Jue. 23 Mayo 2024 Actualizado ayer a las 5:04 pm

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Destrucción en la ciudad de Gaza (Foto: RTVE)

Gaza o los límites de lo concebible

El exterminio sistemático en Gaza diariamente está rebasando todos los límites de lo que la costumbre narrativa bienpensante acepta como lo imaginable.

La inmolación de Aaron Bushnell, oficial de la fuerza aérea estadounidense de 25 años, frente a la embajada de Israel va en paralelo con los nuevos estadios desbloqueados de genocidio público, notorio y comunicacional.

“Quemarse a lo bonzo”, frase exotista con su propia entrada en la Real Academia para retratar “un acto de protesta extrema”, se asociaba con Vietnam y monjes budistas contra una lejana dictadura instalada por Estados Unidos. Ahora ocurre en el centro de Washington, poniendo en el medio la condena a una cercana dictadura militar protegida por ídem —y sus países de maletín Alemania, Reino Unido y Francia—.

Una secuencia de un día cualquiera: la inmolación del joven Bushnell contrapuntea con las centenas de civiles desahuciados, hambrientos y desesperados concentrándose para recoger harina que fueron baleados con alto calibre, sus cadáveres aplastados con tanques de guerra en retaliación por las cuantiosas bajas propias en el fallido intento de hacerse con el control militar efectivo del vecindario de Al Zeitum. Castigo sobre el propio castigo.

Pero esta apenas es una selección simple de eventos en simultáneo frente a una acumulación que pudiera ser inimaginable si no estuviera, como lo ha estado desde el inicio, registrado por una multiplicidad de fuentes que rebasan todo control narrativo. Lo inconcebible ejercido a diario y sin vista alguna de detenerse.

Todo es conjunción y contracción, marca de época: la lenta “pulverización estructural” de mujeres y niños reduce todas las distancias y nos habita en la mayor cercanía, en el alma; con más de 150 días a cuestas, aspira a ser costumbre: la ampliación de los umbrales de tolerancia a niveles sin concepción previa.

Pero hay método en este estadio de demencia, de racionalidad monstruosa. Gaza como método: “Nos están entrenando en la aceptación en el modo de guerra genocida como la nueva normalidad”.

Y continúa Tarik Cyril Amar: “Gaza es un método. Un método occidental. El Israel fascista, sionista, sádico y del apartheid es un pionero, vanguardia hacia un aun más mal perpetrado por aquellos de arriba sobre los de abajo. Es por esto que los de arriba escudan a Israel. Se escudan ellos mismos de sus propios actos futuros”.

Pero de ahí no se desprende una fórmula impersonal: cuando los misiles no cumplen el acometido de ubicar y destruir la muy exigua “ayuda humanitaria” que entra en la Franja, la voluntad de una sociedad colonial igual de fanatizada decide hacer lo propio: la sordera a un ruido peor: la satisfacción de escuchar a un niño morir de hambre más que desmembrado por artillería.

Pero ese movimiento psicopático de base se complementa, otra contracción más, con un ratio superior de exterminio impersonal: el banco de objetivos de Israel contempla exactamente lo que dice: el sistema sanitario, las zonas residenciales, el cálculo lógico, consciente y voluntario de exterminar, ahora de la mano de la inteligencia artificial: el otro extremo de los manifestantes que impiden el paso de ayuda en Rafah a punto de ser invadida bajo la metódica de la “fábrica de asesinatos masivos” comenzando el Ramadán.

Lenguaje y significado llevado a la misma instancia de destrucción numérica, su valor y empeño en una zona de absoluto desgarro. Las “fuerzas de defensas israelíes” (sic) emplean el sistema de inteligencia artificial Habsora, “evangelio” en hebreo, para “habilitar el uso de herramientas automáticas para producir objetivos a gran velocidad, y que trabaja mejorando la precisión y material de inteligencia de alta calidad de acuerdo a las necesidades operativas”, lo que, afirman con orgullo, no puede hacer un humano pero que complementa lo que requieren.

Conciencia expresa y manifiesta de saber qué se ataca. Agregar el epíteto Hamás es un velo débil, debilitado y escueto: si todo es Hamás, nada lo es y lo que queda es la desnudez de propósito. Lo gélido del número: se superó la marca de los 30 mil muertos: 13 mil 230 niños asesinados, 17 mil huérfanos, 18 matados de hambre.

Se “proyectan”, según un estudio, 85 mil más en seis meses de guerra, llevando la cifra a superar la cota de los 114 mil. No hay forma de difuminar la línea del bien y del mal. Nada es relativo.

Lo inconcebible precede directamente a este escenario: la confusión inherente a la banalidad del bien condena a partes iguales una acción militar, la del 7 de octubre, que entrañó una liberación de energía política y militar de un territorio que según el sociólogo hebreo Baruch Kimmerling se trata del “campo de concentración más grande que haya existido jamás” —el paradigma real de nuestra era— en el que desesperadamente se fractura el proceso de eliminación mediante olvido.

El lugar al que se le controlaban hasta dónde era admisible el cálculo del límite de consumo calórico explotó y quienes avalan a Tel Aviv están de acuerdo con el castigo colectivizado, la socialización de la muerte en lo vertical —el exterminio de generaciones y del mediano plazo— y el horizontal —el de familias y linajes vivos, ahora borrados por completo de la Tierra—.

Pero los límites de lo imaginable también van en sentido contrario. Nunca en la historia reciente el mundo ha estado mejor organizado en ambas partes de una sola línea divisoria: a favor o en contra del exterminio industrial. Con la incapacidad de justicia también cayó en coma inducido el Consejo de Seguridad de la ONU.

El multilateralismo como campo de batalla

La inoperancia del Consejo de Seguridad se enfrenta a las audiencias de la Corte Internacional de Justicia y la denuncia de Sudáfrica, no existe documento que haya dejado mejor cristalizado con palabras y un marco jurídico lo que es un genocidio en plena marcha. Una alteración de coordenadas inimaginable seis meses atrás.

El ámbito de lo que supera cualquier concepción de lo inmediato no es monopolio del estatus de copiloto gago de Estados Unidos, ni del detrito Netanyahu y la teocracia fundamentalista que es Tel Aviv, ni del psicofloripondio europeo, en una parálisis cuya perpetuidad está al nivel de su coeficiente moral e intelectual, con Alemania como medida.

Pero es sobre el campo de batalla —no el de exterminio— donde los márgenes de lo imaginable sufren aun más expansiones. A pesar de la masacre constante, Israel comienza a acumular, como nunca antes en sus 75 años de existencia ocupante, situaciones críticas.

La economía israelí, la supuesta nación “startup”, se agrava de forma sostenida. El gabinete padece desgajamientos y fricciones notables, se acentúan las divisiones entre ejército y reservistas, la creencia de una victoria estratégica solo habita en el retorcido laberinto de Netanyahu y las pustulaciones fanatizadas como Ben Gvir, Smotrich o el resto de luminarias gobernantes. Lo desconocido se expande. El excepcionalismo sionista agrietado.

Lo regional reverbera

Un sofisticado movimiento político-militar compuesto por pescadores, pastores y clérigos desde el país más pobre del mundo árabe controla la iniciativa sobre el mar Rojo contra las potencias occidentales. Para las petromonarquías es más difícil disimular la complicidad implícita con el presunto enemigo histórico. La “normalización” se sostiene de una hilacha.

Pero es en el centro de la cuestión palestina donde las tectónicas sufren: solo Europa y Estados Unidos conciben viable la “solución de los dos Estados” a partir de los restos infinitesimales y fantasmagóricos de Oslo. Nada, salvo la industrialización expansiva de la muerte en titulares anémicos cubre la miserable desnudez transatlántica. El después es imposible de imaginar ahora.

Los límites de la imaginación, leit motif de esta nota, se expanden sin ocupar el vacío cognitivo que deja en su desplazamiento.

Originalmente esta nota debía aspirar a medir o predecir el proverbial “qué viene ahora” en la guerra en Gaza, donde al mismo tiempo se quiere suprimir el estatus de lo palestino desde todas las instancias donde Israel pueda, como la UNRWA, mientras que los estadios de sufrimiento son acompañados como respuesta por una sorprendente campaña militar asimétrica que ha dado en el centro del mito de la supremacía y disuasión militar de las FDI.

Al comienzo de la operación Diluvio de Al Aqsa algunos comentaristas compararon la acción militar con la Ofensiva del TET del vietcong de 1968: el enorme costo humano produjo irreversible el devastador efecto político y económico de Estados Unidos en Vietnam, con reverberaciones que superan lo más específico y que finalmente condujeron a la derrota del ocupante.

Honrando la lógica de la pauta, imposible de anticiparse al qué vendrá, a pesar de lo explícitamente manifestado por Tel Aviv, la medida del momento la dará la posible invasión o bombardeo aun más esquemático de Rafah.

La última instancia de lo concebible radica en si Israel, con misiles estadounidenses, bombardeará a un millón y medio de refugiados para luego invadir. Ni la narrativa quedará del lado del mayor Estado parasitario del mundo y de sus patrocinantes en la vergonzosa dialéctica del dominado y el dominador.

Lo cierto dentro de lo incierto es el no retorno a cómo el mundo se veía antes del 7 de octubre de 2023, en particular el futuro de Palestina y que Israel, más allá del ensordecedor bombardeo constante —superando a Hiroshima—, no está ganando.

Un cese al fuego pudiera no ser el fin de la guerra, pero sí de Netanyahu. Catch-22: si no para, pierde. Si se detiene, también.

La normalidad murió en Gaza.

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