Mié. 05 Agosto 2026 Actualizado 11:10 am

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Para esta especie ya no es posible volver al pasado, ningún pasado resolverá nada (Foto: El Cayapo)

Terremotos, tragedia y el luminoso viaje interior

Un niño pueblerino de cinco años fue a visitar a sus parientes a la ciudad y, después de mirar abrir portones, ascensores, rejas de pasillos y puertas para entrar al apartamento donde vivían los parientes, les dijo: "Ustedes son los únicos presos que tienen llaves de sus calabozos".

Ha transcurrido poco más de un mes de los sucesos en el país, donde la miseria disfrazada de periodistas, influencers, políticos, académicos, profesionales y todo bicho de uña poderoso o que se la cree, se revolcó, gritó, aulló, maldijo, se rio, actuó, incluso usó a los mercenarios, a los vendidos, a los creyentes en ilusiones, esperanzas y utopías, de nuestras propias filas; buscando que nosotros los esclavos atentáramos contra el gobierno; único, fuera de nosotros mismos, que se comportó a la altura de la contingencia ocurrida.

Lo acontecido nos lleva a la reflexión y al cuestionamiento de lo que somos y podemos ser.

Siempre se nos ha hecho creer que en el sondeo, en el viaje, en el regodeo hacia el recóndito infinito y supuestamente luminoso interior del cuerpo conseguiremos la placidez de la vida, pero la brutal realidad nos dice, con todas sus letras, que solo conseguiremos energías no usadas, trastocadas en grasas achacosas, vísceras envenenadas y enfermas por el consumo exacerbado que nos ha impuesto el sistema, cerebro ideologizado, enajenado de sí mismo, detenido por el miedo en posición fetal, incapaz de invertir una dendrita en mirar la realidad. Corazón repetidor de latidos literarios, remachados al infinito en religiones y telenovelas de baja factura, mientras todos los sensores, atapuzados de falsas realidades, nos mantienen individuos, separados y suspendidos en la enfermiza soledad, buscando en el desespero resolvernos individualmente, cuando la solución está en la juntura.

Quiénes somos los esclavos

En la guerra que han sostenido y sostienen los dueños durante milenios por el poder, los esclavos solo hemos sido islas destruidas, en naufragio, a la deriva. En medio de esa conflagración, hemos sido parte del botín que obtiene cualquier bando capitalista que gane; somos los que el poder ha trasegado por todo el planeta, construyendo todas sus maravillas y atrocidades. Los que en nombre de prisioneros, indios, chinos, razas, mujer, pequeños, altos, color de piel, creencias, migrantes, extraños, extranjeros, o cualquier otra justificación de los dueños para robarnos, asesinarnos, obligándonos a producirles riquezas, a destruir ríos, montañas, selvas, humedales, sabanas, estepas, pampas, llanos.

Somos los productores de arte y literatura, de religiones, pero todo nos lo han saqueado los poderosos; somos los que les hemos lavado, planchado y alimentado por milenios, los constructores de sus mansiones, edificios y oficinas, los aliviadores de sus carencias sexuales, los criadores y cuidadores de sus hijos. Somos la carne de cañón en sus guerras, los ocultadores de sus putrefacciones. Sus diplomáticos, sus políticos, sus académicos, sus artistas, sus poetas, sus curas y pastores, sus gladiadores en el deporte, sus científicos, sus paga peos, sus sicarios, sus mercenarios; cuando ya no pueden ocultar sus miserias.

Somos el ser que no quiere ser, pero pretendemos la ilusión de ser dueño. Aspiración imposible, somos los ocho mil millones de solos en medio de la horda, masa, mayoría, pueblo, mano de obra sometida. Somos los que nunca nos hemos pensado, somos los que solos existimos como reflejo de quien nos somete, somos los sin afectos, inutilizados para compartir desprendidamente. Somos los de la soledad enferma, incapaces del encuentro creativo, somos los que no nos pertenecemos, los desterrados de nosotros mismos como especie, sin importar en qué rincón de lo inconmensurable habitemos.

Somos esos descendientes de africanos, europeos, chinos, indios, árabes, persas y todas las culturas que fueron truncadas en este planeta Tierra, los que no inventamos la escuela, la universidad, el lenguaje impuesto, la guerra, la visión del mundo, la religión, el arte, la filosofía, el trabajo esclavo y su miel, la riqueza.

No importa a qué sector social o clase pertenezcamos, pero si no somos dueños de los medios de producción, todos somos esclavos, instrumentos del capitalismo para producir ganancias.

Ese discurso de quién se comió mi queso, dónde están los culpables, los corruptos, cambiemos al gobierno, más elecciones, más democracia, más libertad, más igualdad, más derechos, es solo lacrimógena para empañarnos los sensores y que así no veamos que desde hace más de quinientos años somos un territorio invadido, convertido en mina y la gente trastocada en minera, con la ilusión, la esperanza y la estúpida utopía de que algún día saldremos de abajo.

Esa arenga que se nos vende a los esclavos, como salida a la brutal dictadura que desde la realidad nos impone el sistema humano-capitalista, solo sirve como droga acomodaticia, alcahueta de dudas y cobardías, que nos paralizan ante la necesidad de tomar decisiones fusionadas, que nos conduzcan a sustituir lo existente conceptual que nos domina, y crear colectivamente una realidad distinta, donde el cuerpo unido ya no sea ese amasijo trunco, individualista, usado por las corporaciones para crear riquezas y destruir la vida.

A nosotros nos pasa como al drogadicto: hasta que no se convence de que lo es, puede estar arrastrándose y no hay problema, puede seguir drogándose hasta morir; solo cuando reconoce que es drogadicto, podrá curarse si está a tiempo. A nosotros nos pasa igual: cuando no entendemos que somos esclavos, no podemos resolver el problema de la explotación, porque estamos aspirando y, mientras aspiramos, mientras tenemos esperanzas e ilusiones, no podemos entender que el problema nuestro no es individual, es de ocho mil millones de locos y locas, que estamos extremadamente jodidos, alienados, sometidos, cada uno persiguiendo su propia zanahoria como el burro del cuento. Sin pensar que no se puede superar individualmente el problema, sino colectivamente.

Si queremos que el capitalismo no exista, pensemos otra cultura

El humanismo no es mejorable, ni salvable, ni cambiable; solo se puede sustituir por otra cultura. La rabia, el odio, la valentía, las maldiciones, los exorcismos, ni el combate contra la corrupción, posibilitarán la sustitución del humanismo; solo otro pensamiento permitirá que diseñemos a conciencia otro modelo de producción, otro imaginario, otra manera de relacionarnos. Esto nos generará planes, estrategias, tácticas, organizaciones, que nos permitan la creación de lo que ha de sustituir al humano-capitalismo.

En la cultura humanista todas las ideologías, organizaciones, teorías, son utilizadas para someternos, dividirnos, atemorizarnos, ilusionarnos, esperanzarnos. Sean estas en forma religiosa, política, gremial, artística, sectaria.

Desde la aparición del capitalismo como modo de producción y su relación con el planeta, han desaparecido millones de culturas, al igual que espacios acuáticos, vegetales, minerales, animales de todas las especies, incluida gente; empobreciendo el entorno de la especie conceptuada como humana, porque la necesidad del capitalismo es expandirse al infinito en un planeta finito.

Cuando los humanos se inventaron así mismos, no solo nos catalogaron como inferiores sino que desde entonces dejamos de ser y nombrarnos como nosotros, ahora todos somos humanos, ya no chinos, guayuu, guarao, eslavos, persas, árabes, indios, todas esas designaciones corresponden al mundo de los inferiores, para el humanismo, dejamos de ser culturas con acento propio.

Lo peor es que no somos sustancial, esencial, trascendentalmente pueblos. Desde el concepto humano en adelante, somos esclavos en las minas controladas por el sistema, cultura y modo de producción creado por ellos. Cualquiera cultura o pueblo que trabaje bajo el método y la cultura humano-capitalista, podrá lograr grandes prosperidades, pero siempre terminará en tragedia, sino averigüen a Japón, Europa o Estados Unidos, por nombrar potencias.

Los humanos generan dos cosas, ya bien entrado el siglo catorce, que son la sistematización absoluta de los métodos de la guerra, convirtiéndolos en fábricas de producción, creando un sistema y una justificación filosófica, que les permite a los señores capitalistas obtener en mejores condiciones plusvalía o botín de guerra sin grandes riesgos, pero además quitan el basurero de Dios y de santos, de hijos de dioses, de semidioses; todo ese vertedero se lo quitan de encima y dicen: "Somos nosotros los que controlamos el mundo a partir de estos elementos", con su propia religión, que es la ciencia, y con ese andamiaje ya definitivo, invaden al mundo.

No hay una sola cultura en el planeta que no haya sido tocada por el concepto humano, porque los asiáticos antes no eran humanos, los persas, los árabes, los eslavos, los africanos, los europeos, los Wayuu, los Yanomamis, los oceánicos, los Guaraos, no eran humanos, porque el concepto humano nace de la idea del ser superior existente solo en el concepto, que está por encima de todo lo natural; sin embargo, todas las culturas se adhieren por todo ese poderío que contiene y representa el concepto. La única cultura que pare esta especie, directamente conceptual, es la cultura humana; las otras culturas son culturas, llamémoslas de raigambre o cultura de raíz, o culturas originales; no son conceptuales, aunque usen el concepto para explicarse.

Esclavos en contradicción

Los esclavos debemos plantearnos cambiar radicalmente esas condiciones, sin estar pidiendo que repartan las riquezas equitativamente, lo que tenemos que pensar es cómo eliminar las circunstancias que hacen posible la existencia de la riqueza, porque si no eliminamos esas condiciones materiales de producción de riquezas, jamás podremos superar la posición de esclavos.

Esclavo en contradicción es aquel que, deduciendo su realidad, inicia un camino hacia el pensamiento, con los pies bien puestos sobre la tierra, pensando que él no puede transformarse ni transformar su realidad, pero entendiendo que tiene la capacidad cerebral y el entusiasmo colectivo para prefigurar otra realidad, en donde no existamos y no existan las condiciones que nos hacen posible. Sobre todo cuando ese camino no está en la realidad, ni en la utopía, es un pensamiento que se debe inventar.

Los esclavos en contradicción debemos saber que somos ego-individuo-ideologizado, cuya condición no podemos cambiar, porque está determinada por el ejercicio del poder que en nuestra contra se ejerce. Como esclavos en contradicción, debemos entender que solo podemos pertenecernos en el marco del pensamiento que ejerzamos colectivamente.

Seguir buscando arreglar lo que existe es la mayor tontería, es tropezar una y otra vez con la misma piedra. La cruda verdad es que somos ocho mil millones de esclavos, brutalmente explotados en esta mina que llamamos mundo o planeta, sin la remota posibilidad de ganarnos la lotería de ser dueños.

Saltar a la historia con definición propia pasa por entender hoy quiénes somos, qué es lo que hemos sido, tanto las élites como nosotros los esclavos, y ante esas verdades, los esclavos debemos tomar la decisión de qué es lo que queremos ser. Si decidimos seguir siendo lo que somos, es decir, esclavos, entonces no debemos quejarnos de que lo somos; es de hipócritas e idiotas querer gobiernos buenos y patrones buenos; solamente debemos obedecer y seguir llevando del bulto.

Ahora, si queremos ser otra cosa que no sea esclavos, no le andemos pidiendo al dueño que haga posible el sueño, que nos dé derechos, porque al dueño le conviene el concepto pueblo como está instaurado, en miseria, en barrios y urbanizaciones, consumiendo drogas y comida chatarra, porque él gana con esa situación. La pobreza no la produce el esclavo empobrecido, sino el sistema humano-capitalista.

Abandonaríamos el concepto sin raíz y construiríamos un concepto con raíz, porque tendríamos que valorarnos como célula parte de, y esa arrogancia de "sin mí no puede haber dios", como decía Aquiles, la abandonaríamos porque es muy sencillo, simple: si fuéramos importantes, ¿por qué morimos?, ¿por qué no se muere la especie, si no es importante? Si el individuo fuera importante, viviría, no se moriría; lo que se muere es el individuo. Entonces quiere decir que para la existencia, la especie usa al individuo como mecanismo de reproducción de la vida, nada más, es lo que somos, un medio de reproducción de la vida, de continuidad de la vida. ¿Podemos o no valorarnos desde ahí? Es el planteamiento que tendríamos que discutir, es el dilema a resolver, reconocernos no como individuos, sino como gente. Parte de un conglomerado mayor que es la vida. Tendría sentido estar vivo, formar parte de lo inconmensurable, con la responsabilidad de reproducirnos y vivir.

El primer paso es reconocernos como lo que somos y ese que somos valorarlo, aceptarnos, para poder reconocer y aceptar a los demás, a partir de reconocer constituirnos y aceptarnos, porque si no nos aceptamos, ¿cómo podemos aceptar a los demás? Y decimos a los demás todo aquello que constituye la vida desde lo macro hasta lo micro, constituirnos como otro conglomerado natural, entendiendo que esta especie que somos tiene una manera de pensarse distinta a las demás especies, con la capacidad de crear órdenes o culturas, ahora demostrado, capaz de destruir todo a su paso sin ningún tipo de responsabilidad, pero también que podemos crear culturas desde otro concepto.

Para esta especie ya no es posible volver al pasado; ningún pasado resolverá nada. De plantearnos utópicamente volver a ser absolutamente naturales como antiguos los antepasados, simple y llanamente repetiríamos la estupidez del humano-capitalismo. Los pensadores, como los detentadores del poder, ya expresaron que no iban a ninguna otra parte, que con el humanismo se terminaba la historia, que no había más destino, que el voy jugando a Rosalinda con el topo a todo terminaba la partida.

Esa es la base fundamental de donde tenemos que partir para construir una cultura radicalmente distinta, que sustituya a esta cultura que está sustentada en el mero concepto, que se basa en el hambre, el miedo y la ignorancia y que a lo largo de su existencia se ha valido de las guerras, las religiones y otras armas ideológicas, como la ciencia o el arte, para sostenerse como cultura de élite, alimentada por esclavos. La cultura distinta que se constituya debe tomar en cuenta que no es posible eliminar el miedo, el hambre y la ignorancia que por siempre nos acompañarán, pero sí se puede educar para aceptarlo, como intrínseco de la vida.

Sobre esos parámetros es que debemos edificar la idea de pueblo, gente con alto grado de conocimiento y planificación capaz de conocerse y conocer a los otros.

La pérdida absoluta de pertenencia al ser colectivo, si alguna vez existió como cultura conceptual, fue sustituida por la guerra y remachada en el humano-capitalismo por una felicidad ficticia, mezcla de ilusión y droga, que nos hace creer que existimos como individuos y no como esclavos. Y ese individuo solitario, al no tener conexiones intraculturales, solo siente que existe cuando lo nombran, cuando lo aplauden, cuando en las redes le dicen "me gusta" a cualquier estupidez que genere como contenido.

Cuando los esclavos no reconocemos que somos esclavos, tampoco podemos entender que no somos un país, un pueblo, una nación, que solo somos un apéndice del sistema mundial, que no controlamos y que las leyes de las minas, como los derechos de los esclavos, le importan un carajo a los dueños del mundo, porque la lógica, de acuerdo a las leyes, es que los dueños del capital financiero especulativo asentados fundamentalmente en EE.UU. y Europa, como criminales de guerra, piratas y saqueadores, sus gobiernos y corporaciones, debían ser sometidos a juicio inmediatamente, porque se pasaron, se comieron la luz, delante de todo el mundo. Pero ¡oh, desgracia!, la razón no está en la ley, la razón está en la fuerza, y quien tiene la fuerza tiene la razón y aplica la ley.

Mientras siempre, nos seguiremos babeando con nuestro muy particular y yoísta viaje interior, buscando salvación por el río de mierda que somos como esclavos, sin pensamiento trascendente y sustancial.

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