Mié. 23 Septiembre 2026 Actualizado 11:19 am

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La mandataria venezolana, Delcy Rodríguez, se reunió con el presidente estadounidense, Donald Trump, al margen de la 81 sesión de la Asamblea General de la ONU (Foto: Prensa Presidencial Venezuela)
El intersticio geopolítico donde convergen los intereses

RODRÍGUEZ Y TRUMP. EL COMPLEJO E INEVITABLE CAMINO DE LA DIPLOMACIA

El reciente encuentro entre el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, y la presidenta (E) de Venezuela, Delcy Rodríguez, ocurrió durante una gala al margen de la Asamblea General de las Naciones Unidas en Nueva York. Este evento, representa un hito en la reconfiguración geopolítica del hemisferio occidental. Tras años de sanciones, ruptura diplomática y confrontación de máxima presión, esta aproximación evidencia la transición de un estado de hostilidad abierta hacia un nuevo terreno en la relación entre ambos países.

El contexto y las imágenes que derivan de ello, trastocan toda la tradición política, los sentidos comunes, consignas y tótems ideológicos para cada parte.

Sin embargo, más allá de las formas, prevalece el fondo. El encuentro entre Delcy Rodríguez y Donald Trump opera en el punto medio donde la coerción asimétrica ejercida por Washington y la adaptación estratégica desplegada por el chavismo, convergen.

La geometría de los intereses entrelazados, la gestión de la disonancia narrativa (este encuentro luego del 3 de enero), la diplomacia de canales traseros y la inevitabilidad de la diplomacia e interacción entre ambos gobiernos, son componentes de un análisis que desemboca en una premisa; el acercamiento responde a una necesidad de estabilización operacional donde ambas partes reducen costos políticos sacrificando la ortodoxia ideológica.

DE LA PRESIÓN AL PRAGMATISMO DE SUPERVIVENCIA

La diplomacia entre Estados adversarios raramente surge del alineamiento normativo; por el contrario, suele emerger cuando las estrategias unilaterales de coerción o resistencia alcanzan un punto de rendimientos decrecientes. Este fue el caso de Venezuela.

El contacto bilateral entre Washington y Caracas al más alto nivel se desarrolla sobre una marcada asimetría de poder estructural. No obstante, las relaciones internacionales han demostrado que la asimetría estricta no elimina la agencia del actor cuantitativamente más débil, sino que altera sus tácticas, desplazándolo desde la confrontación abierta hacia la adaptación estratégica. La posición del chavismo es justamente esa, especialmente desde la inflexión del 3 de enero cuando la coerción asimétrica se desbocó de modo armado.

En un contexto más extendido, para la administración estadounidense, el modelo de aislamiento absoluto y de incentivo al colapso interno del chavismo demostró limitaciones operativas para alcanzar estabilidad regional y la rentabilidad que buscan en activos estratégicos. Incendiar completamente Venezuela para al mismo tiempo sacar petróleo de allí no era una opción.

A la larga, y con la deriva estadounidense en Irán, el asunto de los hidrocarburos y sus precios se ha vuelto un plomo en el ala a la Administración Trump. Durante este año ello les ha empujado a afianzar sus “logros” en Venezuela como un hito preciado en la estrategia exterior norteamericana.

Aquí irrumpe el “realismo flexible” gringo. Es uno de los principios rectores introducidos, en esta era Trump, en la Estrategia de Seguridad Nacional (NSS) y consolidado en la Estrategia de Defensa Nacional (NDS) de Estados Unidos. Este enfoque marca un giro drástico frente al idealismo o internacionalismo liberal de décadas pasadas, sustituyendo el objetivo de mantener un dominio global absoluto y la promoción de la democracia, por una postura sumamente pragmática, selectiva y centrada estrictamente en el interés nacional. Según esa perspectiva, Washington puede relacionarse con Caracas independientemente de que la estructura chavista que estaba por debajo del presidente Nicolás Maduro siga intacta. No privan los valores o la ideología, privan los intereses.

Para el chavismo dirigente en Venezuela, el aislamiento financiero global y la parálisis operativa de su principal industria obligaron a recalibrar la retórica antiimperialista hacia un modelo de negociación transaccional. Esto es evidente.

En este intersticio geopolítico es donde se sitúa el encuentro bilateral; una zona gris donde coexisten la coerción económica y el acuerdo operativo.

LA GEOMETRÍA DE LOS INTERESES Y LAS DINÁMICAS TRANSACCIONALES

El primer pilar de este análisis se basa en la complejidad intrínseca de los incentivos que guían a ambos actores. Lejos de responder a una visión maximalista, la aproximación responde a un cálculo de suma no cero en áreas sumamente delimitadas.

La ecuación de Washington es; acceso a fuentes de energía y minerales venezolanos, control de flujos migratorios y garantizar su influencia regional mediante el empleo diferenciado de la fuerza. Ejercicio de hegemonía pura y dura.

La ecuación de Caracas es; flexibilización de sanciones (fin del bloqueo naval y otras medidas), reconocimiento operativo-diplomático del gobierno, regreso al sistema financiero internacional, atraer inversiones, estabilizar la economía y sostener la resistencia operativa y resiliencia institucional del Estado en un contexto complejo.

Siendo evidente la lógica transaccional de la Administración Trump, es necesario observar donde funciona la lógica del gobierno venezolano. Esta demuestra una capacidad de maleabilidad táctica. Al enfrentar barreras estructurales para la comercialización de sus recursos, la dirigencia estatal ofrece garantías operativas a corporaciones energéticas extranjeras a cambio de licencias de explotación e ingresos fiscales directos.

Esta “adaptación estratégica” preserva la arquitectura básica del poder político interno mientras cede espacios en la gestión de recursos naturales para garantizar flujo de caja y legitimidad de facto. De esa manera, romper el cerco, debilitar la inercia sancionatoria, el cual ha sido uno de los objetivos más preciados del chavismo estos años.

Para el chavismo, la necesidad de desmontar la inercia sancionatoria aislacionista ha sido un punto crucial. Es eso, derruirla, o sumirse en un bucle estructural, perpetuo, intergeneracional, causante de un inmenso dolor y empobrecimiento profundo de la población. Las dimensiones y características de la población venezolana otorgan poderes demoledores al bloqueo.

Luego de 12 años de sanciones, la Venezuela que no logró asociarse a BRICS para sortear la asfixia occidental, que por sus características físicas no logró tolerar un bloqueo naval extendido en el Caribe y que tampoco logró superar la asimetría militar estadounidense, necesariamente tuvo que negociar dentro del marco de posibilidades y delimitaciones que rigen el momento.

LA DISONANCIA NARRATIVA Y EL PESO DE LAS FOTOS

La imagen de ambos presidentes, juntos y sonrientes, es un retrato estridente del momento político, no solo de Venezuela, es una imagen de la región y del contexto de las relaciones internacionales hoy. Es el punto donde naufragan ciertos discursos y donde las brújulas que se rigen por los sistemas ideológicos dejan de funcionar.

El componente más opaco -y con frecuencia catalogado como “incomprensible” desde la perspectiva de la opinión pública y los medios masivos- es la coexistencia de antagonismos naturales mediante una relación técnica fluida. Aquí no prevalecen los calificativos a Delcy como “presirvienta tutelada”. Tampoco los calificativos a Trump como “aliado de una tirana narcoterrorista”. Lo que emerge es realpolitik en máxima resolución.

Desde la perspectiva de los dos gobiernos, ambos (aunque de manera diferenciada) lidian con costos políticos. Tanto en la política doméstica de Washington como en la de Caracas, el costo reputacional del ablandamiento ideológico es considerablemente elevado.

Para la administración estadounidense, el acercamiento visible corre el riesgo de ser interpretado por sectores del electorado como una concesión frente a un “régimen autoritario”, lo cual no es un asunto menor en el preludio electoral de las midterms. Los demócratas y hasta republicanos mayameros reaccionan de manera destemplada. Y más allá de la lógica de partidos, algunos ven el encuentro como el oxígeno que Washington otorga a su mayor adversario en el continente, a falta de un cambio de régimen lineal que podría resultar mal y arruinar los logros que ha traído el realismo flexible marca Trump en Venezuela.

Para el liderazgo venezolano, un entendimiento explícito con la potencia norteamericana que bombardeó Caracas el 3 de enero y que secuestró al presidente Maduro, mina la narrativa histórica del soberanismo antiimperialista que sirve de cohesionador identitario a sus bases operativas. Además, el chavismo ha sido ya, de facto, expulsado del club internacional de cierta izquierda. Diversos operadores mediáticos digitales, comentaristas e influenciadores del espectro de izquierda internacional arengan al chavismo y a Delcy con un análisis poco profundo, regido por coordenadas bastantes fáciles, como la “traición” o la “claudicación”. Entre esos grupos, hay cero reconocimientos al ejercicio de la política como el difícil arte de navegar la zona gris.

Para resolver esta disyuntiva y hacer una gestión de costos, las partes han recurrido a la diplomacia de canales traseros. Estos canales operaron en un espacio hermético fuera del escrutinio mediático, utilizando enviados especiales, intermediarios del sector privado o reuniones de bajo perfil (“apartes” en cumbres multilaterales).

Esta separación entre la retórica externa y la negociación privada permitió a ambas partes minimizar las pérdidas políticas internas mientras avanzaron en concesiones sustantivas. Lo que desde fuera parece disonancia o incoherencia, en el análisis estratégico, es la condición indispensable para que la diplomacia sea viable. Pero ahora el encuentro se hizo público, las fotos fueron tomadas y hay un ejercicio abierto de legitimación de la relación.

EL PUNTO INEVITABLE DE LA DIPLOMACIA

Por último, cada análisis sobre el encuentro de los mandatarios debe reconocer la dimensión de obligatoriedad en las relaciones internacionales. La diplomacia no es una recompensa diplomática que se concede a los aliados, es también la herramienta primaria para gestionar las contradicciones con los adversarios.

El aislamiento total como estrategia de política exterior tiende a generar un punto muerto que paraliza la capacidad de acción estratégica.

Cuando la presión unilateral agota sus márgenes de eficacia sin alterar sustancialmente la estructura de poder del adversario, la interacción directa deja de ser opcional. Esto aplica para Trump. En este punto, la diplomacia se convierte en una necesidad geopolítica impuesta por la geografía, el mercado de recursos naturales y la estabilidad del hemisferio, más cuando en Estados Unidos el galón de Diesel vale 7 dólares y Trump necesita enviar el mensaje a sus electores de que todo está bajo control.

El encuentro no simboliza una alianza duradera ni una coincidencia axiológica, sino un móvil de equilibrio. Marca el establecimiento de un marco mínimo de reglas de juego donde la coerción asimétrica y la adaptación estratégica convergen para evitar escenarios de caos no controlado. Las particularidades y el contexto que rigen el encuentro entre el liderazgo de Venezuela y Estados Unidos, demuestra que las relaciones internacionales contemporáneas operan en un terreno donde las etiquetas ideológicas ceden espacio a las dinámicas transaccionales.

Es un terreno que confirma que la diplomacia no puede ser ignorada indefinidamente; ante la parálisis de los enfoques maximalistas, el diálogo transaccional surge como el único canal para la gestión de pérdidas y la supervivencia estratégica, lo cual aplica al chavismo dirigente.

En última instancia, el evento refleja una constante de la geopolítica; en la intersección de la presión y la resistencia, los incentivos materiales y la estabilidad operativa siempre terminarán imponiendo su propia diplomacia.

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