debe ser el de Venezuela; sus bases deben ser la soberanía del pueblo, la división de los poderes, la libertad civil, la prescripción de la esclavitud, la abolición de la monarquía y de los privilegios.

Le habla también la voz de la sagaz prudencia: contra el peligro del gobierno unipersonal, y contra el otro peligro —el más artero y más peligroso— del "despotismo deliberante"; que puede ser, dice, "causa inmediata de un círculo de vicisitudes despóticas en que alternativamente la anarquía sea reemplazada por la oligarquía y por la menocracia".

Escucha así mismo la voz del pueblo desamparado. Pero no la aprovechará para alardes demagógicos. Sabe que por el espíritu se estaba haciendo en Venezuela todo lo que se estaba haciendo; y reclama que para la tarea del futuro, se rescate, ante todo, el alma del pueblo venezolano: "La educación popular debe ser el cuidado primogénito del amor paternal del Congreso. Moral y luces son los polos de una república, moral y luces son nuestras primeras necesidades".

Pero entre todas aquellas voces, nos conmueve más la de la ternura. La que pide patéticamente «que siendo absolutamente indispensable la cooperación de las madres para la educación de los niños», debe contarse con su ayuda para formar los futuros ciudadanos de la república.

"La unidad geográfica que establecía [la toma de Guayana] fue la señal para la unidad política que se logró poco después"

Tan hondo calaba aquel llamamiento que hoy, invirtiendo los términos, tiene la misma validez. Hoy debemos pedirles a las madres que pidan por sus hijos; por esas manadas de niños abandonados que recorren nuestras ciudades, y que ni siquiera sus madres pueden cuidar.

Pero sería injusto que solamente a Bolívar lo evocáramos atento a esos mensajes con que Venezuela interrogaba por su futuro con el insistente rumor de las caudalosas ondas. Los más eminentes republicanos de todo el país se reunían también en aquellos días, a orillas del privilegiado río, para oír el vasto y persistente clamor. Y ellos mismos representan el aporte más puro: el de la abnegación.

Porque era el momento cuando con las riquezas de Guayana se rehacía el ejército que debía libertar la América; pero para lograrlo, aquellos hombres se privaban de todo. Era preciso cambiar por fusiles el ganado que les llegaba, y para los propios congresistas y los jefes militares se racionaba la carne.

"A riesgo estamos —le escribía Roscio a Bolívar— de ver retroceder fusiles por falta de dinero (...) No hay ganado, ni mulas, ni otra cosa que cargar, y es preciso vivir y defender el río (...) Yo sufro, pero no quisiera que sufriera la República por este grado de miseria a que aquí hemos llegado. Desde que recibí las órdenes de usted sobre sueldos, me sujeté a una ración de carne de tres libras".

José Rafael Revenga se enorgullecía de que a él y a Roscio los llamaran "los miserables", pero "el servicio —añadía— ha continuado su marcha, sin obstáculos por falta de medios; y esta miseria, como quieren llamarla, me ha hecho capaz de cumplir esta contrata por fusiles, que confío firmemente en que precede a otras muchas".

El padre de Antonio José de Sucre y el futuro Mariscal de Ayacucho, gobernadores sucesivamente de la provincia, solo disponían para su manutención de yucas y plátanos. Uno de ellos reclama en cierta ocasión a un compañero, por oficio, un saco de aquellos alimentos que le había prestado y que era, advierte, lo único de que disponía para su subsistencia. Si no hubieran quedado esos datos en los documentos, no los creeríamos.

Pero gracias a esos sacrificios se armaban los extranjeros que comenzaban a llegar, y que reclamaban también el único lujo de que no podían privarse: zapatos y pan de trigo. Se formaba también con aquellos fusiles la primera infantería regularmente armada que tuvieron los venezolanos. Desde el año 13 los miserables instantes criollos habían adquirido sorprendente veteranía.

En la batalla de Araure un oficial realista se asombraba al verlos maniobrar con la seguridad y pericia de las mejores tropas. Pero nunca tenían armas, sino accidentalmente. En una de sus cartas, el Libertador demuestra una alegría que hoy nos parece desproporcionada, cuando ve completamente equipado, por primera vez, el batallón "Rifles". Así se hizo la independencia de América.

Angostura en poder de los patriotas fue lo que hizo posible también la reorganización constitucional de la república porque les dio a los nuestros una ciudad relativamente segura, situada en el centro del territorio que dominaban, rica, y de provechosa salida al mar. Reunir un Congreso en alguna de las otras ciudades, que todos los meses cambiaban de dueño, habría sido una farsa.

A los venezolanos de hoy les parecerá increíble que cuando Páez llevaba ya tres años de triunfos en los llanos de Apure y era dueño de aquellas vastas regiones, todavía no sabían nada de él Bolívar y los otros jefes republicanos que operaban en oriente. La toma de Guayana fue lo que terminó con aquel aislamiento, y la unidad geográfica que establecía fue la señal para la unidad política que se logró poco después.

Quedó así tendido, frente al centro ocupado por los realistas, un vasto arco. Desde las costas orientales de Venezuela se prolongaba por el sur hasta la frontera de los llanos con la Nueva Granada, y Angostura era el punto donde se insertaba la flecha.

En 1810 partió la flecha. En 1824 ya todo el norte y el centro del continente suramericano, hasta las fronteras de Chile y la Argentina, estaba cubierto con las banderas republicanas.

Héctor Guillermo Villalobos canta de Guayana "el oro, el hierro y el diamante, y esta alegre zapoara tumultuosa (...) sibilina, el tótem ancestral, la roca-abuela". Yo sólo he pretendido, bajo la sugestión de esas bellas imágenes, rememorar algo de lo que simboliza para Venezuela aquella hermosa tierra.

Y aprovechar para los jóvenes y niños venezolanos, con deliberada ingenuidad de maestro de escuela, la alegoría del Orinoco: como él, la fe de Venezuela ha de salir desde la estrechez de nuestras dudas actuales hacia el abierto delta del porvenir.

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