Vie. 12 Junio 2026 Actualizado 5:33 pm

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La maduración del cuadro político en Venezuela, luego del 3 de enero, ofrece las claves del juego, los jugadores y los equilibrios en una dinámica de poder y geopolítica pocas veces vista en la historia regional (Foto: Archivo)
Tres variables para comprender el momento

¿Cómo entender la realidad política de Venezuela luego del 3 de enero?

La realidad venezolana posterior al 3 de enero no admite lecturas binarias ni moralizantes. Es, ante todo, un escenario de supervivencia estatal donde el poder, la coerción y la adaptación pragmática redefinen las reglas del juego.

Para comprender esta reconfiguración, el realismo político de Hans Morgenthau ofrece un marco insustituible: su obra sostiene que el realismo "conoce el significado moral de la acción política, pero afirma que los principios morales universales no pueden aplicarse a los actos de los Estados en formulación abstracta, sino que deben filtrarse a través de las circunstancias concretas de tiempo y lugar".

Desde esa premisa, la obligación central de un gobernante es proteger la supervivencia y los intereses vitales de su Estado, lo que frecuentemente lo obliga a priorizar decisiones pragmáticas sobre postulados ideológicos. Las acciones deben calibrarse según las amenazas, los recursos disponibles y las coyunturas específicas. Morgenthau lo formuló como su tercera regla del realismo: el interés nacional en preservar la soberanía y la continuidad estatal es permanente, pero sus expresiones son dinámicas y se transforman con cada cambio en el equilibrio de poder.

Las coordenadas que rigen la actuación del gobierno venezolano, la reorientación de la estrategia estadounidense y el repliegue de la oposición son manifestaciones de una lógica clásica: el interés nacional por sobrevivir es permanente, pero sus formas mutan según el equilibrio de fuerzas.

Las claves para comprender la compleja realidad venezolana también se están reconfigurando, al ritmo de la reestructuración que vive el país tras los eventos del 3 de enero. El marco conceptual y el sistema de coordenadas que han regido las decisiones del gobierno venezolano y del directorio encabezado por la presidenta encargada Delcy Rodríguez se han caracterizado por una elasticidad y un pragmatismo claramente condicionados por el contexto. Para entender esta dinámica, es necesario observar no solo a Caracas sino al conjunto de actores y fuerzas que interactúan en el tablero.

ESTADOS UNIDOS: DE LA PRESIÓN MÁXIMA A LA postura TRANSACCIONAL

Entre 2014 y 2026 Washington aplicó un proceso estructurado de asfixia económica sobre Venezuela en distintos niveles de intensidad. Sin embargo, hacia 2025 ese modelo de estrangulamiento adquirió una dimensión física concreta: un bloqueo naval de facto, sanciones secundarias, despliegue militar en el Caribe y una operación sin precedentes que incluyó el secuestro y traslado del presidente Nicolás Maduro a Estados Unidos.

La amenaza se percibió como generalizada y de una proporcionalidad más extensa que la década anterior, la cual ya había cobrado miles de vidas por el colapso de los servicios públicos y había provocado una inmensa migración económica. La materialización militar cambió radicalmente las previsiones de años atrás. La lógica de la "presión máxima" incorporó la criminalización de la dirigencia chavista bajo etiquetas como "Cártel de los Soles" o "Tren de Aragua", y la caracterización de Venezuela como "amenaza hemisférica", constructoras de un expediente que legitimó, aun en su impronta unipolar, un asedio multidimensional.

Lo ocurrido el 3 de enero representó el acto de mayor contundencia militar en la región en un siglo, por la escala y el hardware desplegado. Venezuela fue sobrepasada tácticamente. Washington comunicó directamente al gobierno venezolano el fallecimiento del presidente Maduro y planteó una disyuntiva simple: negociar o enfrentar la aniquilación institucional. Delcy Rodríguez, Jorge Rodríguez, Vladímir Padrino López y Diosdado Cabello declararon estar dispuestos a correr la misma suerte, pero al confirmarse con vida a Maduro, se abrió la vía a la negociación.

Desde entonces, la narrativa que criminalizaba el gobierno venezolano se desvaneció. Washington se sienta a la mesa con los mismos actores que meses atrás calificaba de "narcoterroristas". Por la vía de los hechos, ha declinado su propio discurso y reconoce el chavismo como realidad objetiva; incluso lo exhibe como un caso de gestión política exitosa. El petróleo venezolano, antes inmovilizado en fondeaderos, fluye nuevamente hacia Estados Unidos y otros mercados, hecho que contribuye a estabilizar un panorama global convulso por la crisis en el estrecho de Ormuz.

No ha habido un cambio de régimen, aunque Washington ha reiterado su deseo de "cambios en el régimen", dos conceptos que no son equivalentes. Para la administración Trump, el control de los hidrocarburos venezolanos cumple una triple función: condicionar la nueva dirección política en Caracas, obtener un rédito económico tangible y modular la reacción de potencias extrahemisféricas, que desde enero permanecen en una posición reactiva.

Lejos de impulsar una transición democrática convencional, se perfila un esquema de supervisión estratégica en la que el acceso, la explotación y la comercialización del crudo operan como el principal mecanismo de presión política. Las declaraciones de Trump sobre Venezuela resultan, en gran medida, performativas: están dirigidas a su base electoral, que temía un "nuevo Irak" en el Caribe, y no a la población venezolana. El mandatario utiliza el caso como vitrina de logros en política exterior.

Es probable que la Casa Blanca considere que una profundización de la intervención directa pondría en riesgo el statu quo actual. Una ocupación o administración directa sería costosa y políticamente insostenible. Prefiere, por tanto, maniobrar desde la coyuntura y mantener un tipo de presión mediada por licencias que, desafortunadamente para Venezuela, subordinan el comercio exterior al Departamento del Tesoro estadounidense como intermediario y supervisor del flujo de recursos.

LA OPOSICIÓN VENEZOLANA: FRAGMENTACIÓN Y PÉRDIDA DE AGENCIA

Durante años, el espectro antichavista se ha mantenido fragmentado en bloques, plataformas y liderazgos en competencia. No existe una oposición unificada, sino múltiples vectores con agendas y tácticas divergentes.

María Corina Machado, pese a representar un sector significativo, fue uno de los primeros factores políticos neutralizados tras el 3 de enero, el mismo día cuando Delcy Rodríguez asumió la presidencia encargada. La administración Trump marginó a Machado y a su plataforma; ni la concesión del premio Nobel ni su cesión al presidente estadounidense compensaron la pérdida de relevancia operativa. Quedó expuesta la incapacidad de este sector para conducir instancias de poder en Venezuela, pues no encajaba en la premisa washingtoniana de garantizar estabilidad institucional y gobernabilidad en un momento crítico.

Edmundo González, autoproclamado presidente electo, se ha retirado del juego político. Ha renunciado a su aspiración de un "mandato" presidencial, en contradicción con los discursos de su sector desde julio de 2024. La deriva opositora ha sido compleja y contradictoria: Machado ha anunciado en reiteradas ocasiones su retorno a Venezuela, pero Washington condiciona su movimiento; se han exigido elecciones presidenciales a corto plazo, pero figuras como Marco Rubio han diferido esa posibilidad al esbozar un proceso de tres fases, extenso y gradual.

Algunos dirigentes se reunieron en Panamá, declararon el fin político de González y ratificaron su apoyo a Machado. Anunciaron una "negociación" con el chavismo bajo patrocinio estadounidense. Sin embargo, el gobierno venezolano ya ha descartado ese canal, y Diosdado Cabello, primer vicepresidente del PSUV, ha señalado que no existen diálogos planteados con ese sector, al menos en la fase actual.

El horizonte político opositor es difuso. Hoy son los grandes perdedores del reajuste estratégico. Al consolidarse la relación transaccional entre Miraflores y Washington, y al institucionalizarse el control de los ingresos petroleros mediante licencias y cuentas supervisadas en territorio estadounidense, la proyección de poder de la oposición se ha vuelto nula.

Esta es la consecuencia directa de haber delegado durante años su conducción, recursos y narrativa al gobierno estadounidense. La injerencia externa, que debió actuar como palanca de fortalecimiento, terminó acelerando un debilitamiento sistémico, orgánico y endógeno. Quedan atrapados en un vacío político, sin capacidad para forzar una transición y obligados a aceptar las reglas que imponen los actores con control territorial y financiero.

Washington entiende la transición venezolana como un fenómeno en curso que implica recuperar influencia y reposicionar su presencia en el país, la cual ellos mismos erosionaron con el aislamiento. De Caracas no hay subordinación; hay dinámicas tensas, prácticas y negociadas según el caso.

Miraflores entiende la transición como un reposicionamiento supervivencial: gestionar la presión, construir acuerdos pragmáticos en múltiples ejes —internos e internacionales— y abrir una nueva etapa política. Un sector de la oposición la concibe como un cambio de gobierno que entregue el poder a María Corina Machado. Pero carecen de incidencia real y de estructura para impulsar esa variante.

La disonancia entre estas tres visiones es abismal. En el corto plazo prevalecerán los actores con capacidad de incidir en las dinámicas de poder efectivo. Las oposiciones están en la mesa, pero como parte del menú.

EL GOBIERNO VENEZOLANO: ADAPTACIÓN, PRAGMATISMO Y RECONFIGURACIÓN DEL CHAVISMO

El directorio del gobierno venezolano ha asumido una postura de clara adaptación y asimilación al contexto. Reconoce las asimetrías existentes, económicas, políticas y militares, y lidia con Washington en un terreno desventajoso, pero no pasivo.

Existe una transición, sí, pero una transición del chavismo sobre sí mismo. Ya ha ocurrido antes: en 2006, con la proclamación del carácter socialista de la Revolución Bolivariana; en 2013, tras la muerte de Hugo Chávez y el ascenso de Nicolás Maduro; y en 2018, cuando el bloqueo y las sanciones obligaron a reformas económicas estructurales. En 2026, el chavismo vuelve a transicionar con propósitos fundamentalmente supervivenciales y existenciales.

La estructura de poder chavista permanece casi intacta en sus cuadros directivos, posiciones de liderazgo y cohesión institucional. Ejerce el poder formal, concentra el mayor peso económico del país y mantiene una base de articulación social. El chavismo rige Venezuela en dimensiones materiales y existenciales.

No obstante, enfrenta la asimetría de la presión financiera directa: las licencias condicionan el flujo de ingresos en una clara vulneración temporal de la soberanía económica. Aun así, soporta la situación negociando licencias más flexibles y exigiendo abiertamente el levantamiento de sanciones como garantía para recuperar la autonomía financiera.

El gobierno entiende que, mediante una gestión pragmática, puede preservar la supervivencia física de la república, alejar el país de la agresión directa, mantener las riendas del Estado, promover la cohesión nacional, sostener la paz interna y evitar el colapso definitivo. Estas premisas protegen, en última instancia, la población.

De este enfoque surgen nuevos márgenes de maniobra: aumenta la producción petrolera y los ingresos asociados; la economía muestra señales de reactivación con mayor ímpetu; convergen nuevas inversiones y se proyecta una mejora en la posición internacional de Venezuela. El gobierno otorga concesiones petroleras puntuales que operan como incentivos y puntos de congruencia con Washington. Sectores como la minería, la aviación comercial, los servicios financieros y la industria ligera recuperan relevancia, o vuelven a operar como antes de 2017.

El gobierno avanza también en medidas pendientes, postergadas por la incertidumbre o por diferimiento estratégico en los últimos años, como el complejo proceso de reforma del sistema de justicia y algunas decisiones de carácter económico.

Caracas no se limita a exigir el fin de las sanciones. Permite la entrada de empresas estadounidenses y europeas porque, una vez instaladas, se convierten en factores de interés activo para mejorar el clima de negocios, aun perturbado por el peso de las licencias. El chavismo comprende que el lobby económico define gran parte de las decisiones en Washington.

Si la estrategia estadounidense es reposicionarse mediante inversiones, lo hace para recuperar el terreno que perdió al emitir medidas coercitivas contra el país. Para evitar el fracaso y garantizar que las inversiones sean cuantiosas y sostenibles, deberá desarticular progresivamente el andamiaje sancionatorio. El directorio venezolano tiene claridad sobre esta dinámica en la Casa Blanca.

Parte de la apuesta apunta hacia recuperar la autonomía plena en el flujo de recursos petroleros. El dinero retenido en cuentas estadounidenses, sujeto a discreción norteamericana, se ha convertido en un asunto de alto riesgo político. Ese mecanismo de control, aunque auditable —y de hecho auditado por una firma contratada por Venezuela—, es insostenible a mediano plazo: expone a los gestores estadounidenses a costos políticos internos si se detectan irregularidades, y las dinámicas del sector hidrocarburífero exigen flujos oportunos para sostener la caja operativa y el desarrollo de actividades. Caracas lo sabe y lo gestiona con paciencia estratégica.

Frases como "ganar tiempo", "preservar la república" o "resistir", arengadas desde el chavismo, tienen un centro común: la supervivencia. Esta adquiere una cualidad concreta en el Estado-nación como entidad sociocultural, en la integridad territorial y en la población.

Desde ese punto cardinal, las decisiones deben calibrarse según amenazas, recursos y circunstancias coyunturales. Son, en esencia, las premisas de Morgenthau aplicadas a un escenario de alta tensión.

Pero el horizonte no es nítido. El futuro del presidente Maduro, detenido y enjuiciado, sigue siendo incierto. Aunque el gobierno venezolano logró que Washington permitiera costear su defensa con un equipo legal de primer nivel en Estados Unidos, el desenlace judicial y político está por definirse y no parece que se resuelva en el corto plazo.

El panorama interno también está en prueba: se evalúa la capacidad del chavismo para asimilar un contexto inédito y de difícil lectura. En Venezuela, los eventos avanzan más rápido que los marcos analíticos disponibles. Por ello, cualquier conclusión prematura será incompleta y vulnerable al error.

El juego es de apuestas, incentivos, riesgos y costos inapelables. El gobierno venezolano lo comprende y sigue reconociendo en los centros de poder de Washington factores que amenazan su continuidad y aspiran a su reemplazo. Eso no ha cambiado.

El equilibrio actual, funcional pero frágil, no es permanente. La arquitectura que hoy sostiene el estado de cosas se modificará al ritmo de las aspiraciones, los errores y los reajustes de cada parte. Está expuesto a shocks y a nuevos factores de complejidad.

Eventualmente Washington intentará impulsar un calendario electoral y buscar una salida institucional para el chavismo, pero el tránsito hasta ese punto también es incierto.

Lo que existe hoy es un final abierto, en el que cada concursante ejerce su peso, su poder y su capacidad para gestionar la realidad.

Para el gobierno venezolano las premisas del realismo político —según Morgenthau— adquieren una denominación propia. Son coordenadas para actuar de manera extraordinaria, en circunstancias extraordinarias, traducidas a las condiciones concretas del tiempo, el lugar y la fuerza disponible.

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