El pasado 9 de octubre, el presidente estadounidense Donald Trump anunció en Truth Social un acuerdo "trascendental" con Vladímir Putin mediante el que Rusia suministrará "inmediatamente" 300.000 toneladas de diésel al mercado estadounidense y global, seguidas de otras 500.000 en noviembre y 1 millón "inmediatamente después". Esto con la posibilidad de entregar hasta 3 millones de toneladas adicionales, "dependiendo del estado" de sus refinerías.
Para hacerlo posible, el Departamento del Tesoro emitió la Licencia General Nº 135, que autoriza la venta, entrega, descarga e importación de diésel ruso hasta el 7 de abril de 2027: la primera exención que supera los 30 días de vigencia desde febrero de 2022.
Diésel: Occidente al borde de la crisis
El acuerdo nace de una crisis estructural de refinamiento y suministro que se origina en el estrecho de Ormuz. En septiembre, el diésel en las gasolineras de Estados Unidos alcanzó un récord histórico de 6,53 dólares el galón —68 % más que un año antes—, y su precio en el mercado superó los 200 dólares por barril, un alza del 94 % en seis meses. Mientras Estados Unidos produce 13,7 millones de barriles diarios, su máximo histórico, las reservas de diésel se encuentran en su nivel más bajo para esta época desde 1982 (107,9 millones de barriles) y las refinerías operan al 97 % de capacidad, según la Administración de Información Energética (EIA).
La guerra contra Irán, iniciada por Washington y Tel Aviv a finales de febrero hizo que, de marzo a agosto, fueran retirados del mercado un promedio de 770.000 barriles diarios de suministro de Asia occidental —más del doble de los casi 350.000 barriles diarios perdidos por Rusia— según estimaciones de Energy Aspects, Kpler y Vortexa compiladas por Bloomberg.
El estrecho de Ormuz, por donde transita el 25 % del crudo marítimo mundial, fue cerrado efectivamente en marzo y opera hoy con una fracción de su capacidad. El oleoducto Este-Oeste saudí, paralizado por drones lanzados desde Irak, privó a Europa de su válvula de escape, al punto que Aramco notificó a compradores como la polaca Orlen que no cumpliría contratos de octubre.
En Europa, la situación es igualmente crítica y los depósitos de gas llegan al invierno apenas al 67-68 % de su capacidad frente al 80 % objetivo; en Francia cerca del 15 % de las estaciones reportó problemas de abastecimiento y pescadores mediterráneos bloquearon depósitos petroleros. El diferencial de craqueo del diésel superó los 106 dólares a inicios de septiembre, y la refinería Dangote de Nigeria opera a pleno rendimiento para abastecer al continente europeo. El consumidor estadounidense ha pagado unos 107.000 millones de dólares adicionales en estaciones de servicio desde febrero, según el Laboratorio de Soluciones Climáticas de la Universidad de Brown.
El dilema (o ambivalencia) de Washington
La segunda fuente del desabastecimiento está al oeste de los Urales, pero la actividad refinadora rusa cayó a mínimos de 20 años, con una pérdida de 3,9 millones de barriles diarios de procesamiento tras la oleada de ataques ucranianos con drones contra refinerías. En julio y agosto, con la prohibición rusa de exportaciones de diésel en vigor (hasta el 30 de septiembre), los envíos rusos cayeron 615.000 barriles diarios interanuales, casi tantos como los perdidos desde el golfo Pérsico.
El rol de Washington resulta ambivalente porque, por un lado, el 21 de septiembre Trump reveló públicamente que pidió a Zelenski "que no atacara las plantas de diésel ni las refinerías"; por otro, Ucrania opera sistemas de ataque de largo alcance suministrados por Estados Unidos y la OTAN, de modo que Washington es a la vez patrocinador de la capacidad de ataque y demandante de su suspensión.
Además, Trump escaló aún más la situación al sugerir que Ucrania "busque un nuevo líder que pueda alcanzar un acuerdo". Una fuente estadounidense citada por Axios admitió la presión al declarar que "Zelenski se ha equivocado en su análisis. Al seguir atacando refinerías, está poniendo en peligro su buena relación con Trump".
Según el Financial Times, Estados Unidos ha amenazado con suspender el mecanismo PURL —el marco de la OTAN para coordinar la compra de armas estadounidenses para Ucrania— para obligar a Kiev a detener los ataques contra las refinerías rusas. Washington también advirtió que podría cortar el intercambio de inteligencia.
Funcionarios ucranianos declararon que continuarán atacando y afirmaron: "Quemaremos las refinerías de Rusia". Esta contradicción revela el dilema de Washington ya que, por un lado, desea bajar el precio global del diésel; por otro, la acción militar de su aliado es precisamente uno de los factores clave que lo impulsan al alza.
Existe, además, la posibilidad de que parte del diésel del acuerdo sea en realidad de origen iraní. El medio especialista en energía global, OilPrice, documentó que el crudo iraní es transferido a Rusia con descuentos del 35-42 %, integrado a la matriz de oleoductos rusos vía el mar Caspio y exportado con certificados kazajos por el Consorcio del Oleoducto del Caspio (CPC). La "mezcla kazaja" creció 38,5 % mientras la producción de Kazajistán apenas subió 2 %.
Si este mecanismo está efectivamente en funcionamiento, el "diésel ruso" que compra Estados Unidos podría contener componentes de crudo iraní, país con el que Estados Unidos está en guerra. Aunque esta posibilidad no ha sido confirmada directamente, constituye un dato importante para comprender la complejidad del acuerdo. En un contexto donde Irán tiene sobrantes de diésel bloqueados en Ormuz, el levantamiento de las restricciones rusas a las exportaciones, anunciado por el viceprimer ministro Alexander Novak, deja abierta la interrogante sobre el origen real de los barriles.
El “giro pragmático” de Trump revela cómo las sanciones, lejos de ser un muro infranqueable, se negocian y flexibilizan cuando la estabilidad doméstica de las potencias occidentales y sus cadenas de suministro están en juego.
Perspectivas, efectos y eventual sostenibilidad
En términos puramente volumétricos, el acuerdo es marginal porque Estados Unidos consume unas 491.000 toneladas de diésel al día, de modo que el primer envío equivale a 14-15 horas de consumo. Las refinerías rusas operan al 60 % de su capacidad, Rusia tuvo que importar gasolina de India y Kazajistán a inicios del verano, y la eventual apertura ronda los 100.000 barriles diarios frente a los 800.000 habituales. El efecto sobre las gasolineras será, en el mejor de los casos, mediático.
El efecto geopolítico, en cambio, es real, dado que, en Kiev, Zelenski calificó el pacto de "ni justo ni honesto" y de "regalo injustificado a Putin" . En Europa, la alta representante Kaja Kallas instó a Washington a imponer sanciones, y el ministro alemán Gunther Krichbaum advirtió que "cada dólar que entra en la caja registradora de Rusia será para fabricar nuevas armas que se utilizarán contra Ucrania".
La contradicción europea tiene antecedente medible cuando el propio gobierno ruso ha informado que Europa compró 320.700 millones de dólares en energéticos rusos desde 2022, incluidos 21.300 millones solo en los primeros nueve meses de este 2026, a lo que el secretario del Tesoro Scott Bessent respondió acusando a los europeos de "seguir financiando a Putin" mientras critican el acuerdo.
En Asia Occidental, el escenario es de estanflación porque una avería adicional en cualquier refinería sobrecargada sería "fatal, especialmente para Europa", advirtió Vitol, mientras Kuwait Petroleum anticipa "un invierno muy duro". Para China, la normalización Washington-Moscú podría reducir el margen de oferta rusa con descuento y aceleraría la reconfiguración eurasiana de los flujos energéticos.
La pregunta de rigor es hasta cuándo puede sostenerse el acuerdo dado que su licencia vence el 7 de abril de 2027, apenas unos meses antes del cierre total del CPC y de la entrada en vigor de la prohibición europea de GNL ruso a inicios de 2027.
Según Reuters, los enviados Trump lo conciben como palanca para "ablandar" a Moscú y reabrir las negociaciones tripartitas, aunque una fuente cercana al Kremlin fue categórica al aclarar que Putin solo volverá a la mesa cuando "consiga el 11 % restante del Donbás".
A lo interno, siete senadores estadounidenses —cuatro republicanos— afirmaron que el pacto contraviene la ley que prohibió las importaciones de combustible ruso. Lo que apunta a una crisis política interna.
El anuncio del "alto al fuego energético" del domingo 11 no se ha materializado porque Rusia atacó objetivos energéticos ucranianos y el portavoz del Kremlin, Dmitri Peskov, rechazó la tregua de 60 días propuesta por Zelenski. Por su parte, Zelenski declaró con ironía que "está claro que Putin no lee Truth Social".
El acuerdo, en suma, parece menos un remedio al precio del diésel que una apuesta electoral y geopolítica a 23 días de las legislativas, cuya sostenibilidad dependerá de variables como la recuperación de las refinerías rusas, el cierre de Ormuz y la dinámica bélica entre Moscú y Kiev, que ninguno de sus firmantes controla.
En un plano más profundo, expone las grietas del sistema de sanciones occidentales y la fragilidad estructural de la cadena global de suministro de diésel, atrapada entre la guerra con Irán y el conflicto ruso-ucraniano.