Mar. 07 Abril 2026 Actualizado 3:20 pm

flujo capital gringo

El capitalismo estadounidense se sostiene sobre el sobreendeudamiento inredimible y la dependencia hiperinflada de los precios de activos (Foto: DJReprints)
En la geopolítica del capital estadounidense

La modulación del caos: control, deuda y reorganización a través de la guerra

Cada anuncio de Donald Trump sobre operaciones estadounidenses contra Irán desencadena en los mercados occidentales una coreografía predecible: contracción inicial, pánico controlado y rebote alcista en cuestión de días. Lejos de ser anomalías coyunturales o simples reflejos de la incertidumbre geopolítica, estos movimientos constituyen la sintomatología de un régimen de acumulación que solo se sostiene en la gestión deliberada de la inestabilidad.

Detrás de la pantalla de los índices bursátiles, los grandes capitales absorben posiciones minoristas, reprecian activos y consolidan una arquitectura financiera que opera mediante el desequilibrio programado. Lo que está en juego, sin embargo, trasciende la volatilidad de las carteras: estamos ante la consolidación de una reorganización especulativa-financiera del capitalismo estadounidense, proyectada hemisféricamente bajo la sombra de una soberanía funcional que, en la práctica, diseña una sociedad de control adaptada a los flujos de capital, tal como lo delineó Gilles Deleuze en su Post-scriptum sobre las sociedades de control (1990).

La Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos, publicada a finales de 2025, no hace más que institucionalizar esta transición: de qué vale ocupar territorios si se pueden modular circuitos, o imponer ideologías si es más redituable gestionar contraseñas, deudas y umbrales de acceso.

La inestabilidad gestionada como principio de mando

Como ha demostrado el teórico italiano Fabio Vighi, el capitalismo contemporáneo ha abandonado la búsqueda del equilibrio para erigir la crisis en su modo de funcionamiento primario. Lo que se presenta como "política monetaria" ha dejado de ser un instrumento técnico al servicio de la estabilidad de precios o el empleo y más bien se ha convertido en el principio organizador del poder, capaz de moldear la geopolítica, las relaciones sociales y los relatos de la realidad cotidiana.

Los mercados, los Estados y las sociedades ya no se gobiernan hacia un ideal de equilibrio, sino manteniéndolos permanentemente descompensados. ¿Por qué? Porque el equilibrio expondría la insolvencia estructural.

El régimen actual se sostiene sobre dos pilares: sobreendeudamiento inredimible y dependencia hiperinflada de los precios de activos. Crecimiento y ganancias de productividad pertenecen en gran medida al pasado; los sistemas políticos se fragmentan deliberadamente, pues cualquier intento serio de estabilización exigiría impagos violentos, reestructuraciones profundas y, sobre todo, imaginación política auténtica.

La crisis perpetua, en cambio, permite posponer la resolución indefinidamente, en perfecto estilo tecnocrático. En este marco, figuras como Trump constituyen más que aberraciones: son acelerantes funcionales del desorden: su volatilidad legitima medidas de emergencia, inyecciones de liquidez y reencuadres narrativos que mantienen vivo un sistema que solo sobrevive aplazando su colapso.

La manipulación bursátil tras cada ultimátum geopolítico responde a esta lógica. La contracción inicial purga posiciones débiles; el rebote posterior redistribuye riqueza hacia los nodos financieros centrales. Ya desde hace tiempo que el libre mercado no es lo que opera, sino un capitalismo de emergencia que sustituye la gobernanza activa por la gestión pasiva de crisis, la responsabilidad por la culpa externalizada y el dinero por el relato.

Mientras la atención se dispersa en espectáculos mediáticos o escaladas bélicas, Vighi señala que los bancos centrales de Oxidente expanden silenciosamente sus balances, absorben deuda pública y sostienen un régimen donde las monedas fiduciarias, habiendo perdido su función como reserva de valor, derivan hacia un vacío económico sin colapsar formalmente.

la sociedad hemisférica de control

Es aquí donde la intuición de Deleuze adquiere una pregnancia geopolítica ineludible. Las sociedades disciplinarias, analizadas por Michel Foucault, operaban mediante centros de encierro: fábrica, escuela, cuartel, hospital, prisión. El individuo transitaba de un molde a otro, cada uno con sus leyes, pero siempre bajo la lógica del cerco. Hoy, pero desde hace tiempo, esos espacios entran en crisis generalizada.

Esta no es la era del molde, sino la de la modulación: un sistema de geometría variable cuyo lenguaje es numérico, donde lo esencial es la contraseña (mot de passe) que autoriza o deniega el acceso a la información, al crédito, al territorio, al consumo.

La proyección hemisférica estadounidense bajo la doctrina de soberanía funcional, conceptualizada en un análisis especial de quien escribe escrito a cuatro manos junto con Diego Sequera, es la traducción macro de este paso del cerco a la modulación. Ya no se requiere la ocupación militar directa ni la administración colonial clásica; basta con calibrar umbrales de acceso financiero, condicionar flujos de inversión, instrumentar ratings de crédito, desplegar infraestructuras digitales de cumplimiento normativo y articular acuerdos que, bajo el disfraz de cooperación, instalan circuitos de vigilancia económica y dependencia estructural.

La familia, la escuela, el ejército, la fábrica se han convertido en figuras cifradas, deformables y transformables, de una misma lógica empresarial que solo tiene gestores. El arte, la educación, la salud y la seguridad pública se reconfiguran como circuitos abiertos de la banca y los mercados de capitales.

Deleuze advirtió que el hombre de la disciplina era un productor discontinuo de energía; el hombre del control es ondulatorio, permanece en órbita, suspendido sobre una onda continua. El surf desplaza a los antiguos deportes. En América Latina y el Caribe, esta metáfora se traduce en la precarización laboral digital, la formación permanente como sustituto de la educación pretendidamente crítica, la externalización de servicios públicos a operadores transnacionales y la sustitución de derechos sociales por bonos condicionados, microcréditos algorítmicos y plataformas de entrega que transforman a los sujetos en dividuos: fragmentos de datos, indicadores, mercados, perfiles de riesgo. Ya no hay par individuo-masa: somos flujos cifrados que se modulan en tiempo real.

Y como señalaba Deleuze con lucidez profética: "el hombre ya no está encerrado sino endeudado". La deuda es el nuevo collarín electrónico macroeconómico.

Coacción muda y la reorganización especulativa del capital

Para comprender cómo se reproduce esta arquitectura sin necesidad de una violencia explícita o una ideología coercitiva en sentido clásico, es indispensable recurrir a la noción de poder económico desarrollada por el teórico danés Søren Mau. A diferencia de la violencia (que obliga a los cuerpos) o la ideología (que moldea las representaciones), el poder económico modifica el entorno para obligar a actuar de ciertas maneras. Es una coacción muda: no grita, no dispara, no adoctrina: simplemente estructura las condiciones de posibilidad de la vida cotidiana de tal forma que la supervivencia exige la sumisión a la lógica del mercado.

Con Mau insistimos en que el capitalismo no es un problema moral ni de individuos codiciosos, sino un sistema de dominación estructural. Las relaciones horizontales (competencia entre capitales, presión de mercado, coordinación mercantil de la producción) actúan con una fuerza coercitiva tan determinante como las relaciones verticales de clase. Incluso el capitalista "ético" está sometido a esta coacción: si prioriza la naturaleza o el bienestar laboral por encima de la rentabilidad competitiva, es expulsado del mercado. El capitalismo, por tanto, necesita circuitos.

Esta coacción muda es el motor silencioso de la reorganización especulativa del capital estadounidense. La Estrategia de Seguridad Nacional de 2025 promueve la soberanía funcional para integrar a los países latinocaribeños como nodos modulares en una red de extracción financiera, dependencia tecnológica y subcontratación de riesgos. La proletarización, en este marco, se extiende a toda la población cuya reproducción social queda mediada por el mercado, el crédito, la plataforma o la condicionalidad externa.

Como señala el danés, la clase debe entenderse por su relación con las condiciones de reproducción social, no solo por su función en la producción. Y es precisamente en la reproducción de la vida diaria donde se ancla el poder del capital. Por ello, la resistencia no puede limitarse a la redistribución dentro del mercado ni a la captura institucional de aparatos disciplinarios en crisis. Requiere, como apunta Mau, "disolver el capitalismo desde la raíz": recomenzar a reproducir la vida de otra manera, desmontar la separación mercantilizada entre producción y reproducción y construir circuitos autónomos que no dependan de la modulación algorítmica ni del endeudamiento estructural.

Geopolítica como coartada monetaria y una conclusión interrogativa

Nada ilustra con mayor crudeza esta dinámica que la escalada contra Irán y su correlato en los mercados globales. Como ha detallado Vighi, la geopolítica contemporánea funciona como coartada monetaria: un teatro de guerra que justifica medidas extraordinarias mientras oculta la necesidad estructural de refinanciar deuda.

Con casi 39 billones de dólares en deuda federal y un perfil de vencimientos que exige un rodamiento constante, Estados Unidos prefiere tasas bajas e inyecciones monetarias excepcionales y, de facto, depende estructuralmente de ellas. La crisis impulsa capital hacia los bonos del Tesoro, suprime los rendimientos y permite el rollover sin un pico disruptivo en los costos. La dominación geopolítica es, en el fondo, dominación monetaria.

Los datos aportados por el analista financiero Shanaka Anslem Pereira confirman que el sistema ya no opera como un todo coherente, sino como un conjunto de mercados que se desacoplan: el petróleo físico se separa del papel (Brent a $141 frente a futuros a $107); las valoraciones de las tecnológicas colapsan mientras la energía sube; los asentamientos en yuanes a través de CIPS (el sistema chino de pagos transfronterizos) capturan flujos que el dólar ya no intercepta; y China controla el 95% del procesamiento de tierras raras pesadas, estrangulando cadenas de suministro occidentales que ninguna política de la FED puede resolver. La guerra está revelando la ventaja china. Cada día que persiste la guerra, la ventaja se acrecenta.

En este contexto, la soberanía funcional promovida por Washington en América Latina y el Caribe se consolida como un esquema operativo de alto rendimiento, pues se trata de garantizar que los flujos de capital, las cadenas de valor y los sistemas de pagos permanezcan alineados con la arquitectura de deuda estadounidense.

Los conflictos en la periferia, los cierres de gobiernos federales, los escándalos mediáticos y las operaciones militares son el termostato del sistema. La maquinaria requiere más que campos de batalla extranjeros: necesita un teatro doméstico que perfile la ilusión de rendición de cuentas mientras el refinanciamiento avanza en las sombras.

La guerra se convierte así en otro mecanismo criminal de destrucción, engaño, déficit expandido y gestión narrativa. Mientras se vende como necesidad preventiva, la verdad es más simple: el sistema está al límite. La proyección de poder, la expansión monetaria y la represión financiera están ahora estructuralmente vinculadas.

La reorganización especulativa del capital estadounidense es la forma madura de un capitalismo que produce mayormente expectativas, entreabre umbrales de acceso y modula dividuos mediante contraseñas, ratings, algoritmos y deuda. La soberanía funcional es lo que se consolida cuando esta modulación se viste de diplomacia. Pero como muestran los desacoples físicos, el avance del CIPS, la concentración de tierras raras y la fragilidad del rollover de bonos, la arquitectura de papel tiene un límite: la materialidad. Recordemos que Mao describió al imperialismo norteamericano como un tigre de papel.

América Latina y el Caribe se encuentran en un cruce histórico. O reproducen, con variaciones retóricas, la lógica de la coacción muda y la modulación dependiente, o comienzan a construir sistemas de pago alternativos, reservas estratégicas regionales, cadenas de valor soberanas, mecanismos de reproducción social desmercantilizados y marcos de integración que prioricen la circulación de bienes y saberes sobre la extracción de datos y plusvalías financieras.

Pero el testigo histórico solo ha visto cómo se fortalece la primera opción.

Mientras, el sistema agota gradualmente su legitimidad. Pero cuando la confianza finalmente se quiebre, no habrá salida educada ni transición negociada. Cascadeará a través de mercados, políticas y sociedades que confundieron las apariencias gestionadas con la resiliencia. Puesto así, ¿vale la pena seguir descifrando el espectáculo sin desactivar el engranaje?

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