Mié. 27 Octubre 2021 Actualizado 5:26 pm

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Ganar estas elecciones es ratificarnos como chavistas que tienen los pies puestos sobre la tierra (Foto: EFE)

Más venezolanos que el manirote

Hace cinco décadas que el capitalismo, en su fase imperial, inició un nuevo proceso de reacomodo, pero esta vez en todo el planeta, lo que indica que sus consecuencias afectarán a la especie empobrecida por igual, de acuerdo con las condiciones poblacionales, geográficas, climáticas y recursos o materia prima en cada territorio.

Una de las consecuencias que ha originado este hecho en Venezuela es la apertura de una inmensa rendija, que dio como resultado la aparición del gobierno chavista. Desde entonces este gobierno ha sido asediado en una guerra sin cuartel por los poderosos del mundo y sin embargo no les ha sido posible derrotarlo, al contrario el gobierno les ha desbaratado las fuerzas de sus quinta columnas, tanto fuera como dentro del chavismo, obligándolos a sentarse en la mesa de negociaciones reconociendo como legítimo al gobierno, que durante estos años de guerra inclemente ha intentado deslegitimarlo no reconociendo la Constitución bolivariana y demás leyes que norman el desenvolvimiento de los quehaceres en el país.

Este gran triunfo ha sido a costa de hambre, sufrimiento, enfermedad y sacrificio heroico del pueblo venezolano, que ha combatido y resistido los embates que en todos los frentes ha creado el imperio capitalista. Hablamos de golpes de Estado, magnicidios frustrados, guarimbas, asesinatos de líderes chavistas y población, aumento de precios, saboteo a la producción y el comercio, devaluación de la moneda, imposición del dólar, "sanciones" para evitar que el gobierno pueda abastecerse en el extranjero, saboteo a la adquisición de medicinas y alimentos y otras acciones contra el Estado y la industria.

Hoy hemos logrado, bajo la sabia orientación del directorio, apuntalar unos nuevos comicios en donde participarán los golpistas de siempre, los guarimberos, los asesinos, los saboteadores, los quinta columnas, que no creen en elecciones y no aceptan la legalidad del gobierno y mucho menos el sueño de un pueblo de regir su propio destino.

En esta circunstancia la fuerza chavista debe amalgamarse, debe fundirse para derrotar absolutamente sin duda alguna al imperialismo, como el enemigo fundamental, entendiendo que no es el sórdido de Guaidó o los Leopoldo o las María Corina, que en el tinglado solo han sido títeres y marionetas.

Nosotros los chavistas, los que pensamos, los que analizamos, los que planificamos, los que no obedecemos ni creemos en pajaritos preñaos, suerte, ilusión o esperanzas ofrecidas, los que no seguimos a dadores de dádivas ni dependemos de ellas, los que no aspiramos a cargos ni prebendas, los que estamos aquí entregando la vida, no sacrificándola ni vendiéndola ni empeñándola para vivir mejor en el capitalismo a costa de otros pobres que serán sacrificados, sino con alegría y certeza de que es posible construir el futuro y abandonar este presente de oprobio, en el que nos ha sumido desde hace siglos, el capitalismo.

Ganar estas elecciones es ratificarnos como chavistas que tienen los pies puestos sobre la tierra, porque chavista no es quien se nombra radical sin comprender que se debe ser radical en el pensamiento pero audaz en la acción, sin estudiar que Chávez perdía una batalla y no se echaba a morir ni andaba culpando a nadie ni lamentándose de su derrota, ni odiando ni lloriqueando ni acusando ni conspirando ni aliándose con los enemigos contra su propia gente porque estaba bravo, ni creyéndose puro, ungido o descendiente directo de los máximos revolucionarios del planeta, sino que inmediatamente comenzaba a recomponer sus fuerzas a alentarlas, porque jamás perdía de vista el objetivo que es derrotar al enemigo principal, que tenía claro que se pueden perder miles batallas, pero lo que no se puede perder de vista es el objetivo.

Los chavistas, no los creídos, no los trepadores, no los buscadores, sino los activistas soñadores, los amantes insomnes del país a pertenecer, tenemos la gran tarea de fundirnos con entusiasmo, con alegría, con determinación como fuerza indetenible en una misma dirección, en torno al Gran Polo Patriótico con el claro objetivo inmediato de ganar estas elecciones que nos colocará en mejores condiciones para poder conversar el país que soñamos construir.

En estos 22 años de lucha en la guerra impuesta por el capitalismo, el gobierno ha hecho esfuerzos por dar comida, salud, vestido, calzado, estudio, techo, trabajo. Pero la experiencia nos dice que ningún gobierno, por eficiente que sea, puede resolver los niveles de consumo excesivo que nos ha creado el capitalismo y su aparato de propaganda en el cerebro.

Para construirnos como otra cultura es importante que puntualicemos qué significa ser gente en consonancia con el territorio, clima, geografía, necesidad, para definir la carga necesaria real del trabajo en estas tierras; para constituirnos en lo que pensamos, soñamos, planificamos, diseñamos; lo que debemos ser en los otros del futuro.

Es bueno recordar que Venezuela, desde la llegada del invasor europeo y después con el gringo, siempre ha funcionado como una mina, y las minas, por lo general, no siembran ni procesan alimento, todo lo compran afuera. Porque la mentalidad del minero es conseguir en un golpe de suerte la mayor riqueza posible que le permita vivir como señores; fuera de la mina, pues como se sabe, ningún dueño vive en la mina. El minero y su administración viven cambiando riqueza por alimento y chatarra, nunca hay esfuerzo para fundarse y fundirse con el territorio. Esa ha sido la tragedia en Venezuela.

Todo minero, sea dueño o no, odia a la mina y a su vez desprecia lo que hay en ella despreciándose a sí mismo, aunque las élites generen discursos de ficción sobre el amor patrio, el escudo, la bandera, la arepa pelá y el sombrero de cogollo.

Eso genera un modo, uso y costumbre que siempre colinda con la magia. Los mineros, ocupen la posición que ocupen en la mina, siempre estamos esperando un golpe de suerte, una bulla maravillosa, un aluvión que nos ahogue en riqueza, por eso lo que nos produce el trabajo diario lo malbaratamos en la esperanza de que pronto aparecerá la gran veta que nos saque de abajo, siempre vivimos esperanzados, ilusionados, siguiendo quimeras, utopías, aplaudiendo líderes que surgen de cuando en vez de las élites o a veces de las mismas filas, pero que siempre terminan traicionando o engañando en función de sus intereses; nunca hacemos planes a largo plazo, no valoramos el territorio, las posibilidades de sembrarnos, de construirnos, nunca esperamos el resultado, siempre funcionamos con el espasmo, el día a día; si estamos realizando alguna tarea, soñamos con el saco de oro o diamante, o que pase una avioneta del narcotráfico y deje caer sus maletas de dólares para no trabajar más nunca.

Siempre buscamos en el afuera lo que nos sobra en el adentro, vivimos admirando lo de fuera y molestos con los talentos propios, cada uno metiendo zancadillas, evitando que los otros surjan, siempre cortando la cabuya que nos puede sacar colectivamente del foso, sin entender en ese desvalorarnos que justamente los de fuera son quienes mueven a su antojo los hilos que nos dirigen.

La élite con dinero que controla internamente a Venezuela nació de la invasión y fue formada bajo la obsesión racista, religiosa o de superioridad que trajeron los invasores y se la cancharon a sus descendientes. Desde entonces los señores, odian todo lo que huela a país. Esta conducta se repite en cada oficio, en cada acción de las élites y la clase media.

Este modelo de ser venezolano que tiene más de quinientos años es imitado por los esclavos. El que estudia, el que trabaja, el que hace deporte, el artista, el profesional, el académico, el que pesca, el que siembra, el militar de carrera o alistado, el político, científico, académico, sindicalista, las mujeres, los negros, indios: todos tenemos como norte, el norte adonde ambicionamos irnos, aunque juremos dogmáticamente que nuestro norte es el sur y nos rasguemos las vestiduras gritando a todo pulmón que somos más venezolanos que el manirote, pero eso sí, viviendo en Miami.

Todos queremos ser dueños y marcharnos de estas tierras, repitiendo la cantaleta de los dueños: "Cómo se puede vivir en unas tierras contaminadas por indios y negros, gente de mala sangre, gente a la que no se le puede domar ni siquiera limpiándole la sangre, a estos percudíos no les interesa ser un país del primer mundo, salir de abajo, como si costara mucho ser Europa o Estados Unidos o, mínimo, como los japoneses".

El país que nos venden desde la escuela está revestido de cursilerías nacionalistas o comparaciones odiosas con otros pueblos, ocultan la verdadera tragedia de la invasión europea y nos venden el cuento de la conquista del "gran almirante", de la civilización que nos trajeron con la religión, de todas las traiciones, de todo el saqueo, de todo el maltrato, del ninguneo, y nos venden la historia de los traidores como si de verdad fueran héroes, y así nos cargaron con los Páez, Peña, Toros, Gómez, Betancourt, Caldera.

Hace más de cien años que el capitalismo, asentado en los Estados Unidos, en su tránsito hacia el imperialismo, decidió invadir a Venezuela. Para ello se valió de un ambicioso campesino nacido en los páramos del Táchira, al que convirtió en su lugarteniente para que cuidara e hiciera prosperar los intereses del imperialismo en estas tierras. Desde entonces aquella Venezuela rural, frustrada en sus intenciones independentistas, volvió a la égida del poder extranjero, pero ahora en manos directa del capitalismo, ya no de un país.

Desde entonces se ha trasegado la riqueza en forma de materia prima hacia los centros industriales del capitalismo a cambio de chatarras y ordinariez cultural que nos ha dejado el imperio capitalista. Juan Vicente Gómez era criollito criollito, pero fue el gran mayordomo de las transnacionales petroleras y comerciales que saquearon y aún saquean a este país. Seguramente Gómez desayunaba telitas andinas y se hartaba de suero con magüey y bebía miche, hablaba como cualquier otro viejo original del páramo y en temporadas de frío lucía su mejor chamarra o poncho. Pero Gómez no puede llamarse venezolano porque regaló a Venezuela entera, no fue más que un vulgar vendepatria y no se fue del país porque los gringos lo mantuvieron en el gobierno hasta la muerte como leal y eficiente sirviente.

Con la llegada de Chávez todo se desbarató, los viejos políticos dejaron de tener el control del Estado y la burguesía se vio obligada a tener que entrenar a sus muchachos dedicados a la dulce vida, entendieron que era fácil entrenarse para el negocio de la política porque creyeron que la política es ser dueño, es decir, dictadores, y el tiro les salió por la culata porque hasta un roñozo como Guaidó se les coló por la baranda tratando de llenarse los bolsillos, mientras sus muchachos, los López, Machado, Capriles, que sí tienen claro sus intereses, aún se entrenan en la política, que no es tan fácil como dirigir una oficina.

Así mismo esta burguesía sufre la rebelión de los sargentos, los Britos, Parras y otros seres, que desde pequeños vieron la política como el negocio que les haría salir de abajo y hacerse ricos, pero se vieron frustrados en su ascenso por la llegada del chavismo y la aparición de los jóvenes burgueses en la política, que aun siendo neófitos, llegaron mandando y tuvieron que calárselos mientras estaban en la cresta de la ola conspirativa, pero apenas empezaron a sufrir derrotas en manos del chavismo los sargentos vieron la oportunidad de zafarse los yugos y sacaron sus cuentas de que mejor les iba con el chavismo, por cuanto serían tomados en cuenta como jefes, porque en manos de la burguesía jamás dejarían de ser los sargentos García, acoquinados por el Zorro.

El capitalismo en la vorágine de su reacomodo nos está ofreciendo crecimiento, desarrollo, fantasías, loterías; nos vende deslumbrantes ciudades, torres de babel tecnológicas, naves sobredimensionadas, viajes a mundos insondables, mientras desmorona sobre nuestros cuerpos sus ruinas en una carrera a ninguna parte; nos invita a morir por él mientras nosotros, sobredrogados en los treintaisiete sensoriales, le seguimos comprando como zombis.

Las minas, donde habitamos, no hemos resuelto el enigma del hambre, el miedo y la ignorancia, eslabones que nos atan a la tragedia. Ni los llamados países desarrollados, a pesar de su altísimo grado de progreso en las fuerzas productivas, han alcanzado su autosuficiencia. Estos países sin los recursos naturales, sin la mano de obra casi regalada, no tendrían para vivir, porque los territorios de Europa, Estados Unidos y Japón ya fueron arruinados por el capitalismo.

Alcanzar todas las victorias, sean electorales o de cualquier otra índole, es vital, porque nos ayuda a pensar la otra cultura; pretender la felicidad religiosa del capitalismo es condenar el futuro de los no nacidos. Hoy como nunca la unidad es el verso necesario de todos los chavistas, que retumbe en nuestros corazones la consigna del gran comandante: unidad, lucha, batalla y victoria.

— Somos un grupo de investigadores independientes dedicados a analizar el proceso de guerra contra Venezuela y sus implicaciones globales. Desde el principio nuestro contenido ha sido de libre uso. Dependemos de donaciones y colaboraciones para sostener este proyecto, si deseas contribuir con Misión Verdad puedes hacerlo aquí<