Sáb. 13 Julio 2024 Actualizado ayer a las 4:36 pm

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El escenario consolidado por AMLO difícilmente se repetirá con Sheinbaum o con Ebrard (Foto: Edgard Garrido / Reuters)

AMLO, Morena y el dilema del poder en México

Para nadie es un secreto, en el espectro político latinocaribeño, la alta aprobación de gestión que tras casi cinco años de administración mantiene el presidente mexicano Andrés Manuel López Obrador (AMLO): la casa encuestadora Mitofky publicó un estudio a inicios de agosto que ubicaba el indicador en 59%, mientras que otro estudio del diario El Financiero la marcaba en 58% para finales de julio.

Lo que justificaría tales niveles se encuentra en las características de la gestión económica durante este primer semestre de 2023, basada en el fortalecimiento del peso mexicano frente al dólar, un crecimiento económico modesto y un impulso del consumo interno.

No obstante, es el dato sobre la reducción de la pobreza, publicado por el Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (Coneval), el que tendría más incidencia en el indicador de aprobación de gestión: según la agencia gubernamental, la población en situación de pobreza multidimensional pasó de 51,9 a 46,8 millones de personas a escala nacional entre 2018 y 2022, cifra por demás histórica en el país.

A pesar de estar en su mejor momento político, justo cuando empiezan a dar frutos las políticas implementadas por su gobierno, AMLO tendrá que retirarse y darle paso a una nueva administración. A partir de diciembre de 2023, el sexenio de AMLO inicia su último año de gobierno, y si bien sus logros son importantes, se muestran insuficientes ante los desafíos que décadas de neoliberalismo y entreguismo le impusieron al país.

De cómo desperdiciar un liderazgo

Es importante tener en cuenta que la política es una actividad dinámica y cambiante, por lo que es necesario adaptarse a las nuevas condiciones y no aferrarse a ideas o principios que puedan obstaculizar el avance y el desarrollo.

En Venezuela se subsidió el combustible durante décadas abrazados a la idea de que un posible aumento detonaría en un nuevo "Caracazo". Mas, cuando la necesidad y el contexto de sanciones obligó a hacerlo, tal alzamiento no ocurrió. El subsidio representó un desangre para la industria petrolera en particular y para el fisco nacional en general durante años, su eliminación habría significado un ahorro de recursos o su empleo en otras áreas más sensibles o importantes, pero más pudo el mito o la idea sobre un eventual estallido social debido a una medida de tal índole.

En México, en el contexto de la dictadura de Porfirio Díaz —gobernó 30 años—, Francisco I Madero redactó el llamado Plan de San Luis el 6 de noviembre de 1910. El documento desconocía la reelección de Porfirio Díaz como presidente, lo que anulaba las recientes elecciones y convocaba a nuevos comicios. El Plan de San Luis recibió la adhesión de muchos dirigentes políticos e inició la Revolución mexicana, que puso fin a la etapa de la historia de México conocida como Porfiriato. El lema con que se conoció el documento y a su redactor fue el de "Sufragio efectivo, No a la reelección".

Desde entonces el asunto de la reelección en México ha estado vetado y se ha convertido en una especie de tabú del que no se discute en los círculos políticos, ni de izquierda ni de derecha. Tras una serie de acusaciones por parte de la oposición, López Obrador firmó un compromiso con el que descartaba la posibilidad de presentarse como candidato en 2024. El tema escaló cuando en una concentración multitudinaria en el Zócalo de la Ciudad de México, con motivo de los cuatro años de inicio de la Cuarta Transformación (4T), los asistentes corearon la palabra reelección y, en tono serio y sin titubeos, el mandatario lo volvió a mencionar: "No a la reelección, sufragio efectivo, democracia efectiva".

Allí pareció quedar zanjada esa latencia. No obstante, quien pierde en definitiva es el proceso de transformación que experimenta México porque es contradictorio que un presidente que ha demostrado un compromiso denodado con mejorar las condiciones de vida de la población, que en cierto modo ha cumplido con las aspiraciones de una gran mayoría, cuando por primera vez —desde la revolución mexicana— se anteponen los intereses soberanos de la nación mexicana, no sin contradicciones ni errores, no pueda continuar ejerciendo el cargo que democráticamente las y los mexicanos le dieron, y le darían nuevamente sin lugar a dudas, en virtud de que ha demostrado el mejor examen para una rendición de cuenta (accountability vertical).

Pareciera que ese vacío que dejará el liderazgo de AMLO, tras el fin de su administración, no logrará ser llenado por ninguna de las personas que aspiran a continuar con su proyecto, y ese caudal de apoyo popular que ha permitido un avance incuestionable no se aprovechará y se diluirá en un dilema que apunta más a "purismos principistas" que al pragmatismo que la dinámica política transformadora exige. Más allá de las buenas intenciones, voluntad y compromiso con la 4T que tenga quien le suceda, estará bajo la sombra y cuestionamiento de una gestión —no solo de un hombre— que supo conectar con las masas mexicanas como no se veía desde tiempos del general Lázaro Cárdenas.

Definiendo la sucesión o de cómo se perfila una división

Las mismas encuestas que se mencionan al inicio de esta nota muestran que el apoyo de la población mexicana al Movimiento de Regeneración Nacional (Morena) supera el 45%, dato importante tomando en cuenta la condición misma del sistema electoral y de partido mexicano, en el que no existe la segunda vuelta y se gana con mayoría simple, por lo que no importa el nombre que encabece la tarjeta de Morena, ese será el nuevo o nueva presidenta.

Y si bien son cinco los candidatos que se disputan el testigo de AMLO: Claudia Sheinbaum (jefa de Gobierno de la Ciudad de México), Marcelo Ebrard (excanciller de AMLO), Adán Augusto López (exsecretario de Gobernación de AMLO), Gerardo Fernández Noroña (diputado del Partido del Trabajo, parte de la coalición) y Ricardo Monreal (senador de Morena), solamente los dos primeros están concentrando 50% de las simpatías de los morenistas, que se inclinan —según la mayoría de las encuestas— por la Jefa de Gobierno de la Ciudad de México.

Las consultas tienen un peso importante en el proceso que definirá la sucesión de AMLO. El Consejo Nacional de Morena determinó que la persona que los representará en la elección presidencial de 2024 será reflejada en ellas, cuyos resultados se darán a conocer el 6 de septiembre.

Según se detalló, habrá cinco encuestas, cuatro externas más una que realizará Morena. Cada aspirante podrá proponer dos casas especialistas para realizar el ejercicio. Posteriormente, la Comisión encargada de la materia elegirá por sorteo cuatro de las firmas propuestas. Se tiene previsto que del 28 de agosto al 3 de septiembre será el levantamiento de las encuestas desde donde se definirá al abanderado de Morena para las elecciones de 2024.

El problema es que, a días de iniciar el levantamiento, han surgido desavenencias, por decir lo menos, entre las opciones con mayores oportunidades de adjudicarse las encuestas: Sheinbaum y Ebrard. El 16 de agosto se hizo pública la denuncia del excanciller sobre acarreos de personas y favorecimientos hacia Sheinbaum de parte de instituciones y funcionarios del Estado mexicano.

Las acusaciones se hacen a días de iniciar el levantamiento de información, justo cuando los aspirantes propondrían las encuestas que se usarían. Lo resaltante es que un proceso que debería ser lo más democrático y amplio posible, sobre todo para la militancia de Morena, terminará convirtiéndose en un festín para empresas de opinión que controlarán la elección del próximo presidente de México ya que, como lo mencionamos anteriormente, Morena conserva la principal opción partidista de cara a los comicios presidenciales de 2024.

Si bien mucho se ha especulado sobre esa situación y las implicaciones que pudiera tener ante una posible fractura de la unidad en Morena con vistas a la selección de su abanderado, lo cual indiscutiblemente representaría una tragedia para las elecciones de 2024 y para la opción "progresista/izquierda", ya denota la complejidad de asumir el liderazgo de la 4T manteniendo el impulso y la dirección del proyecto que inició AMLO.

El mito de la continuidad

Independientemente de cómo se resuelva la situación en las internas de Morena al momento de la escogencia de su candidato o candidata, lo único cierto es que muy difícilmente habrá continuidad en el proyecto. Y no porque quien gane la encuesta traicione a la 4T; la razón es más sencilla y se fundamenta en el hecho de que los gobiernos serán distintos debido a que los liderazgos que los asumen lo son, y se construyen de forma diferente atendiendo a las coyuntura nacional, regional y mundial en la que se inserta su mandato y las mismas condiciones materiales que se van gestando.

El liderazgo que mantuvo AMLO, no solo entre la clase política mexicana o en el mismo Congreso —donde ha mantenido mayorías en ambas cámaras durante su sexenio— sino fundamentalmente entre la población general, le permitió avanzar y consolidar logros que de otra manera no se habrían alcanzado. Y este escenario difícilmente se repetirá con Sheinbaum o con Ebrard o con cualquier otro que no sea López Obrador porque carecen de su carisma y ascendencia popular, porque no aglutinan un proyecto sino que es el proyecto el que los aglutina a ellos y, en definitiva, porque no tienen la experiencia que el roce popular otorga.

Quien gane le tocará enfrentar no solo a los adversarios propios de las distintas tendencias políticas existentes en México, sino que también tendrá en los militantes/simpatizantes que no comulgaban con su candidatura otro adversario que cuestionará agudamente su política. Más aún, a pesar de que AMLO ya avisó que no participará en política una vez dejado el cargo, prometiendo no dar entrevista ni opinar sobre México, lo cierto es que su sucesor tendrá una vara muy alta con la que será comparado de cara a su eventual sexenio.

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